LOS CABALLEROS DE LA NOCHE

 

Daniel Balmaceda

Leído en 2025

Divertida novela histórica que trata sobre el famoso robo del ataúd con el cadáver de Doña Inés Indart de Dorrego y del pedido de rescate por la devolución del mismo.
 

Los argentinos no son confiablesDespués de varias conversaciones en el hogar de Alphonse, fue tomando forma una idea nueva e inspiradora. Aquella amistad comercial se transformó en una alianza para emprender, en los márgenes de la ley, una gran hermandad delictiva que desafiaría el orden en Buenos Aires. Durante el intercambio de opiniones para ir perfilando las características del peculiar grupo, el español fue determinante: no quería argentinos en la sociedad. “No son confiables», aseguró. basado en su  experiencia durante la fallida conspiración del 75. Solo se aceptaban “extranjeros”, según la denominación que se daba a los inmigrantes en esos años.

Establecieron una división de roles fundamental: Alphonse se encargaría de reclutar a los primeros miembros, mientras que Florentino siempre, pase lo que pase, permanecería fuera del radar. Esto permitiría que, en caso de cualquier percance, Muñiz pudiera actuar desde las sombras para auxiliar a su socio.

La banda necesitaba un nombre y fue el belga quien lo sugirió, a partir de un libro que había leído: Les Chevalier de la Nuit. Así nació, en mayo de 1881, casi a la par de la pequeña María Luisa Kherckhove de Peñaranda, la sociedad de Los Caballeros de la Noche.

 

El aljibe de Isidoro Acevedo: Con sus amigos, Acevedo compartía las horas de diversión en el Café San Martín, de la calle Cangallo, donde repartían el tiempo entre el mus, el truco y el billar. Su familia no se quedaba atrás en materia social, muy afecto a las visitas, encuentros de té y otros festejos.

Aún así, los Acevedo contaban con su propio remanso. Habitaban una residencia señorial en Tucumán y Suipacha, donde había nacido Leonor. En aquellos tiempos de puertas abiertas, el patio de la casa del Comisario era, para los transeúntes, un espectáculo de fragancias y colores. En septiembre y octubre, los macetones de madera pintados de verde se inundaban de jazmines en flor que, combinados con el aroma a tierra húmeda por el riego de la tardecita evocaba las quintas de antaño. El centro del envidiado ambiente exterior era un ajedrez infinito de mármoles blancos y negros que conducía el segundo patio, donde reinaban una madreselva y el aljibe más requerido del barrio. Al mediodía, los vecinos concurrían a la casa de los Acevedo en busca de la mejor agua cristalina, resultado de la constante labor de una tortuga que, en el fondo del pozo engullía hasta el más insignificante bichito.

 

El prestamista Benguria: El belga se las ingenió para hacer que le entregaran una esquela a su compinche, Muñiz. Temprano en la mañana, el español se reunió con un viejo conocido, el prestamista Clodomiro Benguria, vecino de la dependencia donde habían alojado a los sospechosos. El prestamista y el Comisario Tasso tenían muy buena relación. Precisamente en esos días, Tasso investigaba el paradero de un sujeto que, luego de seducir a la mucama de Benguria, había huido llevándose alhajas. El comisario -figura destacada cuyos casos solían ser difundidos por los periódicos- le resolvió el robo a su vecino prestamista de manera inmediata.

 

Pobreza y prostitución en la Buenos Aires de la década del 80:  La noche de Buenos Aires se vestía con el manto de la clandestinidad. La ciudad albergaba un mundo subterráneo regido por la pobreza, la falta de una educación adecuada, la codicia y la pasión por el lujo. Burdeles, casa de juegos y oscuros rincones de vicio florecían en una capital que se multiplicaba recibiendo cientos de inmigrantes cada semana.

Más de tres mil mujeres, atrapados en las redes  de la explotación, veían pasar sus días y noches entre las paredes de esos establecimientos, mientras que un número igual vagaba por las calles buscando desesperadamente alguna forma de subsistencia.

