LA ULTIMA ENCRUCIJADA, de JORGE LIOTTI

Leido en 2024

El gen argentino: debemos tratar de conocer las razones por las que el país quedó en esta situación; porqué muestra una peor performance económica que la región en los últimos años; porqué no puede superar el ciclo de déficit de balanza externa, endeudamiento y alta inflación, una ecuación que la mayoría de los países ya resolvió. Porqué aumentó su pobreza cuando el resto ha logrado mejores resultados con menos gasto público.

¿Existen acaso singularidades en su dirigencia, en su sociedad, que permiten explicar estas deficiencias? ¿hay un gen argentino diferente que en el resto de los países, que dificulta su capacidad de respuesta e impide recuperar una hoja de ruta clara y consistente?

Posibles causas de las crisis permanentes: Carlos Gervasini, director del departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Di Tella,  identifica tres procesos de resquebrajamiento en distintos momentos de los últimos 100 años. Es un intento por evitar una explicación simplista de “cuándo se jodió la Argentina”,  parafraseando al escritor Mario Vargas Llosa.  No hay un punto de inflexión, hay declinación y acumulación,  por eso es más complejo.

Gervasini observa una convergencia de efectos de una crisis centenaria que encuentra su simbología en el golpe de Estado de 1930. Una crisis de largo plazo que los economistas  ubican a mediados de la década del 70, con el fin del ciclo de sustitución de importaciones y una crisis de corto plazo que abarca los últimos 12 años de estancamiento económico,  ya adentrados en el siglo XXI. Estructura y coyuntura enlazadas indisolublemente en una radiografía que refleja una fractura expuesta,

Según el planteo de Gervasini, la Argentina había articulado a principios del siglo pasado algo parecido a una matriz productiva basada en su capacidad agroexportadora, que tenía un impulso comercial alentado por su relación con Gran Bretaña, la potencia de la época, aunque declinante.

La ola de inmigrantes europeos, una de las más masivas y mejor asimiladas, hizo un aporte decisivo al dinamismo laboral de esta etapa. Al mismo tiempo, ciertos principios liberales se habían establecido, aunque para algunos se trataba de la República oligárquica,  para los estándares de la época no estaba mal.  A eso se sumó el sufragio universal (masculino),  y el establecimiento de una democracia prometedora con los primeros gobiernos radicales. Naturalmente hay miradas de otros historiadores que ofrecen un retrato menos benévolo de la época,  pero lo cierto es que el país que parecía ilusoriamente destinado a ser otra Australia u otra Canadá, una pradera fértil desarrollada y democrática,  se interrumpió con el golpe militar de 1930.-

El segundo punto de quiebre real se produjo a partir de 1974, momento que marca el final del ciclo de crecimiento económico del país de los 60, con la disolución del esquema de sustitución de importaciones; es necesario aclarar, que el modelo vigente hasta entonces en realidad funcionó en términos sociales y económicos pero no políticos,  ya que el período quedó signado por una gran inestabilidad institucional. Los regulares golpes de estado,  la proscripción del peronismo y el germen de la violencia que ya empezaba a emerger.

Hay un consenso bastante general  que a partir de ahí la Argentina ya no creció tanto y se empezó a parecer más a un país en desarrollo que a un país desarrollado.  Hasta ese momento había tasas de crecimiento todavía positivas, en general baja pobreza, bastante igualdad, era una sociedad relativamente integrada. Desde entonces y después con el rodrigazo, la violencia política y las consecuencias del gobierno militar, se inició un declive económico y social de la Argentina que pasó a convertirse en uno de los pocos países en donde la pobreza creció radicalmente y en donde se mantuvo tan alta la inflación como en ningún otro lugar en el mundo; la Argentina  ha estado tantas décadas sin poder resolver este tema reseñas Gervasini.

El PBI per cápita del país de 2020 era casi el mismo que el de 1974,  una tremenda síntesis del estancamiento que siguió a esta bisagra histórica, tanto política como económica. Hay otro dato muy relevante: hoy el salario real del país es un 30% más bajo que le daño 1974…

La tercera fase de la declinación, mucho más reciente,  es la crisis de crecimiento que exhibió el país en los últimos 12 años,  un período que se inició en el segundo mandato de Cristina Kirchner y siguió con Mauricio Macri y Alberto Fernández.  La Argentina parece haberse quedado definitivamente instalada en una meseta productiva sin herramientas para elaborar alternativas.

