En este espacio, me complace compartir mis impresiones y reflexiones sobre los libros que he tenido el privilegio de leer. Desde clásicos atemporales hasta las nuevas novedades literarias, cada obra ha dejado una huella única que describo desde la perspectiva del lector. Por Roque Luis Cassini.
PORQUE ME GUSTAN TANTO LOS RUSOS de JUAN FORN
POR QUE ME GUSTAN TANTO LOS RUSOS
JUAN FORN
LEIDO EN 2025
IS HOTELLET: En un lugar llamado Jukkasjärvi, en Laponia, al norte de Suecia y cerca del Círculo Polar Ártico, irrumpe todos los años un edificio magnífico que se conoce con el nombre de Ishotellet. Su construcción se inicia todos los años en el mes de octubre, cuando ya es invierno por esas latitudes, y un puñado de los mejores escultores laponeses y suecos se reúnen allí y ponen manos a la obra. El agua del río Torné es de una rarísima singularidad al congelarse por ser agua fluyente, de un hielo sin burbujas, y por su calidad inigualable – es de las pocas aguas no contaminadas en todo el norte de Europa-, tiene la transparencia que ofrece a los escultores que levantan el IShotellet la mejor materia prima imaginable.
Porque todo en el ISHotellet es de hielo: los pisos, las paredes, los techos, las mesas, los sillones, las camas, las lámparas, los platos para comer exquisitos platos fríos, los vasos para beber en el Bar, cuyo mostrador y taburete, también son de hielo. Todo, todo es de hielo en el ISHOtellet. Sobre las camas y cada superficie donde sentarse, se colocan pieles de reno cuyo carácter impermeable y aislante hace tolerable la inmovilidad y altamente disfrutable la charla y la contemplación del panorama circundante: un paisaje lunar con una luz que más que luz es como un resplandor azulado a lo largo del brevísimo día y la prolongada noche. Cada habitación del ISHotellet es única porque es obra de un escultor diferente y cada uno de ellos le da a la suya un tema específico; la experiencia se completa para los más afortunados con la contemplación de un fenómeno meteorológico único en el mundo: la aurora boreal.
De más está decir que el ISHotellet es, cada año, un espectáculo irrepetible porque se extingue naturalmente cuando los primeros soles de la primavera nórdica comienzan a derretirlo en el mes de mayo. Lejos de lamentarlo, sus autores comienzan ahí mismo a planear el año siguiente por una razón más que atendible: el ISHOtelllet no sería el Ishotellet sin su fantasma y sus artífices; no quieren espantar ni despertar las iras de ese espectro que es la secreta razón de ser del Ishotellet, porque su función es producir en los huéspedes una ráfaga de estremecimiento que, según todos aquellos que lo han experimentado, reúne en un mismo espasmo el deseo de permanecer para siempre en esa posición, en ese lugar, contemplando las estrellas a través del techo transparente y la certeza de que todo, todo acaba en esta vida, tal como se funde un instante en el instante siguiente, tal como la materia del Ishotellet de hoy es exactamente la misma que la de los años pasados y la de los años por venir.
El Gran Inquisidor (Dostoievski): Para la Universidad y para el psicoanálisis, los Hermanos Karamazov se reduce esencialmente a uno de sus capítulos: El Gran Inquisidor (al que algunos suman el inmediatamente anterior “La rebelión”). Ríos de tinta se han escrito acerca de ese capítulo. Se lo ha interpretado de las maneras más contradictorias, como diatriba contra el dogma católico, como alegato de fundamentalismo religioso, como crítica demoledora de las utopías progresistas, como síntesis genial de lo metafísico y lo social. En su cuaderno de notas para esta novela, Dostoievski escribió: “Creo que la necesidad espiritual más arraigada en el pueblo ruso, es una inagotable, voluptuosa necesidad de sufrir en todo momento, en todo lugar por todo motivo.” Y en el momento decisivo de “El Gran Inquisidor”, agrega: “Para el hombre no hay preocupación más atormentadora, siendo libres, que la de buscar ante quién inclinarse.”