Los burdeles y los centros de apuestas se escondían detrás de otras fachadas. Como cafés, hoteles, posadas, fondas y hasta casas de familia. Aún así, lo que no veían los ojos lo percibía el oído. Escándalos y griterío señalaban los escondites de la inmoralidad, provocando las quejas constantes de los vecinos que, impotentes, asistían al desfile incesante de almas desgraciadas. Del negocio de la perdición se servían financistas, fulleros, golpeadores, usureros, proxenetas, alcahuetes, tratantes de blancas y traficantes de alcaloides, entre otros personajes de dudosa reputación. También los vendedores de pianitos mecánicos y portátiles, verdaderos clásicos de su época; eran esenciales, ya que ningún antro donde el sexo se comercializaba, estaba completo sin estos dispositivos, programadas para ejecutar polcas y zarzuelas.

 

Mozos de cordel: el mozo de cordel, cuyo nombre era el que se le daba a los changadores, a quienes se identificaba por la cuerda que llevaban enrollada en el hombro más una lata colgada del cuello para recibir propinas, acudió a su hogar.

 

Palacio Miró: En 1867, en un terreno de su propiedad próximo a la mencionada estación de tren (Estación del Parque en esa época, Viamonte y Libertad – hoy Plaza Lavalle) -que era otro de sus emprendimientos- Mariano Miró se propuso construir una de las residencias más distinguidas de su tiempo, sin importar que su parcela se encontrara fuera del circuito de la alta sociedad. Contrató a los arquitectos italianos Nicolás Canales y su hijo Giuseppe, especialistas en techos abovedados y construcciones circulares, para que convirtieran en realidad el anhelo de Felisa. Miró estaba casado con Felisa Dorrego y desde entonces se había convertido en un destacado hacendado, expandiendo sus negocios a diversos sectores. El matrimonio visitó varias veces las principales capitales de Europa con el objeto de realizar compras para dotar al Palacio. En solo un viaje, el de 1869, los Miró regresaron con muebles embalados en 300 cajas, docenas de esculturas y también un pintor francés cuya misión era ornamentar las paredes con frescos. Gran parte de las 94 sillas, los 37 sillones y los 16 sofás que se distribuyeron en los ambientes  llegaron en aquel viaje.

La magnífica construcción de dos plantas resplandecía  como la principal joya arquitectónica del paisaje urbano. Su fachada, adornada con estatuas clásicas en las esquinas, anticipaba el refinamiento que se intuía en sus ambientes. En la planta superior, una espaciosa terraza semicircular abrazaba el edificio, semejando la cubierta de un gran barco. La balaustrada que desmarcaba el contorno convertía la elegante balconada en un vistoso paseo con bancos de hierro para sentarse a descansar y contemplar los alrededores. Coronaba la residencia el mirador vidriado del que todos hablaban. Ostentaba el privilegio de ser el más elevado de Buenos Aires y ofreció una espectacular panorámica de 360°, para no perder detalle de la ciudad.

Una construcción aparte en Córdoba y Libertad, tampoco menospreciaba el lujo: la cochera de la familia con caballerizas perfumadas, contaba con una victoria para los acontecimientos destacados, un landó para uso diario y dos cupés destinadas a los paseos.Construida por Canale en 1868, fue protagonista de varios episodios políticos importantes.

PALACION MIRÓ – LIBERTAD Y VIAMONTE …  HASTA 1937.

Antigua postal, posiblemente del siglo XIX.

 

Penitenciaria de la Av las Heras – Jueces en carros indignos: Los que declararon en la instancia del sumario policial, lo hicieron en el Departamento Central; mientras que los restantes acudieron a los Tribunales del Fuero Criminal, que funcionaba en uno de los edificios de la Penitenciaría de Palermo, ubicada a 5 km del centro de la ciudad.

La decisión del Gobierno de emplazar los Tribunales en esa localización específica, no estuvo exenta de complicaciones para abogados y jueces, quienes solían movilizarse en transporte público. Los tranvías que transitaban principalmente por la calle Santa Fe, no circulaban por Chavango (actual Av. Las Heras) -el camino de acceso al complejo penitenciario-  debido a su mal estado y a la ausencia de vías apropiadas.

