Algunas mentiras sobre el desarrollo

Ha-Joon Chang y ciertas verdades incómodas que les arruinan la fiesta a los libertarios (y también a los progresistas)

 

La torre de Babel (1563) – Pieter Brueghel el Viejo

Un economista desconocido que suena como un músico

En mis últimos años de grado, fui ayudante de un gran profesor, Manuel Fernández López, en la materia Historia del Pensamiento Económico. ¿Sabías que desde hace un tiempo los economistas pueden (y suelen) recibirse sin haber leído nunca los trabajos originales de Smith, Marx o Keynes? Pero a algunos se los ignora del todo.

Es el caso de un economista alemán nacido en el siglo XVIII, del que escuché hablar recién hacia 2010. Ese “colega” es Friedrich List y dedicó su obra central a demoler la doctrina del libre comercio de Adam Smith. Sus ideas fueron la base del modelo de industrialización que convirtió a Alemania en potencia en la segunda mitad del siglo XIX. De Alemania las tomaron los japoneses de la era Meiji para diseñar su propio salto industrial. De los japoneses las tomaron primero los taiwaneses y después los coreanos en los años sesenta. Y finalmente China. Nada malo el “historial” de este ignoto.

La alianza coreano-alemana

Quien me “presentó” a List fue un gran académico del desarrollo, Ha-Joon Chang, al que conocí en Irlanda en Kilkenomics hace más de quince años. Hemos compartido varios paneles. Entre ellos, uno en 2022: “Keynes vs. Hayek en el siglo XXI”. Una antigua disputa académica que en la Argentina se volvió, de manera bastante inesperada, parte del debate político-económico más caliente. Eso, claro, porque Milei hizo de Hayek un santo patrón; y de Keynes una especie de demonio responsable de todos los males. Sin dudas habría sorprendido mucho al propio Hayek, que admiraba enormemente a Keynes (cuando murió, Hayek le escribió a la viuda que su marido había sido “el único gran hombre que he llegado a conocer, por el que sentía una admiración sin límites”). En fin…

Volvamos a Ha-Joon y a Friedrich. Lo que List encontró en su exhaustivo estudio es que los países tendían a proteger su industria hasta alcanzar el liderazgo tecnológico y que, una vez en la cúspide y sabiéndose ganadores, “pateaban” la escalera (para que nadie más pudiera subir) y exigían el libre comercio. Chang estudió la evidencia histórica de muchos países desarrollados y publicó en 2002, precisamente, Patear la escalera. Este libro muestra que todos los países hoy ricos –Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, Alemania, Suiza, Países Bajos, Italia, Austria, Finlandia, Noruega, Japón y Corea– se desarrollaron usando política industrial. Aranceles, subsidios, ayuda estatal para desarrollo tecnológico, y hasta “piratería” de la propiedad intelectual extranjera. El libre mercado llegó después, cuando ya no necesitaban de ninguna protección.

Chang tiene una muy buena imagen familiar para explicar la lógica de fondo, extraída del pensamiento de Alexander Hamilton (primer ministro de economía de EE.UU.): el de la industria incipiente o infante. No le pedís a un chico de seis años que vaya a trabajar compitiendo con adultos. Lo que hacés es educarlo y prepararlo. Y cuando está listo, entonces sí. Va y enfrenta el mundo.

Esto no es –como les gustaría a algunos– un aval para el proteccionismo eterno ni para volver a la política latinoamericana de sustitución de importaciones que predominó entre los años treinta y setenta. Porque si criás al chico entre algodones y nunca lo sometés a ninguna prueba real, va a terminar siendo un adulto-bobo. La clave es el equilibrio. Protección temporal con disciplina exportadora. Te amparo mientras aprendés, pero te mido todo el tiempo contra la competencia internacional, para saber si el aprendizaje está sucediendo. Una buena lupa para entender nuestro país: qué funcionó mal en el pasado y por qué; y qué cosas, casi seguro, no van a resultar en el presente.

Provocando… el pensamiento

Chang −fanático de El Marginal y de Juan Minujín− es serio pero no solemne. Y además convence. Para alguien con otra −o ninguna− profesión lo que dice puede hasta resultar obvio. Pero para un economista educado de determinada manera, leer a alguien que muestra las lagunas de la propia formación −y de una manera entretenida, casi graciosa− es todo un desafío. Acá van algunas de sus “provocaciones”. Al final de la entrada, podés encontrar un video de Ha-Joon Chang profundizando sobre estos temas, a partir de algunas preguntas que le mandé.

  1. Los mercados puros no existen

¿Existe en algún lugar del mundo un mercado verdaderamente libre? No. Y nunca existió. Primero: los mercados, con su actual nivel de desarrollo, no podrían existir si no hubiera Estados. Pero, además, todo mercado opera dentro de un conjunto de reglas, que son decisiones políticas.