Por esa clase de cosas es Dostoievski tan inigualable. Por eso nadie es tan vivido como él para retratar “la comicidad ultrajante de las contradicciones humanas”. Alguna vez le oí decir a Abelardo Castillo que en Tolstoi el mundo está tan endemoniado y demoníaco como en Dostoievski, con la diferencia de que de que es un mundo que parece descripto por el director del manicomio, y el de Dostoievski, en cambio, parece escrito por uno de los internados. Sólo Dostoievski puede, en un libro en el que se propone demostrar la existencia de Dios, escribir que no hay más que una frase que decirle a Dios en el momento del juicio final: “Júzganos si puedes y si te atreves!».
El Revolucionario:En el Catecismo Revolucionario, un panfleto redactado a medias por Nechaev y el mismísimo Bakunin en Ginebra, se dicen cosas como ésta: “El revolucionario es un hombre sin intereses propios, sin sentimientos, sin hábitos y sin propiedades; no tiene siquiera nombre, todo en él está absorbido por un solo propósito la revolución”.
República de Cosakia: La última carga de los cosacos no tuvo lugar ni en Rusia ni en Ucrania: fue, aunque suene inverosímil, en la frontera entre Italia y Austria, más precisamente en las montañas que rodean Trieste, una tierra de nadie que durante unas pocas semanas de 1945 fue la República Autónoma de Cosakia por decreto de la SS del Reich, casi póstuma para entonces. En esas montañas conocidas como el paso del Carnia, hay unos pocos pueblos perdidos de montañeses y en cada uno de esos pueblos hay un Bar donde, generación tras generación, los parroquianos viejos repiten a los más jóvenes la historia de esta República.
Cuando los nazis decidieron invadir Rusia, reclutaron al general Piotr Krasnov, gran atamán de los cosacos del Don para que sumara su legión a la fuerza del Reich. Llegó a juntar 50.000 hombres que aceptaron a Hitler como comandante supremo de las fuerzas cosacas y partieron al frente oriental a cambio de la promesa del Reich de que se les otorgaría un territorio en Ucrania para crear allí su patria, terminada las hostilidades.
Los regimientos cosacos sufrieron una derrota tras otra junto al Ejército nazi en el frente oriental, pero no les importó. Por primera vez no peleaban sólo hasta la muerte, peleaban para tener por fin una patria propia. La retirada los fue empujando junto con las tropas alemanas desde Bielorrusia hacia el sur, pero no se desbandaron porque la promesa del Reich se mantenía, solo que el territorio ofrecido iba cambiando a medida que los nazis perdían dominios. A fines de 1944 lo único que les quedaba por ofrecer a los cosacos eran esas montañas perdidas donde Austria y Eslovenia desembocan en Italia. Así que hacia esas montañas convergieron los regimientos de Krasnov. Los montañeses de Carnia los vieron llegar, diecisiete grupos lingüísticos diferentes, avanzaban a caballo o en camello o en carromatos indescriptibles rebalsando de mujeres y niños tan salvajes como sus dueños; había tantos generales como soldados, se decía que en aquella tropa era más fácil ponerse galones que ensillar un caballo robado. Solo el Atamán Krasnov se privaba de su montura por sufrir de gota, se movía en un pequeño Fiat con chófer, custodiado por una guardia de 24 cosacos a caballo armados hasta los dientes.
En ese mismo Fiat emprendió la retirada con sus huestes cuando las fuerzas aliadas y los partisanos de la Brigada Garibaldi ocuparon Trieste y avanzaron hacia las montañas. Krasnov y sus cosacos retrocedieron hasta la frontera austríaca con el propósito de hacerse fuertes allí y recuperar su territorio. Pero llegando a la frontera se toparon con la noticia de la rendición nazi y supieron que su aventura había terminado. Krasnov negoció con los ingleses que se rendirían con una sola condición: no ser entregados a los soviéticos. Los ingleses incumplieron famosamente su promesa; tenían a los cosacos en un campo de detención rodeado en tres de sus lados por alambre de púas y en el lado restante por las aguas heladas del río Drau. Una madrugada, cumpliendo los pactos secretos de Yalta entre Churchill y Stalin, los ingleses entraron en el campo con camiones para cargar a los prisioneros y entregarlos al Ejército Rojo. Los cosacos no lo permitieron, ataron a sus monturas bolsas llenas de piedras y con sus mujeres y bebés en brazos se fueron arrojando en masa a las turbulentas aguas del río Drau.