Esto obligada a magistrados, fiscales. defensores, testigos y familiares de los presos a descender en la calle Coronel, desde dónde los más acomodados podían permitirse el lujo de un coche privado para el último tramo de un kilómetro hasta la entrada a la Penitenciaría. Los demás debieran hacer el trayecto a pie. El calor estival y las lluvias invernales que ablandaban  el terreno, sumaban una dificultad al ya complejo desplazamiento de los coches. El ambiente judicial cuestionaba la degradación que significaba para los jueces viajar en condiciones indignas de su posición.

 

El abogado Rafael Cazada: Nacido en España, Rafael Calzada descubrió a los 8 años su fascinación por la emblemática obra Robinson Crusoe de Daniel Defoe, que el maestro le leía en clase.  El destino lo llevó por el camino de las leyes y su carrera universitaria fue brillante.

En el año 1875 mientras pasaba una temporada en la residencia de su tío predilecto, se encontraba contemplando el devenir del río, cuando su imaginación lo catapultó hacia Sudamérica. Cuanto más lo meditaba más se convencía de su decisión. Lleno de alegría y entusiasmo, compartió sus planes con su tío, pero este intentó disuadirlo argumentando que América era el refugio de quienes huían de la pobreza.

Aún ante la falta de apoyo de los mayores, Calzada, -imbuido del espíritu aventurero de su ídolo literario- eligió el camino menos transitado por los de su condición acomodada y se embarcó en un viaje transatlántico. Pasó una corta temporada de Montevideo y luego se dirigió a Buenos Aires. Tenía 21 años.

Al comienzo de junio de 1882, se contaba entre los abogados de renombre, a pesar de su corta edad. Aunque el derecho penal no era su área de especialización, la trascendencia del caso de Los Caballeros de la Noche y su posible eco en los medios captaron su interés. Así Rafael Calzada asumió la defensa de Florentino Muñiz, presunto líder de la sociedad de Los Caballeros de la Noche.

Revisó en profundidad el expediente, la acusación del fiscal y los alegatos de los otros abogados. Trabajó casi con exclusividad en la confección de su defensa. El 14 de junio solicitó al juez una prórroga para hacer su presentación. El 15 de julio el abogado oficial Del Cerro protestó ante el magistrado por la demora del colega Calzada, desconociendo que éste ultimaba los detalles de uno de los alegatos más significativos en la historia jurídica de la República Argentina. El abogado defensor de Florentino Muñiz dio a conocer su postura el 20 de julio de 1882, y su exposición revoluciona el expediente,

La escritura de Calzada era muy cuidada lo que facilitaba su lectura e interpretación.

«He leído muchas veces y con mucha atención la acusación fiscal. Confieso que cuanto más la estudio, mayor es el asombro que me causa. Pero ni el fiscal dice todo lo que ha sucedido, ni ha sucedido todo lo que dice el fiscal. Ante todo, ¿quiénes fueron los que llevaron a cabo la sustracción? Unos hombres que se dicen miembros de una sociedad que se distingue con el tan ridículo como grotesco nombre de Los Caballeros de la Noche. ¿Quién organizó esta asociación de imbéciles? ¿Cuáles eran sus propósitos? Y en último término. Señor Juez, ¿quienes eran los tales caballeros de la noche? Ya lo he dicho. Unos cuántos imbéciles que ni tenían conciencia de lo que hacían ni sabían a qué atribuir el que se les adjudicase la caballeresca investidura.

De asociación solo tenemos el nombre; no cabe en lo posible calificar de tal a unos cuántos desdichados que ni se conocían, ni se reunían,  ni deliberaban, ni tenían posibilidad de concertar empresa alguna con buenos y malos fines; ni sabían otra cosa sino que había un misterioso Consejo Supremo que podía indicarles que hicieran algo qué, tal vez, les redundara en algún provecho, pero con libertad de hacerlo o no.

La constancia del sumario lo prueba: el único que tenía propósitos fijos y determinados era  Kerckhove de Peñaranda.