Mas causas: el problema se complicó mucho a partir de la década de 1970, y eso produjo un intenso conflicto distributivo que va más allá de la puja entre el capital y el trabajo, que suelen subrayar los economistas,  porque también acrecienta la presión sobre el Estado e impacta sobre el nivel del gasto público. La intensidad de la demanda de inclusión y de progreso material, es muy característica de la Argentina y dos factores adicionales deben tenerse en cuenta para completar el panorama. Además del país con el más alto  porcentaje de inmigrantes del planeta, nuestra nación cuenta con una cultura asociativa muy densa y un altísimo porcentaje de su población concentrada en Buenos Aires, la gran ciudad que es a la vez el Gran Teatro de la política nacional. En síntesis muchas demandas y mucha capacidad de las mayorías para presionar sobre el poder político,  esa es la anomalía Argentina

Pablo Gerchunoff abona el planteo de que “todas las crisis que sufrió el país en las últimas décadas,  tienen como una explicación subyacente: la imposibilidad de encontrar un patrón productivo y distributivo nuevo que reemplace al que rigió hasta entonces. Por eso la Argentina es como un cuerpo sin cabeza”. La misma lógica aplica el politicólogo  Andrés Malamud cuando remarca que “la sensación de fin de ciclo es producto de la falta de un modelo de acumulación, o de un proyecto de país, después del agroexportador que rigió hasta los años 30, y el de la industria sustitutiva que se extendió hasta 1975. Lo que estamos viendo ahora es un estancamiento político que está vinculado con el previo estancamiento económico.”

Una Argentina totalmente descalzada: la dificultad principal es que hoy la Argentina luce descalzada temporalmente, fuera de encuadre, con estructuras y dinámicas que no se corresponden con las demandas actuales. El sistema de producción traduce mayoritariamente un esquema industrialista tardío, con evidentes síntomas de falta de competitividad en un mercado hiper dinámico; las instituciones empresariales y gremiales reflejan organizaciones arcaicas, que cada vez pierden más representación. Las primeras a manos de emprendedores e innovadores digitales, las segundas a expensas de los movimientos sociales y trabajadores precarizados. Y la dirigencia política sigue pensando sus propuestas con categorías sociales y políticas desconectadas de las demandas actuales,  al frente de un Estado incapaz de recomponer las piezas del rompecabezas desarmado.

Como señala Rodolfo Terragno, “sostener los esquemas industriales o la organización de los partidos políticos y de los sindicatos con planteos de los años 50 o 60,  tiene mucho que ver con que el país no se haya desarrollado en las últimas décadas.”

Tenemos un país más moderno que desarrollado: el sociólogo Eduardo Fidanza dice que “tenemos un país más moderno que desarrollado; por más que declinamos a nivel de educación pública,  de la capacitación de recursos, de los niveles de seguridad, la Argentina urbana es capaz de deliberar,  debatir y progresar en la cuestión de los derechos civiles, derechos sociales, derechos humanos, sin que esa riqueza de debate y esa productividad de legislación puede conjugarse con un desarrollo económico que permita sustentar materialmente esa modernidad. Eso está pendiente.”

Es un profundo concepto sobre las evoluciones dispares que tuvieron las nociones de progreso de los derechos ciudadanos y de mejoramiento de los derechos económicos.

El analista Rosendo Fraga aporta datos que permiten entender los trazos principales de esa disociación entre la nación democrática e institucional y el concepto democrático igualitario: ¿cuál era la tasa de pobreza en 1983? 14-16%,  ahora es 40%.  ¿cuál era el gasto público como porcentaje del PBI en 1983?:  22% ahora es de 46%. Entonces estamos en un país que multiplicó por dos y medio la pobreza y al mismo tiempo duplicó el gasto público. Se podría haber aumentado el gasto público para bajar la desigualdad,  era una opción. Por el contrario bajar el gasto público para acumular capital y que crezca la economía,  es otra opción. Pero nosotros hicimos  los dos desastres juntos y eso impacta claramente en la percepción de las prestaciones del sistema democrático.

