LA HORA DE LOS DEPREDADORES
Giuliano da Empoli
Leído en 2026
La Política tal cual es: Cuando acompañaba al presidente del Consejo Italiano en sus viajes alrededor del mundo, me inventé un estúpido juego con su portavoz, un apasionado como yo de las series de televisión. En esa época era posible distinguir tres grandes categorías de series políticas. La primera, que se podría calificar de heroica, comprendía producciones como el Ala Oeste de la Casa Blanca, en la que se representaba la política como una competición virtuosa entre personas capaces y bien intencionadas. La segunda, más sombría, describía la política como una jungla hobbesiana en la que nadie es inocente y cuya única regla es la supervivencia. Era la categoría de House of Cards, muy popular entre los políticos, porque los representaba como personajes maquiavélicos, brillantes y sin escrúpulos, sumidos en una vida apasionante de intrigas y jugarretas. En cambio, la tercera categoría, la de los sitcoins del estilo de Thick off it o Veep, del gran Armando Iannucci, mostraba la vida política tal cual es: una comedia de enredos permanentes en la que unos personajes, casi siempre ineptos para el papel que ocupan, tratan de salir de apuros en situaciones inesperadas, a menudo absurdas y en ocasiones ridículas
Nuevo ardor guerrero: Un ardor guerrero recorre el planeta: ya no es cosa sola de los regímenes autoritarios. Estados Unidos ha pasado de la era de las negociaciones ásperas entre diplomáticos a la diplomacia movida por la fuerza bélica. A lo largo de los últimos años, la ilusión de que la supremacía tecnológica pudiera ocupar el lugar del análisis exhaustivo de los diferentes situaciones locales, ha transformado el recurso a las armas, físicas y cuantificables, como uno de los principales resortes de la política exterior, en lugar de ser un instrumento imperfecto, el último recurso.
Desde siempre, la proporción de diplomáticos de carrera constituía las tres cuartas partes de las nominaciones a embajadores estadounidenses, siendo el resto de los puestos asignados para los financiadores del presidente. Pero a partir de 2017, Donald Trump invirtió la relación, nombrando para esas funciones una amplísima mayoría de sus sostenedores. Su regreso al poder en 2025 probablemente conduzca a la completa extinción de los embajadores de carrera.
Incluso en Europa, la dulce Europa, quienquiera que se atreva a apelar a un esfuerzo diplomático, es puesto en la picota, arrojado a las mazmorras de la historia, junto a los dirigentes admirados hasta hace poco, las Merkel, los Prodi, acusados actualmente de ingenuidad o, peor aún, de cobardía, frente a la inigualable dureza del mundo.
Mientras tanto, las ojivas nucleares, que habían disminuido desde mediados de los años ochenta, han empezado de nuevo a aumentar: China construye centenares de silos para misiles en los desiertos del norte, los cohetes atómicos de Corea del norte amenazan directamente las ciudades de la costa oeste de Estados Unidos, Irán está más cerca de la bomba que nunca, mientras que la amenaza nuclear rusa planea sobre el término de la guerra en Ucrania. Desde 2023, el reloj del Apocalipsis, puesto al día por los sucesores de los físicos del Proyecto Manhattan, señala 90 segundos para la medianoche, la hora más próxima al fin del mundo desde su creación en 1947.
Abaratamiento de costos para los guerreros emergentes: Al término de la Segunda Guerra Mundial y a lo largo de la Guerra Fría, la disuasión nuclear hizo que fuera prohibitivo el coste de cualquier ataque de gran envergadura. Pero la evolución del marco geopolítico y los progresos tecnológicos acabaron con esa fase de relativa calma: el atentado contra las Torres Gemelas, que relanzó la historia pese a su muerte anunciada, costó menos de un millón de dólares. Hoy, un portaaviones que haya costado diez mil millones de dólares al gobierno norteamericano puede ser hundido por dos o tres misiles hipersónicos chinos de quince millones. A la inversa, para batir un dron de doscientos dólares lanzado desde el sur del Líbano, Israel debe disparar cada vez, un misil Patriot cuyo precio es de tres millones. Sin hablar de un ciberataque capaz de paralizar una nación entera, cuyo coste es prácticamente cero.
