En este espacio, me complace compartir mis impresiones y reflexiones sobre los libros que he tenido el privilegio de leer. Desde clásicos atemporales hasta las nuevas novedades literarias, cada obra ha dejado una huella única que describo desde la perspectiva del lector. Por Roque Luis Cassini.
TIEMPOS RECIOS, de MARIO VARGAS LLOSA
LIBRO TIEMPOS RECIOS
de MARIO VARGAS LLOSA
Leído en 2020
Inteligente minoría y propaganda: Aunque desconocido del gran público y pese a figurar de manera muy poco ostentosa en los libros de historia, probablemente las dos personas más influyentes en el destino de Guatemala y en cierta forma de toda Centroamérica en el siglo XX, fueron Edward Bernays y Sam Zemurray, dos personajes que no podían ser más distintos uno del otro por su origen, temperamento y vocación
Zemurray había nacido en 1877, no lejos del Mar Negro y, como era judío en una época de terribles pogromos en los territorios rusos, huyó a Estados Unidos donde llegó antes de cumplir 15 años de la mano una tía. Edward Bernays se jactaba de ser algo así como el padre de las relaciones públicas, una especialidad que si no había inventado él, la llevaría, a costa de Guatemala, a unas alturas inesperadas, hasta convertirla en la principal arma política social y económica del siglo XX. Bernays pertenecía también a una familia de inmigrantes judíos, pero de alto nivel social y económico y tenía un ilustre personaje en la familia: su tío Sigmund Freud.
En su libro “Propaganda” (1928), Bernays había escrito esta frase profética por la que en cierto modo pasaría a la posteridad: “La consciente e inteligente manipulación de los hábitos organizados y las opiniones de las masas, es un elemento importante de la sociedad democrática; quienes manipulan ese desconocido mecanismo de la sociedad, constituyen un gobierno invisible, que es el verdadero poder en nuestro país. La inteligente minoría necesita hacer un uso continuo y sistemático de la propaganda.” Esta tesis, que algunos críticos habían considerado la negación misma de la democracia, tendría ocasión Bernays de aplicarla con mucha eficacia en el caso de Guatemala, una década después de comenzar a trabajar como asesor publicitario para la United Fruit.
Bernays y Guatemala: lo importante es que recuerden una cosa, les dijo Bernays: la Compañía ganará muchísimo más que todo lo que pueda gastar en esta operación, si conseguimos por otro medio siglo que Guatemala no sea la democracia moderna con la que sueña el presidente Arévalo.
Lo que dijo Edward Bernays en aquella memorable sesión del Directorio de la United Fruit en Boston, se cumplió al pie de la letra, confirmando dicho sea de paso, la tesis expuesta por aquel de que el siglo XX sería el del advenimiento de la publicidad como la herramienta primordial del poder y de la manipulación de la opinión pública en las sociedades tanto democráticas como autoritarias.
Poco a poco, en la época final del Gobierno de Juan José Arévalo, pero mucho más durante el gobierno del coronel Jacobo ArbenzGuzmán, Guatemala comenzó a aparecer de pronto en la prensa estadounidense, en reportajes que en The New York Times o en The Washington Post, o en el semanario Times, señalaban el peligro creciente que significaba para el mundo libre, la influencia que la Unión Soviética iba adquiriendo en el país a través de gobiernos que, aunque de fachada querían aparentar un carácter democrático, estaban en verdad infiltrados por comunistas, compañeros de viaje, tontos útiles, pues tomaban medidas reñidas con la legalidad, el panamericanismo, la propiedad privada, el mercado libre y alentaban la lucha de clases, el odio hacia la división social así como la hostilidad hacia las empresas privadas.
La CIA, la United Fruit y la propaganda: Lo que sí había funcionado muy bien era la campaña en las radios y la prensa acusando al Gobierno de Arbenz de haber convertido Guatemala en una cabecera de playa de la Unión Soviética, y de planear apoderarse del Canal de Panamá. Pero esa no era obra del Gobierno de Estados Unidos ni de la CIA, sino de la United Fruit y de su genio publicitario, el señor Edward L. Bernays.Castillo Armas se había quedado boquiabierto escuchándolo explicar cómo la publicidad podía impregnar a una sociedad de ideas de distinta orientación, así como de temores o esperanzas. En este caso había funcionado a la perfección. El señor Bernays y el dinero de la United Fruit habían logrado convencer a la sociedad norteamericana y al propio Gobierno de Washington que Guatemala era ya presa del comunismo, y que Arbenz conducía en persona esta maniobra. Por eso el coronel Castillo Armas pensaba que si todo esto dependiera solo de la United Fruit, las cosas hubieran marchado mucho mejor.