En la actualidad el trabajo infantil está prohibido, aunque algunos lo defiendan (acá podés ver el caso en que Milei recomendó un libro donde se lo reivindica). Las empresas no pueden contaminar libremente. Los medicamentos requieren aprobación estatal antes de venderse. Esas son restricciones. Y nadie en su sano juicio tilda a ninguno de los casos como de “intervención estatal que distorsiona el libre mercado”. ¿Por qué? Porque compartimos los valores morales que las sustentan. Y entonces dejamos de percibir la “intromisión”. Esa es la clave.

Para marcar esto, Chang mira un caso histórico. En la Guerra Civil en EE.UU., el Sur se oponía a los aranceles que protegían a las industrias del norte y por eso defendía al mismo tiempo el libre comercio…¡y la esclavitud! Evidentemente, una contradicción posible por valores morales disímiles en ambas cuestiones. Parece lejano, ¿no? Sin embargo, hoy está de moda exigir la mayor movilidad posible para el capital global, mientras se restringe cada vez más la libre circulación de trabajadores (inmigración). El capital tiene pasaporte universal; las personas, no.

  1. Los pobres producen más de lo que ganan, los ricos ganan más de lo que producen

Chang usa un ejemplo claro. ¿Quién te parece que tiene más “habilidades”, un conductor de colectivos del AMBA o uno de Ginebra? Evidentemente ser capaz de manejar acá es mucho más exigente: más tráfico, más caos, más imprevisibilidad. A pesar de ello, el suizo gana muchas veces el salario del argentino. Y ni que hablar si lo comparamos con un colectivero en Delhi.

La explicación del pensamiento económico convencional es que a cada uno se le paga de acuerdo a su productividad individual. No parece correcto. Si se la piensa bien, la productividad es un fenómeno más colectivo. O sistémico. Y sin embargo, ¿cuántas veces escuchaste a alguien rico en nuestro país argumentar que no nos va bien por las falencias de los más pobres? O justificar las diferencias de ingresos internas. O decir que cada cual cobra de acuerdo a lo que produce. Se podría ir más lejos. Quizás nuestra productividad sistémica es menor porque los que más poder y dinero tenemos (las élites de distinto tipo) no hemos sido capaces de llevar adelante las políticas para elevarla. Al diablo con los que defienden la meritocracia personal pura.

Y un tema más. El colectivero de Suiza gana tanto más que su par indio o argentino porque está “protegido” de esa potencial competencia. Eso se logra controlando quién puede entrar a su mercado laboral: es decir con política migratoria. Sin poder buscar otro país con más productividad sistémica, estás atrapado cobrando poco, mientras la élite local culpa a tu cultura laboral de tu situación personal y hasta de la general. Y si encima acá vienen trabajadores de otros países que pueden hacer tu mismo trabajo, más desigual va a ser la situación. ¿O por qué pensás que es más común tener empleada doméstica en Argentina que en Francia o Alemania?

  1. No vivimos en una era post-industrial

Hoy nuestro país está perdiendo muchas empresas y empleos industriales a un ritmo muy acelerado (cerraron en promedio 32 empresas por día). Una narrativa seductora dice que las economías avanzadas han superado la era manufacturera; que el futuro está en los servicios, el conocimiento, la economía digital. Y que para los países en desarrollo, como el nuestro, perder industria no es un problema. Que hasta haríamos bien en saltearnos ese paso e ir directo a los servicios.

Chang diría: literatura fantástica. En primer lugar porque vivimos de las cosas. No de las ideas sobre las cosas, no de los servicios sobre las cosas. De las cosas mismas. La comida, la ropa, los medicamentos, las viviendas, los teléfonos, la energía. Todo eso es manufactura o depende directamente de ella. Pero, además, una economía que pierde competitividad industrial no solo pierde empleos. También pierde la capacidad de pagar sus importaciones con sus exportaciones (el comercio global de bienes es tres veces mayor al de servicios, y este último lo dominan los países desarrollados). Por último, a pesar del surgimiento de servicios complejos, la industria todavía sigue siendo el lugar preponderante para acumular conocimientos técnicos y sofisticación a gran escala.

  1. Todos los países hicieron y hacen política industrial y eligen ganadores

Más allá de los ejemplos históricos, todos los países recurren a lo que se llama política industrial. A veces lo hacen de manera explícita o solapada. Disfrazada, podríamos decir. Cuando EE.UU. invierte desde el Estado para crear internet hace política industrial. También cuando subsidia a Tesla. Y cuando establece relaciones simbióticas con el complejo militar o legisla para fomentar la Inteligencia Artificial. En otros casos, como en China, todo es más explícito desde el inicio: mediante proteccionismo, apropiación tecnológica, crédito accesible y otros tipos de incentivos (más una competencia interna feroz) han creado grandes ganadores internacionales.

Chang cuenta que, en el transcurso de su vida, el ingreso por habitante en su Corea natal se multiplicó por catorce. Sí, por 14. (En el transcurso de la mía, en Argentina el ingreso apenas se movió y, encima, hay cada vez más desigualdad). En 1970, en los suburbios de Corea “familias de cinco o seis miembros se hacinaban en una minúscula habitación y cientos de personas compartían un retrete”. Hoy es un país desarrollado, un centro exportador de alta tecnología.