En estos días, el ataque cuesta menos caro que la defensa. Mucho menos. Y el precio sigue bajando. En el futuro, hay quien asegura que un solo individuo puede declarar una Guerra Mundial y ganarla. Ahora que sabemos que un sintetizador de ADN capaz de crear nuevos patógenos mortales cuesta alrededor de veinte mil dólares, el equivalente al precio de un coche de segunda mano, esa perspectiva ya no parece tan lejana.-
Cuestionamiento a la democracia americana: Hoy nuestras democracias parecen todavía sólidas, pero nadie duda de que lo más duro está por venir. El actual presidente estadounidense, Donald Trump, se ha puesto a la cabeza de un séquito variopinto de autócratas desacomplejados, de conquistadores de la tecnología, de reaccionarios y conspiradores impacientes por pelearse. Una era de violencia sin límites se abre frente a nosotros y, como en tiempos de Leonardo, los defensores de la libertad parecen estar especialmente mal preparados para la tarea que les espera.
Mimar o aplastar, Maquiavelo: “A los hombres hay que mimarlos o aplastarlos: se vengarán de las injurias ligeras; pero no podrán hacerlo cuando éstas sean muy grandes; de lo que se colige que, cuando se trata de ofender a un hombre, hay que hacerlo de tal manera que no se pueda temer su venganza”. Diez años después de la noche de Senigallia, Maquiavelo hará de Cesar Borgia el modelo para su Príncipe: no el soberano ideal, sino la bestia de poder real, mitad zorro mitad león, que sabe utilizar la astucia para adular a los hombres y la fuerza para someterlos.
Cinco siglos más tarde, MBS es su reencarnación. Como el Valentino, que ocultaba el ambicioso propósito de unificar Italia bajo su patrocinio, MBS cultivo una visión estratégica, la de transformar a Arabia Saudí en un estado nación poderoso, moderno, libre de la influencia del integrismo religioso, en el que el poder estaría concentrado en sus manos. Pero como la del Valentino, la construcción del príncipe es frágil, expuesta a un revés de fortuna.
MBS es Mohamed bin Salmán, el príncipe heredero de Arabia Saudita.
El poder del príncipe, el control manual: Sí es verdad que, como Tolstoi nos enseña, la condición del poderoso es siempre la superación de obstáculos, pues la realización de su voluntad depende de tantas otras voluntades que se vuelve prácticamente imposible, hasta el punto de que el más ínfimo soldado de infantería de su Ejército es más libre que Napoleón, la acción decidida del príncipe constituye el antídoto para ese mal.
Es lo que los expertos del Kremlin llaman hoy el control manual. Cuando el sistema, con sus procedimientos y jerarquías, no logra el resultado deseado, queda la posibilidad de intervenir directamente transgrediendo las formalidades, para restablecer la justicia sustancial. La consecuencia es una especie de milagro, en el sentido literal del término, ya que un milagro no es otra cosa que la intervención directa de Dios en la tierra.
Pero para que el milagro del poder se produzca, no es suficiente una acción decidida; es preciso también que se lleve a cabo un acto temerario, pues, si no, ¿cuál sería el valor de una acción que simplemente respondiera a la necesidad? Sería poco más que el acto de un tecnócrata, de uno de esos funcionarios lúgubres y crueles que actúan en nombre de obligaciones superiores y que pretenden ser los únicos capaces de conocerlas. La esencia del poder reside justamente en lo contrario.
Goethe cuenta la historia de aquel viejo duque de Sajonia, original y obstinado, a quien presionaban para que fuera reflexivo y considerase todos los aspectos antes de tomar una decisión importante. “No quiero reflexionar ni considerar nada – había respondido -, si no ¿para qué soy el Duque de Sajonia?”.-
Bukele y los tatuajes: Bukele, “el dictador más cool del mundo mundial,” como se calificó a sí mismo, o también el Rey Filósofo, como lo llama su biógrafo en X.O, el Caudillo Millennial como lo apodó una parte de la prensa extranjera. Cuando fue elegido por primera vez, con treinta y siete años, El Salvador era el país más violento del mundo: la tasa de homicidio era tres veces más alta que en Haití, considerado un estado fallido. La respuesta de Bukele fue radical: sustituyó el Código Penal por un manual de tatuaje ilustrado.