Pulsión igualitaria: La Argentina tiene la peor performance que todas las otras naciones de ingresos medios en el último medio siglo. Detrás de ese acertijo que tiene atrapado al país hace tantos años, subyace una característica absolutamente propia de la Argentina, con fuertes raíces históricas y sociales que marcan el comportamiento de sus ciudadanos, en lo que Juan Carlos Torres llama “impulso igualitario” o “pulsión igualitaria”,  una fuerza atávica que lleva al argentino promedio a sentir que tiene derechos naturalmente adquiridos y que en consecuencia merece vivir mejor.

Argentina es un país que, desde muy temprano, está animado por una mentalidad, una vocación, una pulsión igualitaria que no quiere decir que sea una sociedad igualitaria que es una cosa distinta; y la idea es el rechazo a la sociedad jerárquica y la insatisfacción permanente de la gente con el lugar que le toca. Para que la gente esté satisfecha con el lugar que le toca tiene que conseguir otro lugar posible, y la Argentina ha producido previamente el paraíso que, para algunos estuvo en la generación del 80, para otros en la década peronista de 1945-1955, para otros en los vibrantes años 60, y más recientemente con los primeros años del menemismo y del kirchnerismo. Hay una frase que se repite una y otra vez: “el país que merecemos”.  ¿De dónde el país que merecemos? y sería que merecemos otro país descansa sobre la idea de que fuimos otro país.

Se ilustra mucho esta situación con el memorable artículo sobre el tema de Guillermo O’Donnell:  en 1979 el antropólogo brasileño Roberto Da Matta había escrito un capítulo de un libro que se llamaba “Voce sabe con quem está falando” en donde retrataba un diálogo en Río de Janeiro, entre una persona de jerarquía superior, que era la que hacía la pregunta que le da el título del artículo, y otra claramente inferior. La respuesta a esa pregunta era el silencio, expresión que marcaba  la distancia social entre los protagonistas.

O’Donnell tomó ese concepto y  5 años después escribió otro artículo cargado de agudeza e ironía que funciona como una respuesta, “Y a mí que me importa,  que muchas veces fue reproducido como a mí que mierda me importa, para darle más énfasis.

Lo hizo a partir de establecer un análisis sociológico comparado entre el Brasil y la Argentina,  por un lado entre la posición dominante del descendiente portugués con el descendiente de esclavos en Brasil,  y por el otro con la ruptura de ese vínculo de jerarquía por parte de un argentino absolutamente despreocupado por el linaje de su interlocutor. Una sola frase que define un modo de relacionamiento alentado por la pulsión igualitaria que permea culturalmente a nuestra sociedad.

Rosenkranz, la pulsión igualitaria y un derecho detrás de ujna necesidad: Carlos Rosenkrantz,  de la Corte Suprema de Justicia genera una polémica cuando refutó la histórica frase de Eva Perón que decía “donde existe una necesidad nace un derecho “. Rosenkranz dijo que obviamente, un mundo donde todas las necesidades son satisfechas es deseado por todos, pero ese mundo no existe. Si existiera, no tendría ningún sentido la discusión política y moral. Discutimos política y moralmente justamente porque nos encontramos en situación de escasez.  No puede haber un derecho detrás de cada necesidad, sencillamente porque no hay suficientes recursos para satisfacer todas las necesidades.

Frialdad jurídica para retratar una de las discusiones más acaloradas de la coyuntura argentina. ¿Puede todavía el país dar una respuesta satisfactoria a su arraigada pulsión igualitaria sin generar un desequilibrio macroeconómico?.  En el trasfondo de todos los debates políticos, en el inicio de todos los planes de estabilización, detrás del éxito o el fracaso de todos los gobiernos, esa es la pregunta más determinante. De la respuesta no solo dependen las posibilidades de la recuperación económica, sino mucho más, la solidez y la profundidad misma del sistema democrático.