A Castillo Armas le parecían inútiles todas las precauciones que tomaba la CIA y el Departamento de Estado para que no se pudiera acusar a Estados Unidos de estar detrás de la invasión que se preparaba.
Las sorpresas de Jacobo Arbenz: Quizás la mayor de las sorpresas que tuvo Arbenz en aquellos días estimulantes, cuando, luego de aprobarlo con pequeñas enmiendas por el Congreso, comenzó a aplicarse el decreto 900, como se lo llamaba popularmente, fueron los ataques de la prensa extranjera, de Estados Unidos sobre todo, acusando a su Gobierno de estar entregado a la Unión Soviética y de conspirar con esta para crear una quinta columna comunista en Centroamérica, desde la cual la Unión Soviética podría amenazar el Canal de Panamá, centro estratégico para la navegación y el comercio libre en el continente americano.
Su sorpresa estaba llena de preguntas sin respuestas: ¿cómo era posible? ¿No era una prensa libre la de este país? ¿ cómo podía toda ella coincidir de esa manera en la visión distorsionada y caricatural de lo que estaba haciendo su gobierno? ¿no era acaso el modelo de democracia estadounidense el que estaba tratando de poner en práctica? ¿acaso existía el feudalismo en los Estados Unidos? ¿no eran el espíritu de empresa, la libre competencia y la propiedad privada, lo que quería impulsar con la ley de reforma agraria?. Y él, ingenuo, que siempre creyó que de Estados Unidos le vendría el mejor apoyo para su política de modernizar y sacar de las cavernas a Guatemala.
Cuando se convenció de que no había nada que hacer, que de nada servían las desmentidas, las declaraciones que hacían el mismo y sus ministros, que aquella campaña publicitaria mentirosa se había impuesto a la realidad, Arbenz empezó a preocuparse con otro problema: el Ejército. Aquella propaganda tenía que servir para que los enemigos internos de la Revolución comenzarán a tentar al Ejército, a socavar su lealtad con el gobierno, a conspirar para producir un golpe de Estado.
El coronel Carlos Enrique Díaz, jefe de las Fuerzas Armadas, un amigo en el que él confiaba, le aseguró que el Ejército seguía siendo leal. Pero las cosas empezaron a cambiar entre sus colegas militares, cuando un nuevo embajador de los Estados Unidos; llegó a Guatemala como un ciclón avasallador, a reemplazar al suave y educado míster Patterson y Rudolf Schoenfeld. Se llamaba John Emil Peurifoy y venía, lo decía el mismo sin el menor embarazo, a acabar con la amenaza comunista que representaba para las Américas el Gobierno de Jacobo Árbenz.
¿Cómo entender?: No solo Guatemala había enloquecido, pensó el doctor Efrén García Ardiles. No solo yo y todos mis compatriotas estamos locos. El mundo entero se ha vuelto así, Estados Unidos sobre todo. Apagó la radio; acaba de terminar el desfile y según el locutor, millares de norteamericanos habían ovacionado el coronel Carlos Castillo Armas quien conmovido, agradecía allá en Nueva York la lluvia de confetis y misturas, de pie en el coche descapotable en el que iba también su esposa la fina matrona doña Odilia Palomo de Castillo Armas.
En solo dos semanas, Guatemala había mudado de piel. Todo rastro del régimen de Jacobo Arbenz parecía desaparecido y, en su reemplazo había surgido un país en estado frenético, en el que la caza a los comunistas, reales o supuestos, era la obsesión nacional. ¿Cuántas personas se habían asilado en las embajadas latinoamericanas? Cientos, acaso miles.