En El Salvador, como en Japón o en Rusia, se reconoce a los miembros de las bandas, a los pandilleros, por sus tatuajes: un sol azteca, una Kalashnikov, la cara de un loco burlón supuestamente representando la vida loca del pistolero. Hace dos años, después de una nueva masacre, Bukele proclamó el estado de emergencia y ordenó al Ejército detener a todo aquel que llevara tatuajes.
Resultado: ochenta mil personas en prisión, la mayoría de los cuales bandidos, pero también algunos fan rokeros que habían tenido la mala ocurrencia de hacerse un tatuaje. A continuación, como el Caudillo provenía del mundo de la publicidad, mandó hacer unos vídeos increíbles de miles de pistoleros (más los roqueros), en calzoncillos, con la cabeza rapada y sus tatuajes a la vista, obligados a arrodillarse, en los pasillos de la nueva cárcel de alta seguridad de Tecoluca, o corriendo en formación al ritmo de los silbatos de los guardianes. A medias entre un porno gay y Los Juegos del Hambre, los vídeos tuvieron un éxito evidente en las redes sociales, convirtiendo a Bukele en el jefe de Estado más seguido en Tik Tok.
Trump, la lectura y el conocimiento: Donald Trump es una forma de vida extraordinariamente adaptada a los tiempos actuales. Uno de sus rasgos, de que sus consejeros, en homenaje a épocas pasadas, se quejan constantemente en voz baja, cuando deberían regocijarse de ello con toda claridad, es que él no lee nunca. Ni libros, buenos para los museos, ni periódicos, que deben seguir al mismo destino. Al internauta más ingenuo jamás se le ocurriría imaginar a un Trump sentado en un asiento en su jet o en su sillón en Mar – a – Lago con un libro en la mano, en vez de con una pantalla o con una hamburguesa, entre las deep fake más descabelladas que se puedan concebir. Lo que realmente preocupa a sus consejeros, cuando debería regocijarlos, es que Trump ni siquiera lee las notas de una página o de media página que le pasan para preparar con antelación una entrevista, en donde resumen los puntos esenciales del asunto que se debe tratar. Trump ni mira esas notas. Ya sea una página o media o apenas una línea. El sólo funciona verbalmente. Lo cual representa un considerable desafío para cualquiera que desee transmitirle el más mínimo conocimiento estructurado.
Pero qué más da. Lo que cuenta es sobre todo la acción, de la cual el conocimiento, como bien sabemos, es uno de sus peores enemigos. Un contexto caótico exige decisiones audaces que capten la atención del público, dejando estupefactos a los adversarios.
Trump, en el fondo, no es más que la enésima encarnación de uno de los principios inmutables de la política: da igual quien lo constate: no existe prácticamente ninguna relación entre el poder intelectual y la inteligencia política. El mundo está lleno de personas muy inteligentes incluso entre los especialistas, los politólogos y los expertos, que no entienden absolutamente nada de política, mientras que un analfabeto funcional como Trump puede alcanzar una forma de genio por su capacidad de ir al unísono con el espíritu de los tiempos.
No pocos empresarios riquísimos, tecnócratas globales, intelectuales y premios Nobel han tenido que sufrir humillaciones dolorosas al tratar de traspasar sus triunfos profesionales a la arena política.
Maquiavelo, Cesar Borgia, Milei y el Partido de los abogados: Solo cuenta el resultado como bien dice Milei: «¿cuál es la diferencia entre un loco y un genio?, ¡el éxito!.» He ahí el credo de los borgianos (por César Borgia), compartido hoy por la mayor parte del pueblo, que ha dejado de considerar las reglas como una garantía de su libertad y ha empezado a percibirlas como un gigantesco fraude, por no decir un complot de la élite para oprimirlo.
“Lo primero que hay que hacer es matar a todos los abogados”, dice Shakespeare. O más bien el carnicero Dick en Enrique IV, cuando se trata de provocar una revuelta contra el gobierno del Rey de Inglaterra. Según Dick, los abogados son los herbívoros del poder establecido, carecen de moral y están dispuestos a sostener una cosa y su contraria. No resuelven los problemas, los crean, siempre tienen una escapatoria a mano para enredar un poco más las cosas, lo que les interesa son las formas, no el fondo; hablan un lenguaje ininteligible con la sola intención de confundir a los pobres y a fin de cuentas, no se ocupan más que de sus propios asuntos.