Prat Gay, déficit fiscal y emisión cero: Alfonso Prat Gay, primer ministro de economía de cambiemos dijo:  “no se puede plantear que el paraíso es reducir el déficit fiscal; la experiencia demostró que se bajó el déficit y la emisión en cero, pero no se generan incentivos; hay que invitar a la sociedad a algo más grande, cuando tu propuesta es el costo estás jodido”.

Degradación de la Justicia: Raúl Alfonsín tuvo la enorme oportunidad de reconfigurar todos los tribunales con nuevos nombramientos. Juristas respetados y éticamente intachables poblaron los tribunales y dieron lugar a una Corte de prestigio. El corolario de esta etapa fue el juicio a las juntas militares, llevado adelante por la Cámara Federal; un hecho inédito a nivel internacional porque se realizó solo 2 años después de que la dictadura dejará el poder.  Así la justicia independiente se consolidó como una expresión del nuevo tiempo democrático y completó el proceso iniciado con las elecciones de 1983.

Es cierto que la corrupción era en ese momento un problema acotado en comparación con lo que sobrevino después y que los jueces podían mantener cierta distancia de la política menor.

Esta etapa virtuosa empezó a deteriorarse con la llegada del menemismo, que marcó el inicio de un largo período de politización de la justicia que perdura hasta hoy. Carlos Menem amplió la Corte y la colonizó con la mayoría automática; duplicó los juzgados federales para neutralizar a los jueces de la era alfonsinista y los pobló con nombres cercanos, (de ahí la célebre servilleta el ministro del Interior Carlos Corach en la que estaba escrita la lista de magistrados que le respondían).  El interés del entonces presidente tenía una razón de ser: el proceso de privatizaciones había sido muy oscuro y circulaba mucho dinero por los pasillos del poder, por lo cual su preocupación era contar con una malla de protección en los tribunales. Solo un grupo de fiscales se despegó de este entramado para seguir adelante con las causas de corrupción, que terminarían con la breve detención de Menem cuando ya había dejado el poder.

Macri y la Justicia: más deterioro: existe un consenso amplio en que la gestión judicial de Mauricio Macri fue una de las peores facetas de su mandato junto con el oscuro manejo de la AFI. En vez de reparar con un criterio de institucionalidad, (su intento de designar dos jueces de la Corte por decreto lo simbolizó) buscó deskirchernizar los tribunales a través de operadores propios, los que integraron la mesa judicial con roles protagónicos para figuras polémicas como Daniel Angelici o Fabián Pepín Simón y recolonizar espacios con un criterio muy dudoso: algo así como que si los jueces los designamos nosotros, son buenos. Cambiemos operó con la misma lógica de los gobiernos anteriores, que siempre buscaron controlar a la Justicia y asegurarse jueces cercanos.

El Peronismo y el futuro: Matías Kulfas fue el primero en hacer una autocrítica de la gestión del Frente de Todos: “tenemos una necesidad de aggiornar miradas dentro del peronismo porque hay algunos sectores que tienen una visión muy cincuentista o setentista de cómo se estructura y organiza la producción industrial y de servicios, incluso la del campo, al que se sigue viendo como si fuera la vieja oligarquía. A eso se suman algunos prejuicios anti empresarial y anti capitalista del cristinismo, y lo que hay que hacer es organizar y liderar esas fuerzas productivas, que es algo que el peronismo no está pudiendo hacer.

La palabra futuro se nos escapó parece que ya no encastra con la palabra peronismo; entre quienes sueñan el futuro en un pasado fordista al que no volveremo, y el esoterismo de los que rezan por inversiones automáticas que aguardan llegar una vez que se concrete el crimen de estado (la muerte del peronismo), se abre un espacio para pensar: el peronismo necesita una revolución interna, un cambio de paradigma.

Falta de debate interno: es interesante la paradoja de que la misma Cristina Kirchner, que es la que siempre le garantizó al espacio el mayor caudal de votos, es al mismo tiempo el factor que obturó cualquier debate superador. La lógica verticalista del kirchnerismo terminó sofocando cualquier alternativa y obstruyó los naturales recambios internos, un estancamiento que afectó particularmente a La Cámpora.

¿Dónde querés que plantee el debate si no hay instancia de discusión en el partido? se quejó una vez un gobernador que en algún momento se había ilusionado con una candidatura presidencial. Yo no soy Kicillof ni Feletti que tienen un sesgo anti empresas, esas recetas no van más, pero no lo podés decir porque después te congelan y no hay mas fondos para tu provincia o barrio.