Unos pocos hacían frente a los británicos mientras el resto se inmolaba de esa manera. Los ingleses solo lograron entregar a los soviéticos una décima parte de aquellos 50.000, los que terminaron ejecutados o en Siberia. El resto dejó su vida aquella madrugada en las aguas del río Draw. Ese trágico suicidio colectivo selló para siempre lo que piensan los montañeses de Carnia acerca de los cosacos de Krasnov. Cada noche, cuando hablan de ellos en el único bar de su pueblo, en cada pueblo de la montaña, no rememoran las hambrunas que pasaron en esos tiempos ni el pánico que los embargó al enterarse de que los nazis les habían dado derecho a saqueo a los cosacos, y que eso venían a hacer por aldeas de media Europa. Solo recuerdan aquel gigantesco campamento en la nieve, donde convivían caballos camellos y humanos que hablaban 17 lenguas diferentes y son capaces de describir como si lo hubiesen visto con sus propios ojos aquella última carga desesperada y suicida a las aguas negras del río Drau.
Krasnov no se suicidó junto a sus hombres sino que fue entregada por los ingleses a Moscú donde se lo juzgó por alta traición y fue ahorcado en 1947.
Joseph Brodsky, ambivalencia de los rusos, víctimas no: Joseph Brodsky premio Nobel a los 47 años, se negó toda su vida al lugar de víctima y decía que “hablar de nuestros padecimientos solo extiende la vida a nuestros antagonistas”. Para explicar su entereza, decía que el problema de pasarse la vida tratando de burlar el sistema era que tanto cuando se lo vencía como cuando se lo secundaba, uno se sentía igualmente culpable: “esa ambivalencia es la característica principal de mi país, no hay verdugo ruso que no tema ser víctima algún día, como no hay víctima que no tema tener en sí la capacidad de ser verdugo”. Pero esa ambivalencia es sabiduría, en cierto modo: uno entiende rápido que la vida misma no es ni buena ni mala, es arbitraria. Decía también que la memoria es como una biblioteca sin orden alfabético y sin obras completas de nadie.
El exilio político pone al escritor en el lado banal de la virtud, y nada frena su evolución estilística más que eso. Porque el estilo de un escritor son sus nervios y el exilio entumece los nervios. Dijo que el exilio enseña que un hombre liberado no es un hombre libre. Y que si quiere un papel mejor, el de hombre libre, “debe ser capaz de aceptar, o al menos de imitar, la manera en que fracasa un hombre libre, porque cuando un hombre libre fracasa no culpa a nadie.”
Vladimir Nabokov, el secreto del mundo, el escritor de Lolita: Además de Lolita, Nabokov también escribió La Dádiva que en su lengua original se llama Dar, un título que habría sido perfecto para su traducción al castellano. Es un libro que durmió el sueño de los justos durante años y años y todavía hoy es un libro semi olvidado, es una hazaña conseguir un ejemplar, ni siquiera en ruso.
Sin embargo tiene algunas frases memorables: “la vida como viaje es una ilusión estúpida, no hay viaje, no vamos a ninguna parte, estamos sentados en casa y el otro mundo nos rodea siempre”. En el centro mismo de La Dádiva, una voz dice estas fabulosas palabras: “no es fácil entender pero, si lo entiendes, lo verás todo claro y saldrás de la prisión de la lógica: el todo es igual a la más pequeña parte del todo, la suma de las partes es igual a una de las partes de la suma. Ese es el secreto del mundo”
Oblomov, La Maldición Rusa, Rasputín y Nicolás: Los rusos llaman “oblomov” a los que son muy fiacas y eso viene de un noble llamado Oblomov que fue incapaz de salir de la cama; tardaba tanto en levantarse que todos sus criados, clientes y familiares iban a consultarlo allí: el cortejo era tan incesante que el noble optó por vivir su vida desde la cama.