Los borgianos se concentran en el fondo, no en las formas. Prometen resolver los verdaderos problemas del pueblo: la criminalidad la inmigración, el coste de la vida. ¿Y cómo las replican sus adversarios, los liberales y los progresistas, los buenos demócratas?. Reglas de la democracia en peligro, protección de las minorías.
En Estados Unidos, los abogados son la categoría profesional más detestada, justo detrás de los políticos. ¿Por qué sorprende entonces que el Partido de los abogados haya sido barrido? ¿A quién le sorprende que una plataforma concebida por entero por unos abogados, centrada en la defensa de los procedimientos democráticos y el respeto a los derechos de las minorías, cuyo argumento principal está basado en juicios contra el candidato republicano, haya sido barrida por los exabruptos de los borgianos, la carestía de la vida, la inmigración y el desprecio clasista?
Los abogados tienen muchas cualidades, pero nunca son capaces de parar una revolución. Es más bien al contrario: casi siempre son sus cualidades el primer blanco de los revolucionarios precisamente. Si hay una figura insoportable durante una insurrección, es la del tipo que se niega a unirse a la masa, que alza su dedito, formula objeciones y pide respeto por los procedimientos. Peor aún si lo hace para defender a un enemigo del pueblo, en cuyo caso, y con toda razón, el carnicero Dick quisiera verlo colgado de una horca improvisada.
Principio importante del marketing, según Cambridge Analytica: ¿Qué hace una agencia tradicional de marketing para vender Coca-Cola?. Propone multiplicar los puntos de venta, poner un cartel en la entrada, añadir la silueta de una modelo en traje de baño bebiendo Coca-Cola cerca de la caja. Publicidad antes del inicio de una película, un montón de cosas inútiles que no hacen vender ni una lata más, pero que en cambio, permiten que funcione toda una economía de parásitos, redactores, fotógrafos, realizadores de video, directores creativos que se compran camisetas negras en Loro Piana y se ensamblan aperitivos de 30 libras en los pubs de Chelsea. Nosotros no trabajamos así. A nosotros no nos interesa la Coca Cola. Lo que nos interesa es el espectador. ¿Y saben ustedes por qué el espectador compra una Coca Cola? No porque es cool, ni porque la modelo la bebe, ni por la publicidad de cuarenta segundos que ha costado más cara que una peli de Hollywood. El espectador compra una Coca Cola porque tiene sed. Entonces ¿saben ustedes cuál es la única cosa que hay que hacer? Subir la temperatura de la sala de cine. Eso es lo que nosotros hacemos, subimos la temperatura. Para que la gente tenga sed.
La importancia de la Historia: A quién le preguntaba cómo prepararse para desempeñar un papel en el mundo, Kissinger le respondía con las palabras de Winston Churchill: “Estudia historia, estudia historia y estudia historia”. Es el sumun de la transgresión en una época en que los borgianos apuestan por las memorias que se difuminan para reescribir la historia y reactivar las pasiones de los movimientos antidemocráticos de la primera mitad del siglo XX, mientras que los señores de las tecnologías hacen de su ignorancia del pasado un argumento de marketing.
“¡Estar de nuevo en Pekín es genial!, he empezado mi visita con una carrera por la plaza de Tiananmen”, escribe Mark Zuckerberg, subiendo una foto suya en camiseta mientras hace jogging por la plaza en la que miles de estudiantes fueron masacrados por el Ejército chino en la primavera de 1989. “Y aprendí a utilizar la palabra imposible con mucha prudencia y espero que vosotros adoptéis la misma actitud en vuestra vida”, saca pecho Jeff Bezos, citando un científico nazi como modelo para su aventura espacial.
Dicho esto, Kissinger, todo menos un vejestorio nostálgico, más bien lo contrario, estaba poseído por el deseo de penetrar la realidad de la que tan cruelmente carece la mayor parte de la generación de poderosos de hoy en día. Para quien sabe servirse de ella, la historia es sobre todo el mejor medio para comprender lo que sucede verdaderamente nuevo.