LOS SOLDADOS DE SALAMINA

Javier Cercas

Leído en 2026 

Cercas, antes de ser famoso, investiga lo que había pasado con el falangista Rafael Sanchez Maza, sobreviviente a su propio fusilamiento.

 

Dos a Dos: Cuando la conocí, Conchi acababa de separarse de un ecuatoriano llamado Dos-a-Dos González, cuyo nombre de pila al parecer, se lo había puesto su padre en recuerdo de un partido de fútbol en que su equipo de toda la vida ganó por primera y última vez la Liga de su país. Para olvidar a Dos-a-Dos, a quien había conocido en un gimnasio, haciendo culturismo, y a quién en los buenos momentos, llamaba cariñosamente Empate y en los malos, Cerebro, Celebro González, por qué no lo consideraba muy inteligente, Conchi se había mudado a Quart, un pueblo cercano donde vivía alquilado por muy poco dinero un caserón destartalado, casi en medio del bosque.

 

La obsesión es el combustible de la escritura: Nunca me hubiera decidido a escribir un libro sobre Sánchez Mazas, si no hubiera sido porque durante esos días en Cancún tuve tiempo de poner en orden mis ideas acerca de él y de comprender que el personaje y su historia se habían convertido con el tiempo en una de esas obsesiones que constituyen el combustible indispensable de la escritura.

 

Franco y su régimen de mierda: Durante esos años de hierro, Sánchez Mazas pronunció discursos, intervino en mítines, diseño estrategias y programas, redactó ponencias, inventó consignas, aconsejó a su jefe y, sobre todo a través de FE, el semanario oficial de la Falange– donde se encargaba de una sección titulada ”Consignas y normas de estilo”– difundió en artículos anónimos o firmados por él mismo o por el propio José Antonio Primo de Rivera, unas ideas y un estilo de vida que con el tiempo y sin que nadie pudiera sospecharlo -y menos que nadie el propio Sánchez Maza – acabarían convertidos en el estilo de vida y las ideas que primero adoptadas como revolucionaria ideología de choque ante las urgencias de la guerra, y más tarde rebajadas a la categoría de ornamento ideológico por el militante gordezuelo, afeminado, incompetente, astuto y conservador que las usurpó, acabarían convertidos en la parafernalia cada vez más podrida y huérfana de significado, con la que un puñado de patanes luchó durante cuarenta años de pesadumbre por justificar su régimen de mierda.

Bolaños, Allende y los héroes: Hablamos de Pinochet, de la dictadura de Pinochet, de Chile. Cómo es natural, le pregunté cómo había vivido la caída de Allende y el golpe de Pinochet. Como es natural me miró con cara de infinito aburrimiento, luego dijo:

– Como una película de los hermanos Marx, solo que con muertos. Aquellos fue un desbarajuste fabuloso. – Sopló un poco el té, bebió un sorbo y volvió a dejar la tasa sobre el plato.

-Mira, te voy a decir la verdad. Durante años me cagué cada vez que pude  en Allende, pensaba que la culpa de todo era suya, por no entregarnos las armas. Ahora me cago en mí por haber dicho eso sobre Allende. Joder, el cabrón pensaba en nosotros como si fuéramos sus hijos. ¿Entiendés?. No quería que nos mataran. Y si llegaba a entregarnos las armas, hubiéramos muerto como chinches. En fin -concluyó -, tomando otra vez la taza, supongo que Allende fue un héroe.

-¿Y qué es un héroe?

La pregunta pareció sorprenderle. Como si nunca se lo hubiesen hecho, o como si se la hubiera estado haciendo desde siempre, con la taza en el aire me miró fijamente a los ojos, volvió la vista hacia la bahía, por un momento reflexionó; luego se encogió de hombros.

-No lo sé- dijo. Alguien que se cree un héroe y acierta. O alguien que tiene el coraje y el instinto de la virtud, y por eso no se equivoca nunca, o por lo menos no se equivoca en el único momento en que importa no equivocarse, y por lo tanto no puede no ser un héroe. O quien entiende, como Allende, qué héroe no es el que mata, si no el que no mata o se deja matar. No lo sé. ¿Qué es un héroe para ti?

– Dije:

– No lo sé. John le Carré dice que hay que tener temple de héroe para ser una persona decente..

-Sí, pero una persona decente no es lo mismo que un héroe -replicó en el acto Bolaño, personas decentes hay muchas: son las que saben decir no a tiempo; héroes en cambio, hay muy pocos. En realidad, yo creo que en el comportamiento de un héroe hay casi siempre algo ciego, irracional, instintivo algo que está en su naturaleza y de la que no puede escapar.  Además se puede ser una persona decente durante toda una vida, pero no se puede ser sublime sin interrupción, y por eso el héroe solo lo es excepcionalmente, en un momento, o, a lo sumo, en una temporada de locura o inspiración. Ahí está Allende, hablando por Radio Magallanes, tumbado en el suelo, en un rincón de La Moneda, con la metralleta en una mano y el micrófono en la otra, hablando como si estuviera borracho o como si ya estuviera muerto, sin saber muy bien lo que dice y diciendo las palabras más limpias y más nobles que yo he escuchado nunca.-

Escribir novelas:  Para escribir novelas no hace falta imaginación. Solo memoria. Las novelas se escriben combinando recuerdos.

Siguen vivos gracias a Miralles: Miralles dejó de hablar, sacó un pañuelo, se secó las lágrimas, se sonó la nariz; lo hizo sin pudor, como si no le avergonzara llorar en público, igual que lo hacían los viejos guerreros homéricos, igual que lo hubiera hecho un soldado de Salamina. Luego, de un solo trago se bebió el nescafé enfriado. Permanecimos en silencio, fumando. La luz del balcón era cada vez más débil; apenas se oía pasar coches. Yo me sentía a gusto, un poco ebrio, casi feliz. Pensé: ”Se acuerda por lo mismo que yo me acuerdo de mi padre y Ferlosio del suyo y Miquel Aguirre del suyo y Jaume Figueras del suyo y Bolaño de sus amigos latinoamericanos, todos soldados muertos en guerras de antemano perdidas: se acuerda por qué, aunque hace sesenta años que fallecieron, todavía no están muertos, precisamente porque él se acuerda de ellos. O quizá, no es él quien se acuerda de ellos, sino  ellos los que se aferran a él, para no estar del todo muertos”. “Pero cuando Miralles muera -pensé-, sus amigos también morirán del todo, porque no habrá nadie que se acuerde de ellos para que no mueran.»

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