El déficit dirigencial: Felipe González y la necesidad de acuerdos: Felipe González dijo que “este país necesita acuerdos aunque haya pocos políticos dispuestos a decirlo y asumirlo; y digo más: «Argentina debe tener resuelto su proyecto de país antes de la finalización del próximo ciclo legislativo,  decidir qué va a hacer con Vaca Muerta, con el litio, con la energía renovable, sin poner por delante los calendarios electorales y cuando los dos sectores pelean, dejando una grieta en el medio, hay que ver cuántos quedarán dentro de la grieta, porque si son más lo que quedaron abajo que lo que están peleando arriba, estamos en un problema”

Un rato antes, en un espacio VIP del Hotel Alvear donde González ofreció su disertación, habían estado departiendo muy amablemente buena parte de la élite argentina, con un nivel de sintonía que sorprendió.  Había allí jueces de la Corte Suprema de Justicia, ministros del Gobierno,  jefes gremiales, representantes de la oposición,  empresarios y economistas. En un momento se habían reunido 50 líderes con poder real en 80 m2. “Si todos los que están acá se sentaban hasta ponernos de acuerdo,  la Argentina andaría mucho mejor” , se le escuchó decir por lo bajo a Felipe González.

Lo que plantea Felipe es sentido común y alta política,  pero acá estamos muy divididos, quién convoca ese diálogo, para hablar sobre qué, fue  el comentario de uno de los economistas de renombre allí presentes;  sintetizó una fuerte sensación de imposibilidad pero al mismo tiempo evidenció que quizá el problema no sea solamente de actores, sino de dinámicas e incentivos.  Si esos dirigentes eran capaces de compartir en privado ideas más o menos similares respecto a lo que hay que hacer para trazar la curva de la decadencia,  por qué no se traduce en acción,  por qué no hay una crisis terminal que la fuerce,  por qué no hay líderes que la puedan ejecutar:  porqué la grieta impone demasiado costo político.

Más allá de organizar eventos y promover debates bien intencionados,  el empresariado también adoleció durante todo este tiempo, de una mirada que pudiera superar las demandas sectoriales, y quedó preso en sus propias internas: industria versus campo,  sectores importadores versus sectores de mercado internista. Las carencias de los políticos nunca pudieron ser repuestas desde el sector privado.

Alfonso Prat Gay dijo que,  como presidente del Banco Central durante el Gobierno de Duhalde, sus más grandes frustraciones eran con los empresarios,  en menor medida con los sindicatos, en menor medida con el periodismo y recién al final con los políticos.

Y agregaba no sé si era por un tema de expectativas pero yo los mayores dolores de cabeza me los agarraba con los banqueros y también con los empresarios.

El economista Dante Sica al repasar sus dificultades para tratar con las organizaciones empresariales, decía que “un grave problema que tiene la Argentina es la incapacidad y la debilidad de las cámaras empresariales, representan la mirada del país de los 50 o de los 60; entonces tenes la Cámara de los productores industriales nacionales y tenés los que importan;  dentro de las nacionales tenés las Cámaras de las grandes empresas y después las Cámaras de las empresas pymes. Entonces para un sector tenés 4 o 5 Cámaras;  si vas al textil tenés la de los paisanos y la de los armenios, encima la de los paisanos tiene para el rubro de medias dos Cámaras porque son primos que están peleados. Cuando vos te sentás, ¿con quién lo haces? si me siento con uno y quiero acordar una política publica, la otra me dice que estoy vendido a los intereses de los importadores. Si acuerdo con los nacionales, los grandes, las pymes me acusan de que no estoy con ellos. Si arreglo con  las pymes me putean los otros 3. cuando vas a la UIA,  te encontrás teóricamente con una representación de empresas a nivel sectorial y a nivel regional,  pero en el fondo tenés dos modelos:  los que quieren una economía integrada al mundo (Arcor y las alimenticias)  y los que querían la protección del mercado y de la economía cerrada (en ese momento Techint, Aluar y los que dependen de ese sector)