Así como todo ruso sabe que, si se asoman su alma, ve a Rasputín (el lugar donde religión, patriotismo y desenfreno son una misma experiencia, porque Rasputín es el pueblo, el mujik que tuvo en un puño a Rusia, y a la vez es el demonio que más teme el pueblo: no por nada rasputítza significa “hundirse en el barro”, y también “dejarse llevar por los peores instintos”), también sabe que la encarnación máxima de omoblovismo en la historia rusa fue el zar Nicolás, el último de los Romanov, ese hombre enfermamente pasivo y obstinado a la vez, con su histérica esposa alemana y su hijo hemofílico y la sangre de Rasputín en las manos y el derrumbe de su imperio y su final tristemente célebre, acribillado a balazos junto a su familia en el sótano de aquella casa en los Urales.
Chejov: En una escena de Tío Vania, un personaje que se desmaya y otro que pide: “rápido un vaso de agua”, pero cuando se lo alcanzan no se lo da la víctima, sino que se lo bebe él con total naturalidad. Ahí está Chejov, como cuando dice “La literatura tiene de buena que uno se puede pasar con la pluma en la mano días enteros, sin advertir como pasan las horas y al mismo tiempo sintiendo algo que se parece a la vida».
Aleksandr Pushkin: Todavía hoy cuando un ruso nombre al francés que mató a Pushkin en un duelo, dice: “D’Anthés, que su nombre sea maldecido tres veces”. Aunque en el fondo todos los rusos piensan lo que dijo Alexander Biok: “No fue la bala de D’Anthés lo que mató a Pushkin, fue la falta de aire”.
Pushkin era un prisionero en jaula de oro (“El diablo me hizo nacer en Rusia, con alma y talento”). El zar le prohibía irse al extranjero; el zar hacía personalmente de censor sobre cada página que Pushkin mandaba a imprenta; el zar seguía de cerca la suerte del poeta en cada uno de los veintiún duelos en que se batió; el zar lo obligaba a asistir a los bailes de la corte porque le gustaba posar sus ojos en Natalia Pushkina, la joven esposa del poeta, la mujer más hermosa de Rusia.
Cuando conoció a la joven Natalia perdió la cabeza (al pedir su mano, dijo a la madre de la joven: “Estoy dispuesto a morir por ella, aunque la idea de dejarla viuda, libre de escoger otro marido, es el infierno para mí”), aceptó por ella frecuentar la corte imperial y su atmósfera viciada e histérica, asistía a aquellos trances solo de cuerpo presente, olímpicamente ajeno al murmullo que despertaban los giros de su esposa en la pista de baile, en brazos de diferentes galanes (“Tengo la desgracia de ser un hombre público, que es algo más arduo que ser una mujer pública”).
D’Anthés, según las malas lenguas, sumaba conquistas solo para el libidinoso regocijo del viejo del viejo embajador de Holanda, Barón Heeckeren, de quien era su protegido. Sin embargo, cuando Pushkin recibió un anónimo (también enviado a todos sus amistades) donde se lo proclamaba Rey de la Orden de los Cornudos, envió sin pensarlo dos veces sus padrinos a D’Antés, luego fue una casa de empeños, obtuvo mil rublos por el juegos de platería de su casa, y con el dinero compró dos pistolas y se sentó a esperar.
La primera vez que D’Anthés vio a la Pushkina entrar en un salón en compañía de sus hermanas dijo: “Ella parece un poema y las hermanas, dos diccionarios”. Cuando la zarina intentó disuadir a Pushkin del duelo, él le contestó “Las infidelidades son asunto de matronas rusas, los duelos son asuntos de hombres”. Cuando los duelistas se dispararon uno al otro, Pushkin cayó primero y, al ver que D’Anthés también caía: preguntó “¿Está muerto?”, y cuando le contestaron que solo estaba herido, maldijo y murmuró: “Habrá que recuperarse y volver a empezar”, mientras su pelliza de oso se teñía de rojo a causa de la sangre que perdía.
Daniel Genis:Nació en Nueva York, hijo de Alexander e Irina Genis. quienes habían emigrado de la Unión Soviética en 1977. Durante las décadas de los 80 y 90, el apartamento de los padres de Genis funcionó como club social para escritores y artistas rusos. Daniel estuvo expuesto a la literatura y a las artes desde temprana edad, relacionándose con artistas e intelectuales, entre ellos el bailarín de ballet ruso Mikhail Baryshnikov, Umberto Eco, Norman Mailer, Joseph Brodsky y el director de cine checo Milos Forman, que eran los amigos de sus padres.