Ante todo véanse los ridículos «Estatutos», y nadie se atrevería a decir que ellos pudieran servir de base a una asociación de criminales. Con sus términos extraños, sus caprichosos sellos y sus extravagantes advertencias, parece más el producto de un cerebro enfermo y trastornado por un espíritu novelesco, que las reglas series  e ineludibles a que debieran ajustar sus actos algunos hombres decididos al crimen. Si esto es una asociación de fines ilícitos, pregúntesele al famoso Consejo Supremo, es decir a Peñaranda, que era el único que tenía conciencia de lo que hacía, no a los mentecatos que mientras se envanecían  con llevar en el bolsillo el pomposo diploma que les acreditaba de caballeros, ignoraban absolutamente que su caballerosidad debía consistir en robar.

Parece, sin embargo, que el señor fiscal no quiere entenderlo así. Con una ligereza inexplicable, dice que Muñiz y Peñaranda buscaron “los bandidos más famosos para que la formasen”. Y en otra parte menciona “el peligro al que estaban expuestos los habitantes de esta ciudad con la asociación de criminales tan famosos y bajo condiciones semejantes. 

Se conoce que al señor fiscal se le  acaloró su imaginación en los momentos en que componía su vista, acusando a unos caballeros cuyos delitos mayores fueron tal vez haber infringido la Constitución aceptando condecoraciones y títulos honoríficos muy en pugna con nuestras instituciones democráticas; y que en medio de su acaloramiento vio por todas partes bandidos de caras espantosas y féretros robados por docenas. Pero lo que no me explico es que se califique de muy famosos bandidos a hombres que, con excepción de mi defendido que cierta vez fue procesado y absuelto jamás han cometido ningún delito ni han sido llevados por la policía ni siquiera de casualidad.»

Luego enumeró a varios de los encausados que integraban la renombrada  banda que tanto preocupaba al fiscal:

«-Barreiro es un honrado comerciante cuyo delito consistíó en tener en su casa el título de caballero sin saber que quería decir eso y sin haber tenido la menor participación en el hecho que motiva esta causa.

Desalvo: es un pobre muchacho de 18 años que nunca tuvo conciencia de su caballerosidad ni noticia del robo del cadáver.

Abbadie: 21 años, fue siempre un dlligente mozo de café a quien, por lo visto,  envaneció la idea de haberse vestido de caballero a fin de poder codearse con los mismos a quienes servía. 

Kadaur: 27 años, es un mísero sirviente que al entrar en la casa de Peñaranda se encontró con la agradable sorpresa a armarse caballero con todas las prerrogativas propias de tan alta dignidad

Murate: turco 32 años, un marinero idiota que al prestar confesión no se le ocurrió decir otra cosa en  su descargo sino que Abadíe era quien la había embromado y metido en todo esto.

Y así todos los demás. ¡Famosos bandidos¡ ¡Empedernidos criminales! ¡Desdichada la ciudad amenazada por ellos!.»

Parte de la práctica del joven abogado consistía en resaltar las diferencias entre Muñiz y Peñaranda; creía que el contraste entre ambos sería significativo. Según su perspectiva los dos amigos se encontraban en extremos opuestos del caso.

«Hay, entre los acusados algunos que no  han tenido la menor participación en el delito que motiva este proceso. Uno de ellos en Florentino Muñiz. ¿Por qué está preso este hombre?  ¿Por qué se lo tienen encarcelado bajo  las sospechas de un delito?. Por una fatalidad y por una infamia. La fatalidad es la de haber tenido públicas relaciones de amistad y de negocios con Alfonso Kerckhoque de Peñaranda cuando la consumación del delito. La infamia es la calumnia maquiavélica fraguada por Peñaranda al ser arrestado, a fin de que alguien compartiera con él la responsabilidad. Primero inventó un personaje llamado Antonio Dubois, de quien dio prolijos detalles pero antes de concluir su declaración se asustó de sí mismo, se arrepintió de haber dicho que él solo era el delincuente, volvió sobre sus pasos y buscó un “Dubois” que no fuese solo invención suya. Pensó en su amigo leal Florentino Muñiz, para que lo ayudara a llevar la carga de su propio delito

¡Infamia señor juez!, ¡Enorme infamia!».  