A poco de subir al poder, el coronel Castillo Armas había creado el Comité Nacional de Defensa contra el Comunismo y puesto como su director a José Bernabé Linares, asesino y torturador que dirigió la policía secreta los 13 años de la dictadura del general Jorge Ubico Castañeda. Un personaje cuyo solo nombre provocaba escalofríos a los guatemaltecos de cierta edad. Aquel Comité inició las quemas de libros en la calle, una costumbre que se extendió como una epidemia por todo el país. Parecía resucitar la Colonia, cuando la Inquisición velaba por la ortodoxia religiosa a sangre y fuego.
El anticomunismo que se había apoderado del país se parecía a una de esas plagas que enloquecían de pavor a las ciudades europeas en la Edad Media, todavía había aumentado cuando Efren salió del cuartel.
El nuevo gobierno ya había devuelto a la United Fruit todas las tierras ociosas que le nacionalizó la ley de Reforma Agraria durante el Gobierno de Arbenz, y abolió el impuesto a los propietarios de latifundios, nacionales o extranjeros. La policía y el Ejército recuperaban a la fuerza donde hacía falta, las fincas que se habían entregado a medio millón de campesinos, y se suprimieron las cooperativas agrícolas, las ligas campesinas y, – lo que era un absurdo – hasta buen número de cofradías encargadas del cuidado de los santos patronos de los pueblos, creadas en los últimos diez años.
Efren había sido de joven un católico practicante y hecho varios retiros en el seminario de los hermanos Maristas. Pero desde hacía un año y unos meses, exactamente del 18 de junio de 1954, día en que las fuerzas del Ejército Liberacionista de Castillo Armas invadieron Guatemala cruzando la frontera hondureña y atacando las pequeñas guarniciones del Oriente, a la vez que los “sulfatos”. los aviones del Ejército de Liberación procedentes de Nicaragua, bombardearon tropas y la ciudad de Guatemala, Efrén había dejado de confesarse y comulgar
Estamos todos locos, se repetía de tanto en tanto; ¿cómo era posible que los gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo Arbenz Guzmán, empeñados en acabar con el feudalismo en Guatemala y convertir al país en una democracia liberal y capitalista hubieran provocado semejante histeria en la United Fruit y en los Estados Unidos? Que desataran la indignación entre los finqueros guatemaltecos, lo podía entender, era gente congeladas en el pasado; también comprendía a la frutera, por supuesto, que nunca antes había pagado impuestos. ¡Pero en Washington! ¿Era esa la democracia que querían los gringos para América latina?; ¿esa la democracia que había postulado Roosevelt con sus discursos de buena vecindad con América latina?. ¿Una dictadura militar al servicio de un puñado de latifundistas codiciosos y racistas y de una gran corporación yanqui?. ¿Para eso habían bombardeado los sulfatos en la ciudad de Guatemala matando e hiriendo a decenas de inocentes?.
El embajador Peurifoy: John Emil Peurifoy tenía 46 años, un físico de orangután y muchas privaciones y esfuerzos acumuladas para llegar a aquel puesto. Había nacido en 1907 en Walterboro, un pueblito de Carolina del Sur y como sus padres murieron cuando era muy joven, vivió en casas de parientes y tuvo en su adolescencia que buscar trabajos muy modestos para sobrevivir. Soñaba con ser militar y fue aceptado en West Point, pero había abandonado la escuela al poco tiempo por razones de salud. En Washington se ganó la vida como ascensorista. En 1936 se casó con Betty Jane Cox y poco después entró a trabajar en un cargo ínfimo en el Departamento de Estado. Gracias a su tenacidad y ambición fue escalando posiciones desde muy abajo hasta que por fin llegó a ser Embajador en Grecia, cuando la guerrilla comunista tenía el país a sangre y fuego y estaban a punto de derribar la monarquía y alcanzar el poder. Estuvo allí 3 años.