En 2001 Genis cambió su carrera editorial por una vida delictiva para satisfacer su insaciable adicción a la heroína. Su gusto por la sustancia ilegal (que le costaba a Genis cien dólares al día), lo llevó a embarcarse en una serie de robos para pagar sus deudas. La ola de robos que duró un mes se centró en el Greenwich Village, en Chelsea y en el distrito financiero de Nueva York. Apodado por la prensa el “bandido arrepentido”, Genis ofrecía disculpas a sus víctimas mientras les quitaba el dinero y les devolvía las carteras. Sus 18 robos sumaron un total de 700 dólares.
Llevaba tres meses limpio de heroína cuando una viejita por la calle lo reconoció y lo denunció; como el joven Genis estaba en probation le dieron 10 años y lo mandaron a la prisión de Stormville. Cuando el padre lo fue a visitar por primera vez le dijo: “el lado bueno es que ahora vas a tener tiempo de leer a los escritores rusos”.
Daniel Genis cumplió su condena y salió en 2014 en libertad. En sus 10 años preso leyó mil cuarenta y seis libros, lo sabe porque llevó un diario de sus lecturas, cada entrada numerada y comentada sucintamente, porque el papel es escaso tras las rejas.
Cuando llevaba casi 5 años preso le confesó en una carta a su padre que le había dejado algunos libros en su visita inicial y agregaba: “Tráeme más tráeme todos” (en uno de esos libros su padrino Serguei Dovlátov le hace decir a un personaje: “No me cuesta nada rechazar el primer trago. Es a frenarme lo que no he aprendido. El motor anda bien son los frenos los que fallan”).
Desde que salió en libertad, Daniel Genis está publicando en forma de columnas (en el sitio web Daily Beast), fragmentos de aquel diario de lecturas que llevó en prisión. Ahora tiene responsabilidades, no puede dedicarse únicamente a leer. Dice Forn que le hace acordar a aquella confesión de Aira, cuando le preguntaron por qué escribía y contestó que si fuera por él se pasaría la vida leyendo que escribía solo para disimular su vicio a los ojos de la sociedad productiva.
Jan Van Heijenoort, el custodio del profeta: Jan Van tenía un don para las matemáticas, podía resolver de un golpe de vista ecuaciones con tres incógnitas. Por esa razón recibió una beca completa para el Liceo Saint Louis de París, pero no fue por eso que se convirtió en secretario traductor y guardaespaldas de León Trotsky cuando recién acaba de cumplir 20 años.
Jan había abandonado su beca y sus estudios de matemáticas para entregar su vida a la causa.
Cuando Trotsky se perdió en un bosque de Noruega, Van lo salvó de morir de frío. Cuando a Trotzky se le desbocó el caballo en Cuernavaca, México, Van lo corrió y lo rescató (aunque era la primera vez que montaba en su vida). Cuando a Trotsky no le daba más la cabeza y era necesario terminar el trabajo igual, solo confiaba en Van, ya fuese una carta confidencial, un artículo de prensa o un asunto de faldas (hay quien dice que el romance que tuvo Van con Frida Kahlo fue para sacársela de encima a Trotsky).
Trotsky le dijo a Van que vaya a estudiar la situación interna del Socialism WorkersParty, el partido trotskista norteamericano; Van vivía en pensiones y hacía arreglos de plomería para pagarse el traslado de ciudad en ciudad mientras preparaba concienzudamente su informe. En las calles de Baltimore se enteró por los diarios del asesinato de Trotsky y se derrumbó. “Solo el estudio de las matemáticas me permitió conservar el equilibrio interior” dijo en un libro que escribió 40 años después. El libro era sobre Trotsky, aunque Van era para entonces profesor emérito de matemáticas y de lógica en Harvard y en Stanford, con oficina propia en ambas costas.
A los treinta y tres años, luego del fin de la guerra, había logrado entrar en los cursos gratuitos de la Universidad Pública de Nueva York. Se graduó y después se doctoró primero en matemáticas y a continuación en lógica. Fue el único capaz de entender y ordenar los papeles póstumos de Gödel, una tarea considerada titánica y decisiva en el mundo de los números.