Estas ideas se están extendiendo a ámbitos insospechados. El FMI y el Banco Mundial, antes reactivos a cualquier atisbo de política industrial, hoy reconocen que quizás no estaban tan acertados. Acá podés ver un informe del Banco Mundial y otro del FMI que dan cuenta de ello.

En otros lugares, como en Argentina, el discurso y la política pública van en dirección contraria. Aunque con algo de hipocresía. Milei dice que él no elige ganadores pero, ¿qué otra cosa es el RIGI (Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones)? Masiva baja de impuestos, libre acceso a dólares, acceso prioritario a insumos, capacidad para importar sin aranceles, acceso a créditos en dólares (mientras se atrasa el tipo de cambio). Definitivamente es política industrial, aunque no la que recomendaría un experto como Ha-Joon. Según el coreano, apostar a ser sólo un exportador de commodities agrícolas, hidrocarburos, productos mineros y servicios no es modernización. Es, en el mejor de los casos, un techo bajo. En el peor, una trampa estructural.

  1. “Ah, pero los alemanes y los japoneses son culturalmente distintos a nosotros”

Puede que pienses que las políticas estudiadas por List y Chang están bien para otros, pero que los argentinos no podríamos nunca llevarlas a cabo correctamente, porque tenemos un problema “cultural”. Sin embargo, la cultura no es inmutable. Si lo fuera, los países líderes serían siempre los mismos. No hay que perder las esperanzas, sino estudiar en profundidad qué hicieron de verdad los demás para lograr lo que nosotros ansiamos.

Ha-Joon cuenta, a través de diversos documentos de las primeras dos décadas del siglo XX, que en esa época los occidentales pensaban que los japoneses eran “holgazanes y completamente indiferentes al paso del tiempo”. Un pueblo con “libertad de toda inquietud por el futuro, viviendo básicamente para el presente”, con “conceptos inaceptables del ocio y una independencia personal intolerable”. Y definían a los coreanos como “12 millones de salvajes sucios, degradados, huraños, perezosos…”. También, antes de su propio despegue económico, los alemanes eran muy mal considerados por los británicos. Según varios registros, los describían como “indolentes”, personas “que nunca tienen prisa”, que “trabajan como y cuando les place”. Y agregaban: “transcurre mucho tiempo hasta que un alemán llega a orientarse en algo que es nuevo para él, y cuesta trabajo inculcarle fervor en su empeño”. Ah, además, estaban convencidos de que eran poco honrados.

  1. Con “buenos” economistas ¿estamos en buenas manos?

Como dije al principio, leer e interactuar con Ha-Joon es cuestionar lo que uno cree que sabe de economía. Pero este coreano iconoclasta va todavía un poco más allá. Cuando repasamos quiénes diseñaron las políticas más exitosas del desarrollo económico moderno, el resultado es desconcertante para la profesión: los economistas casi brillan por su ausencia.

Los burócratas japoneses eran en su mayoría abogados, incluyendo gran parte de sus ministros de economía, al igual que en Corea. En Taiwán, los principales funcionarios económicos eran ingenieros y científicos. Park Chung-hee, que lideró la transformación de Corea del Sur, era general del ejército. Lee Kuan Yew, el arquitecto del milagro de Singapur, abogado. Deng Xiaoping, que relanzó la economía china con su célebre pragmatismo (”no importa el color del gato, lo que importa es que cace ratones“), era ingeniero.

En cambio, la lista de fracasos y crisis debidos a mi profesión es extensa en su cobertura geográfica: desde los Chicago Boys de Chile en los ochenta, a la Berkeley Mafia en la Indonesia de Suharto. Ni hablar de la crisis de 2008, que casi nadie vio venir, o de la terapia de shock que se aplicó en la Rusia post-soviética con pésimos resultados.

Ha-Joon no argumenta que la ignorancia sea una virtud. Pero sí que no existe una sola verdad económica universal y atemporal. Y que la economía también es una disciplina histórica e institucional, en particular al diseñar política pública. Quienes la practican como si fuera física –con leyes universales aplicables en cualquier contexto– están cometiendo un error intelectual con consecuencias muy concretas para millones de personas.

En la Argentina de hoy, el debate económico se presenta frecuentemente como una batalla entre los que saben y los que no entienden nada. “Genios”, “mejores ministros de la historia” y “futuros Nobel” vs. “econochantas” y “mandriles”. Por eso la advertencia de Chang es especialmente pertinente. Los países que más se desarrollaron en el siglo XX no emularon a los economistas de moda. Siguieron lo que marcaba la historia.

En tiempos donde la atención es el bien más escaso, gracias por quedarte hasta el final. Ojalá hayamos podido escapar juntos, aunque sea un momento, del ruido. Nos vemos la próxima.

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