LA TRANSPARENCIA DEL TIEMPO
De Leonardo Padura
Leído en 2018
La belleza femenina: Con disciplina, Conde terminó su cocimiento y encendió un cigarro. Le costaba trabajo concentrarse teniendo frente a sí la desnudez traslúcida de Tamara. A pesar de que estaba a punto de entrar en la tercera o en la cuarta edad o tal vez agravado por tal circunstancia, su sentido de la atracción por los encantos femeninos seguía vivo e, incluso, muy alterado: quizás más que en tiempos pretéritos de mayor vigor físico. Como si fuera abducido o imantado, Conde solía volverse en cada ocasión que pasaba a su lado una mujer bien proporcionada (en sus cánones estéticos y geométricos, la buena concordancia incluía un par de nalgas turgentes), y se le iba la vista tras un botón de blusa abierto, o se deleitaba ante un rostro de mujer que le resultara atractivo. A lo largo de su vida, el gozo de la contemplación – y si era posible la degustación objetiva material – de la belleza femenina, lo había perseguido y se había desarrollado como la capacidad propia de un rastreador de olfato entrenado: si subía en una guagua, sus ojos se centraban en la muchacha más hermosa; si se cruzaba con una mujer bien dotada y bien uniformada, sentía un alboroto hormonal; si veía una película, se alteraba con los encantos prometidos o exhibidos (cómo le gustó la Stefanía Sandrelli de Nos habíamos amamos tanto, la Candice Bergen de Vivir por Vivir; ¡la de veces que se masturbó recordando la desnudez de Sonia Braga en Doña flor y sus dos maridos! (Y qué malas y flacas estaban las actrices de ahora, ¡por Dios)!, y a pesar de saber que sus impulsos ya resultaban más estéticos que físicos, no podía controlarlos y solía liberarlos en cada ocasión propicia. Aunque solo fuera visual, la degustación de los atractivos femeninos lo alimentaba: chupaba belleza, magnetismo sexual; paladeaba la curiosidad para asomarse a los infinitos misterios físicos y mentales de las mujeres, y como un vampiro se relamía tras la succión y rejuvenecía. Por ello nunca había sido ni sería capaz de entender a Bobby y lo de su sindicato: ¿cómo es posible que alguien sienta atracción por un ser peludo, tosco, con esas cosas feas colgantes entre las piernas, cuando existía la otra posibilidad llena de delicadas protuberancias, coronaciones perfectas con cavidades amables y envolventes?.
Que pasó con Cuba?: Lo alarmante era como esa prepotente ciudad donde siempre habían convivido negros, chinos, putas, lumpenes, proletarios, santeros y ñáñigos, con esa magnífica estructura física de los edificios aledaños al Parque Central, le generaba a Conde cada vez más incongruencia. Ya no solo le pasaba eso con las calles vecinas, sino con la estampa de los seres humanos y los engendros mecánicos que circulaban a ras del suelo, en el tórrido presente. Los viejos autos norteamericanos, reparados una y otra vez, rodados durante cincuenta, sesenta y hasta setenta años seguían imperando en esas calles. Su sola existencia desafiaba las leyes del mercado, de la mecánica universal y la del medio ambiente con su dilatada vida útil, convertida en ruidosas presencias y escapes negros expulsados a chorros contra los pulmones de la gente y, en última instancia, hacía lo que quedaba de la capa de ozono. Por su parte, las personas que circulaban por centenares y miles, bajo el sol todavía asesino de septiembre, y a una hora a la cual se suponía que todos debían trabajar con sus mayores esfuerzos para un futuro mejor, parecían gastadas y mustias, más que los viejos Fords o Chevrolets o Pontiacs, se movían como hormigas a las que se les hubiera alborotado la cueva: deprisa o con lentitud, más parecían vagar que trasladarse con un propósito definido, sudorosos y malhadados, mal vestidos y derrotados, muchos de ellos cargaban con una bolsa de tela o de nylon en las manos, por lo general vacía. ¿Quién trabaja en este país?. ¿Por qué cada vez hay más personas con ese mal aspecto? ¿Adónde van, de dónde vienen?, se preguntó observando el gentío en estampida, empeñados en atravesar las calles sin mirar, tal vez dispuestos al suicidio, o dedicados a estudiar el cemento o el pavimento como si esperaran encontrar el maná que brotaría de las entrañas de la tierra.