Fue Van quien logró que Harvard comprara una decena de miles de documentos y abriera un Archivo Trotsky, desde dónde se encaraó la publicación ordenada de la obra. El propio Van viajaba y traía de Europa y de México viejos baúles llenos de papeles y se quemaba las pestañas leyéndolos después. Lo asombroso fue que lo hizo habiendo perdido toda fe en él bolchevismo: después de la muerte de Trotsky, había entrado en un maelstrom de cuestionamiento. “Me puse a examinar el pasado, a rumiar una a una mis dudas, a preguntarme si los bolcheviques al establecer un régimen vertical y anular toda opinión pública, no habían preparado el terreno para el enorme hongo venenoso del estalinismo. Todo estaba en ruinas. Tuve que construir otra vida.”
Pero en esa otra vida, siguió dándole ocho horas diarias de desvelo a la causa que ya había abandonado. “Era una de las máquinas intelectuales más asombrosas que conocí”, dijo de él el historiador Pierre Broué. Su único lujo era tener esa dos oficinistas, una en Harvard y otra en Stanford. Viajaba a todas partes con una valija donde llevaba todos sus bienes. Ninguna de sus cuatro matrimonios duró pero todos sus hijos lo querían. En 1986 lo llamaron a Stanford avisándole que su cuarta ex mujer estaba perdiendo la razón. Viajó al DF, se instaló en la casa de ella y la serenó. Cuando se recostó a dormir una hora en el sofá del living, ella le disparó tres balazos a la cabeza y luego se suicidó de un tiro en el paladar.
Jean Van Heijenoort está enterrado en una tumba del Panteón Francés en el DF, propiedad de una familia que no era la suya. La tumba de Trotsky está cerca, con sus conejeras y su museo alrededor, pero muy pocos de los peregrinos que la visitan en legión se acercan después al Panteón Francés.
El final de la película: Vladislao Leschenko, siempre fue opacado por su hermano Piotr, el Rey del Tango Ruso, autor del tangazo Serdste, (“Corazón” en ruso).
Piotr recorrió Europa en los años 30, peinado a la cachetada y rasgueando la guitarra a lo Gardel, hasta que abrió en Bucarest un club nocturno con su nombre, que alcanzó fama como “el Maxim’s oriental” y donde cada noche terminaba agasajando a su selecta concurrencia con una emocionada reedición de su mayor éxito.
Se impone decir acá, qué, en la Unión Soviética, el tango en un género musical contrarrevolucionario, así que los admiradores secretos de Piotr debían sintonizar clandestinamente con Radio Teherán para pescar las famosas transmisiones que se hacían desde el Maxim’s Oriental. Tan popular era el engominado Piotr que, cuando los tanques rusos entraron en Bucarest al final de la Segunda Guerra, solo salvó el pellejo porque el mariscal Zhukov era uno de sus admiradores secretos.
Un grande Píotr, emocionaba por igual a judíos de la diáspora y a nobles europeos, a rusos blancos y a ciudadanos soviéticos. Su hermano Vladislao también logró esa hazaña y fue aún más lejos. Pero lo hizo en silencio, desde las sombras y hoy nadie lo recuerda o lo recuerdan como un agujero negro.
Mientras su hermano se hacía famoso, Vlad alquiló varios departamentos baratos en el antiguo barrio judío de Berlín, donde habían recalado, echó abajo a las paredes divisorias de sus respectivos sótanos y montó una sala de montaje que se especializó en una tarea delirante: retocar viejos melodramas rusos para venderlos en Estados Unidos y retocar frescos melodramas norteamericanos para venderlos a la URSS. Para exportar institucionalmente a Norteamérica las películas rusas, tenía que cambiarles su inalterable final trágico; para las que enviaba a las audiencias soviéticas, en cambio, eran inaceptables los finales felices de las películas norteamericanas.
Vlad era un mago: a un film ruso donde los protagonistas terminaban todos muertos, le agregaba una escena donde se procesaba al criminal y se reivindicaba a los difuntos. A un final feliz yankee, le añadía una coda truculenta, donde quedaba expuesta la perfidia esencial del sistema capitalista.