Calzada puso de manifiesto al  principal enemigo de su caso, convencido de que cada gramo de culpabilidad del belga (Peñaranda) fortalecía la inocencia de Muñiz. Sin embargo, no era suficiente. Su cliente había participado de algunas situaciones que lo comprometían. De todos modos, Rafael Calzada encontraría los argumentos adecuados para su sólida defensa.

Y luego (yendo al punto que le faltaba justificar) rechazó la idea de que la acción cometida por los caballeros constituyeron un hurto,  y proporcionó un ejemplo: “quien toma la pluma con que escribo y la esconde en el último cajón de mi escritorio para hacerme creer por cualquier motivo que me ha sido robada, no puede considerarse reo de hurto. Carece de la condición esencial: la intención de apropiárselo ¿para qué podrían querer esos hombres un ataúd y mucho menos un cadáver? El hecho de dejarlo en la bóveda de la familia Requejo revela su deliberada voluntad de no apropiárselo.»

Para el letrado tampoco había robo, ya que no forzaron el ataúd ni extrajeron objetos de su interior para apropiárselos.

Por último y luego de desarrollar otros argumentos dirigidos para exonerar a los legisladores por la ausencia de una normativa que penalizara el acto cometido, (años después se modificó el Código Penal penando el robo de cadáveres, que hasta entonces no lo estaba), Calzada se cuestionó si la carta a Doña Felisa Dorrego era el instrumento que permitiría acusar a los estafadores. Fue categórico al negarlo con argumentos firmes. En el mejor de los casos, si las hermanos Dorrego hubiesen depositado los dos millones de pesos en la caja punzó,  la acción podría considerarse una amenaza que se materializó, sancionada con cuatro meses de encierro, si se aplicara todo el peso de la ley.  Esto dista mucho de los quince años y la prisión por tiempo indeterminado que sugirió el fiscal Castro.

 

El veredicto: En octubre de 1882, tras trece meses de encierro, los acusados al fin tendrían el veredicto que tanto habían aguardado. El magistrado determinó que Los Caballeros de la Noche habían incurrido en lo que denominó “una intención fraudulenta», acompañada  de “la violación de domicilio»,  además de “amenazas y coacciones”  hacia la familia de Doña Inés” y él  “robo de persona”. Aunque estableció cuatro cargos, descartó la acusación de asociación ilícita, argumentando que el estatuto vago de la sociedad no evidenciaba propósito explícito de delinquir.

Frente a las pruebas del crimen que calificó de odioso y repelente, el juez Julian Aguirre sentenció a Peñaranda, Morate, Abadie, Michelange,  Moris y también al ausente Expósito, a seis años de prisión por su participación directa en el secuestro y cobro del rescate.

Muñiz recibió una condena de dos años dado que no se pudo determinar con precisión su grado de implicación. Tres acusados, el argelino  Kadour,  Barreiro y el joven Desalvo, fueron absueltos y liberados de inmediato.

El expediente pasó por apelación ante la Cámara del Crimen a las manos de un nuevo fiscal, Gerónimo Cortés, quien desafió varios puntos del fallo inicial. Cortés refutó la idea de que se tratara de un robo de persona. En ese sentido sostuvo  que  “igualar un cadáver con una persona viva equivale a otorgarle personalidad a una estatua”.  También cuestionó la violación de domicilio argumentando: “siempre el  domicilio es el lugar de residencia de una persona, en un sepulcro solo residen los muertos”.  Concordó con Rafael Calzada en que lo ocurrido no pasó de ser una amenaza sin concretar y reflexionó sobre la conformación del grupo de extranjeros, destacando:

«La inmigración genera avances pero admite al mismo tiempo los elementos dañosos que arrojan los pueblos del viejo mundo, por eso debemos inspirarles a los extranjeros principios de orden y nociones de moralidad, a fin de que no lleguen a constituir un serio peligro para esta sociedad.”

Concluyó su análisis con una declaración contundente “por más que este resultado repugne, todos deben ser puestos en libertad. De esta manera, la jurisprudencia criminal logra una conquista importante en favor de la libertad y de las garantías individuales.”

La Cámara finalmente revocó la sentencia del juez Aguirre validando la correcta interpretación de Calzada. Así concluyeron las peripecias de Los Caballeros de la Noche.

 

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