Fue su época de gloria. Mezclando las amenazas con una capacidad inaudita para la intriga y un olfato generalmente certero, un espíritu práctico así como un coraje temerario, se las arregló para armar una Junta Militar apoyada por la Corona y, equipada con armas y dinero de Estados Unidos y Gran Bretaña, que derrotó a la guerrilla y se instaló un régimen autoritario y represivo en el país. Se ganó entonces el apelativo de “Carnicero de Grecia”.John Foster Dulles y su hermano Allen, el jefe de la CIA, pensaron que semejante diplomático era el hombre adecuado para representar en Guatemala al país, que había decidido acabar por las buenas o las malas con el Gobierno de Jacobo Árbenz. Y, en efecto, apenas llegaba a Guatemala, con su infalible sombrerito borsalino engalanado con una pluma, sin preocuparse de verificar sobre el terreno si las acusaciones de ser el de Arbenz un régimen capturado por el comunismo eran exageradas o reales, – como se atrevió a sugerirle su segundo en la legación -, empezó a trabajar con ímpetu en la demolición de ese gobierno.
El mismo día de su presentación de credenciales en el sólido y enorme Palacio de Gobierno de la ciudad de Guatemala, el nuevo embajador hizo saber al presidente Arbenz que, con él en el país, tendría la vida muy difícil. Apenas terminada la ceremonia, el jefe de gobierno hizo pasar al embajador a una salita privada. Y antes de brindar con él la copa de champán que acababa de servirle su mozo, se encontró con que Peurifoy la alcanzaba un papel en el que había una lista numerada de 40 personas.
¿Qué es esto?, el presidente Arbenz era un hombre alto y bien plantado, de maneras elegantes que se desempeñaba con dificultad en inglés; por eso, tenía siempre un intérprete a la mano. Perifoy llevaba consigo también a otro.
“Cuarenta comunistas miembros de su gobierno”, le dijo con una brusquedad nada diplomática el embajador. Le pido en nombre de Estados Unidos que los expulse de inmediato de sus cargos por ser infiltrados y trabajar para una potencia extranjera contra los intereses de Guatemala.
Arbenz, antes de contestar echó un vistazo a la lista de personas, ahí estaban juntos izquierdistas declarados, algunos buenos amigos y colaboradores suyos y muchos otros que eran tan poco comunistas como él mismo. ¡Vaya estupidez!, sonriendo amablemente se dirigió al visitante:
Empezamos mal, Embajador. «Está usted muy mal informado. En esta lista hay sólo los cuatro diputados del Partido Guatemalteco del Trabajo, que se declara comunista, aunque la mayoría de sus dirigentes y su puñadito de militantes no sepan muy bien que es eso del comunismo. Los demás son tan anticomunistas como Usted – hizo una pausa y de la misma manera afable, añadió – : ¿se ha olvidado que Guatemala es un país soberano y usted solo un embajador, no un virrey ni un procónsul?
Esa noche, en su casa de Pomona el presidente Arbenz le dijo a María Vilanova, su mujer:
Los Estados Unidos nos han mandado de embajador un chimpancé.
¿Por qué no?, repuso ella. ¿No somos para los gringos una especie de zoológico?.
El embajador insiste: El embajador no quería entender y repetía unas veces en tono sereno, y otras amenazador, que Estados Unidos no permitiría una colonia soviética entre California y el Canal de Panamá, y sin que esto fuera una amenaza, para eso existían los marines que estaban ya rodeando a Guatemala por el Caribe por el Pacífico.
¿Sabe usted cuántos ciudadanos rusos hay en este momento en Guatemala?, argumentaba Árbenz. Ni uno solo embajador. ¿Me quiere usted decir cómo puede convertir la Unión Soviética a Guatemala en una colonia si no hay un solo ciudadano soviético en este país?
¿Por qué se encarniza su gobierno con una empresa norteamericana como la United Fruit, señor presidente?
¿Usted cree justo, embajador, que la frutera no haya pagado en toda su historia de más de medio siglo en Guatemala ni un solo centavo de impuestos?, le respondía Árbenz, sí oye bien: nunca en su historia ni un centavo, es verdad, ella sobornaba a los dictadorzuelos, Estrada Cabrera, Ubico, que firmaban esos contratos exonerándolas de pagar impuestos, y como ahora ella no puede sobornarme a mí, debe pagarlos, como hacen todas las empresas en Estados Unidos y en todas las democracias occidentales.
Agnóstico: No, ya no creo en Dios, Arturo
Te volviste ateo entonces, primero comunista y ahora ateo. . Está visto que no tienes remedio, Efren.
Ateo no, solo agnóstico, Eso es lo que soy ahora: un hombre perplejo, no creo ni no creo. Un confuso, si preferís.