Un montaje de Leschenko se considera hoy una rareza en los anales del cine: los cinéfilos los estudian y escriben sesudas y soporíferas tesis sobre ellos. El problema es que no hay uno solo que ofrezca pruebas concretas de que fue intervenido por Vlad. Es el perfecto artista en las sombras: su obra quedó, pero indiscerible en la bruma del anonimato
Cuando los rusos echaron a los nazis de Bucarest y se apoderaron de la ciudad, en lugar de colgar a Piotr, asistieron en masa al Maxim’s oriental a oírlo cantar. El Rey del Tango se emocionó y pidió permiso oficial para volver a vivir a su patria. No se daba cuenta de cómo incendiaba a los soviéticos cuando decía “patria” en la URSS. Piotr estaba casado por entonces con su tercera esposa: una admirador rusa que se había traído desde Odesa. A ella la deportaron por haberse casado con un extranjero y a él lo dejaron morir de pena en un psiquiátrico rumano.
Hoy hay peñas con su nombre en casi todas las ex repúblicas socialistas: algunas lo reivindican como el Rey del Tango, otras como prócer del cancionero gitano. De Vlad, en cambio, nada se sabe, salvo que murió en las mismas sombras que había elegido habitar en vida.
Solo se salvó para la posteridad esta definición que dio sobre su oficio o su genio: “A los espectadores lo que les interesa es que el final de la película sea el correcto, como se logra no les importa, son indolentes o tolerantes pero no perdonan nunca si el final tiene defectos”.
Roman Nikolai von Ungern – Sternberg: austríaco de nacimiento y ruso por educación, en la estepa mongola se lo conoció como Mahakala,el Señor de la Ira. Budista, sádico, antropófago, antisemita y antibolchevique furioso, parece un villano de historieta. De hecho, Hugo Pratt le dedicó un episodio fulminante en el Corto Maltés en Siberia, pero existió en la vida real y fue una desgracia para todos los que tuvieron la mala suerte de cruzárselo.
Ungern-Sternberg se enteró del triunfo de la Revolución Rusa de Octubre en el extremo oriente siberiano y, junto con su superior inmediato en la región, el coronel Semionov (tan antisemita y antibolchevique como él), ofreció sus servicios al Ejército Blanco, pero su fidelidad hacia el uno y el otro duraría muy poco. Con la sola ayuda de su regimiento de salvajes, decidió emprender desde Siberia la conquista de la Unión Soviética y de China.
Eran apenas seiscientos, pero se creían capaces de erigir un nuevo imperio tártaro. Su única victoria militar fue la toma de Urga (hoy Ulán Bator, capital de Mongolia), cuando aquellos seiscientos salvajes pasaron a degüello a los cinco mil soldados chinos armados de ametralladoras que defendían la ciudad.
Aliados y enemigos temían por igual su sadismo y sus dementes decisiones. Fue traicionado por sus propias huestes.
Cuando olió en el aire la traición que se avecinaba, logro huir hasta la estepa en su caballo, pero fue perseguido durante dos días por los bolcheviques y un puñado de jinetes buriatos que habían formado parte de su tropa hasta que el los echó.
Los bolcheviques lo encadenaron (previamente había matado a seis) y lo trasladaron prisionero hasta Novosibirsk.
Sentenciado a muerte, enfrentó el pelotón de fusilamiento. Como su cabeza era muy pequeña, se ordenó a los soldados que le apuntaran al pecho. Varios disparos dieron contra los medallones que colgaban de su cuello y el rebote de la metralla mató a dos miembros del pelotón.
Alguien escribió un libro de pacotilla, Bestias, hombres ydioses, sobre las correrías de un austríaco de nombre Ungern-Sternberg, que pregona el espíritu tártaro de todos los eslavos y germanos y su unión contra judíos y bolcheviques.
Un estudioso llamado Timothy Ryback estudio a fondo la biblioteca intacta encontrada en el bunker de Hitler y escribió un ensayo denominado “Las Lecturas del Gran Dictador”. Allí habla de que había encontrado en esa biblioteca un volumen profusamente anotado en tinta verde y subrayado, denominado Bestias, hombres y dioses.
Svetlana Aleksiévich, Premio Nobel, Gorbachov y Borges: “Es usted tan pequeña, ¿cómo hace para escribir libros tan grandes?”, le dijo un día Mikhail Gorbachov. Svetlana le contestó: “Usted no es un gigante precisamente y derrumbó un imperio”.