Reflexiones sociológicas, el Buick y el regaeton: Conde comprendería que sus reflexiones sociológicas de filósofo existencialista tropical no tenían mucho futuro en el país desproporcionado y leve donde había nacido y vivía. En el que la lógica no tenía leyes… o poseía otras, indescifrables para los racionalistas, la desidia, la vida del menor esfuerzo, bajar la cabeza cuando pasa la cuchilla, no jugar con fuego porque el fuego quema, eran estrategias de vida demasiado acendradas, que para bien o para mal, ayudaban a la supervivencia cotidiana y al mantenimiento de la salud mental de la gente. ¡Y al carajo la filosofía, el psicoanálisis y el cambio climático!, y corroboró la profundidad de aquella concepción del mundo (de alguna forma había que nominarla), cuando abordó el taxi particular que se dirigía hacia la zona de El Vedado, -un Buick de los años 50 con su carrocería reformada para que en lugar de 7 pasajeros pudiera cargar 10, y en el momento de ponerlo en marcha el chófer-propietario-remodelador, oprimió la tecla del reproductor de audio adosado a la pizarra del auto… A un volumen ensordecedor empezaron a sonar los golpes de un reguetón a cuya irrupción los otros nueve tripulantes del taxi, incluido el chófer y excluido el Conde, respondieron con un casi coordinado movimiento de caderas y hombros, para luego comenzar a tararear la letra de una canción que todos, con la vergonzosa excepción del Conde, se sabían, gruñido por gruñido.
Cuando el auto torció por la calle Neptuno, tan o más abarrotada que la zona del Parque Central, y comenzó a torear peatones, carretillas y triciclos para pasajeros, el chofer, convertido en una especie de líder del coro, indicó a sus tripulantes que ya podían sumarse todos a la interpretación:
Dame un chupi chupi
que yo lo disfruti
abre la bocuti
trágatelo tuti
Y, mientras cantaban, los viajeros masculinos les indicaban a las viajeras femeninas el sentido de la petición de una mamada, al tiempo que ellas, complacientes, hacían la mímica de realizar la felación y deglutir con gusto y avaricia la eyaculación, que estremecía a sus compañeros de viaje hacia el placer. Damas y caballeros, jóvenes y ancianos semi indigentes y bien vestidos usuarios del taxi colectivo, parecían en ese instante ajenos a las tribulaciones del mundo, y sobre todo a la de sus propias vidas, inmunes al calor y al vaho del petróleo que impregnaba el vehículo, empeñados en realizar una coreografía ritual que parecía ensayada con anticipación, y disfrutaban al ritmo de reggaetón, de un viaje entre suicida y asesino a bordo de un rugiente Buick de los años 50, devenido limosina de diesel Made in Cuba.
Como descolocado alguien en su propia tierra, Conde no pudo evitar un nuevo asalto de su vocación de meditador: la pobreza feliz, filosofó, la tabla de salvación nacional.
Creer en la fé: ¿Tú crees en los milagros?, le preguntó el sacerdote. Antoni asintió: “creo, como todos en la aldea, y la Virgen ha obrado mucho, ¿el padre Joan no creía? “Creo en la fe”, comentó el párroco. Y ya sabes, la fe hace milagros y creo en la fe que vosotros y los otros aldeanos tienen en nuestra Señora de Le Vall … Pero también creo en los símbolos, y esa Virgen negra es un símbolo de muchas cosas que se remontan a mucho tiempo atrás.