Borges dijo que los rusos nos han demostrado que nada es imposible: suicidas por felicidad, asesinos por benevolencia, delatores por humildad, amantes que se adoran hasta el punto de separarse para siempre.
Svetlana cuenta esta historia escalofriante en su librazo “El fin del Homo Sovieticus”: ada noche en Rusia, mientras los hombres beben y se pelean a puñetazos, las mujeres escriben cartas. Cuentan minucias de la vida esas cartas, y están dirigidas a hombres presos: en cada aldea de la Rusia de Putin, la mitad de sus habitantes estuvieron o estarán en prisión alguna vez. Las mujeres empiezan escribiendo a un hombre de su familia, y cuando no tienen ninguno preso escriben a desconocidos.
Serguei Dovlátov y Breshnev: Sergei decía que los herederos de Stalin eran decepcionantes. En tiempos de Stalin se publicaban libros, y luego se fusilaba a los autores. Ahora con Brezhnev ni se fusila ni se publica. Por decir cosas como esta, el joven Dovlátov fue a parar a un campo de concentración en Siberia, pero como guardia: así habían cambiado los tiempos en la URSS de Stalin a Brezhnev y la gerontocracia.
Decía Dovlátov, “todo el talento es como la lujuria, difícil de disimular. Y más difícil todavía de simular”. Dijo también “las cartas en las que ofrezco un texto a una revista o a una editorial las hago siempre en papel de lija, para que no se las puedan pasar por el culo”.
Mi momento Doblatóv favorito es cuando su mujer emigra, con la hija de ambos, a Estados Unidos. Él no quiere saber nada con irse, le firma los papeles de divorcio y sale a festejar con los amigos, en un raíz etílico que culmina dieciocho meses después, frente a un coronel en la KGB que le dice, desde el otro lado del escritorio: “escúcheme Dovlátov, mire las cartas que le escribe esta mujer, ¿no se da cuenta que la quiere?. Hágame el favor, acá tiene el pasaporte. Deje de hacer papelones y váyase de una vez”. Doblatóv llama por teléfono a su mujer desde Leningrado para anunciarle que va para allá. Su mujer le pregunta por qué. Porque el coronel dice que te quiero, le contesta él.
Los Zapoi: En Rusia llaman zapoi a un acuerdo homicida que solo alcanzan aquellos capaces de bajarse una botella de aguardiente cada dos horas durante días y días seguidos. En los tiempos soviéticos, eso no se podía hacer en bares, así que la táctica era subirse a un tren, coimear al guardia con una botella y así acceder al vagón donde se juntaban los zapoi.
Esos vagones eran casi alambiques, porque todo zapoi aprendía bien pronto que era una locura emborracharse con vodka puro -las pesadillas eran atroces, para no hablar del precio del vodka-: solo el borracho ocasional se podía permitir ese lujo, y lo de ellos era sistemático, cotidiano, constante. La combinación de necesidad mayúscula con recursos escasos, despertó la inventiva de los zapoi; en aquellos vagones inventaron recetas demenciales para mantenerse eternamente en curda, y dieron nombres espléndidos a esas bebidas asesinas: Las lágrimas de Konsomol, por ejemplo, consistía en engordar una cerveza con líquido de frenos y desodorante para pies.
La mezcla se hacía en palanganas y se bebía en esos frascos de vidrios en los que vienen los pickles. Cuando les hacía falta reaprovisionarse, aprovechaban la parada del tren: con lo que conseguían rapiñar inventaban un nuevo trago, como el Beso Sin Amor (Oporto barato, matarratas y esmalte de uñas) o el Zorro Plateado (limonada repelente de mosquitos y barniz industrial). A propósito, un viejo dicho ruso dice: “no hay adulto en Rusia que no sepa que el zar dejó morir a Pushkin, y no hay niño en Rusia que no sepa cómo sacar alcohol del barniz industrial”.
El porque de algunos nombres: En la España más ultramontana existía un conjuro para espantar a los malos espíritus: los padres bautizaban a sus hijas con una palabra que fuera lo opuesto de lo que deseaban para ellas, y de ahí vienen nombres como Soledad, Martirio o Dolores.
Excelentes tus notas y comentarios