¿Alguna vez hicieron la guerra de secesión en la UIA?: nunca,  entonces cuál es el problema que tiene la UIA? no tiene una mirada de modelo de país porque adentro de la UIA conviven  sectores que son opuestos, que tienen miradas con respecto a cómo integrarse al mundo distintas. ¿Hicieron la síntesis y hay una que prevalece? No.  Qué hacen?  2 años vas vos de presidente y 2 años voy yo.  La única vez que se juntaron fue para echarlo a De la Rúa y para hacer la pesificación asimétrica, después se acabó el programa en común. Cuando uno se sienta con ellos y le pide definiciones,  miran para abajo; eso es una debilidad brutal a la hora de hacer política pública porque nunca tenés un apoyo concreto; las Cámaras empresariales no terminan de consolidar una mirada de país.

EL SÍNDROME DEL TERCER AÑO: los desequilibrios electoralistas que se generan, han impactado muy negativamente en el caso argentino, porque han desorientado a las sucesivas gestiones y gestado algo que se podría llamar “el síndrome del tercer año”. El esfuerzo realizado para la elección de medio término en el plano económico pero también en el político en general, desacomoda las administraciones y las lleva a colapsar en el tercer año de mandato. La secuencia sería más o menos la siguiente:  en el primer año los gobiernos tratan de asentarse,  de encontrar una dinámica y de integrar roles de un gabinete que cada vez se conforma más improvisadamente, sobre el límite de la asunción. Es decir, tratan de ver dónde están parados. Al año siguiente necesitan revalidar electoralmente para tener un horizonte de continuidad, y en consecuencia, ordenan los gastos y las prioridades en función de la campaña electoral. El desequilibrio que generan en ese segundo año, ganen o pierdan, impacta en forma decisiva en el tercero, que es el que supuestamente está destinado a gobernar sin interferencias electoralistas y allí colapsan; en general en el primer semestre, se quedan sin recursos, sin plan y sin financiación. Le pasó a Cristina Kirchner cuando tuvo que apelar a una fuerte devaluación a principioa de 2014; le ocurrió a Mauricio Macri cuando debió recurrir en abril de 2018 al FMI en medio de un temporal financiero y monetario;  y lo sufrió Alberto Fernández a mediados del año 2022 cuando la salida de Martín Guzmán del gabinete terminó por descarrilar todas las variables económicas.

Es evidente que no se puede responsabilizar a los cambios institucionales incorporados en la reforma constitucional de 1994  el bloqueo político del presente.  Primero porque sistemas similares funcionan virtuosamente en otros países, sin mayores erupciones, y segundo, porque incluso en la Argentina, esas modificaciones fueron administradas con relativa fluidez hasta que colapsó la política, se fracturó la dinámica consensual y la competencia se transformó en antagonismo. Es decir , el problema no es la norma en sí sino que la norma fue prevista para un contexto que ya no existe más, y ese descalce termina transformándola en factor de bloqueo. No hay sistema republicano que pueda resultar eficaz sin una instrumentación alineada con sus premisas y en este sentido, el espíritu de la ley estaba cada vez más divorciado de su encarnación política.-

La Inteligencia Artificial y la política: Byung abre dos dimensiones muy profundas con su planteo: en primer lugar, porque si el proceso cognitivo se retrae y la capacidad de interacción y de escucha se diluyen,  se pasa a una etapa de “desfactización” en la cual los hechos reales pierden valor y son reemplazados por las creencias. La verdad es irrelevante,  la información no es un recurso para el conocimiento, sino un recurso para la identidad, expone. También tiene que ver con el determinismo de los algoritmos y el Big Data, que alimenta la idea de que con formulaciones probabilísticas se pueden reemplazar los principios y el funcionamiento democrático.  Los “dataístas” imaginan una sociedad que puede prescindir por completo de la política. Desde la perspectiva dataista, la democracia  de partidos dejará de existir en un futuro próximo,  los políticos serán entonces sustituidos por expertos e informáticos que administrarán la sociedad más allá de los principios ideológicos e independientemente de los intereses del poder. Las decisiones socialmente relevantes  se tomarán utilizando el Big Data y la inteligencia artificial.

El filósofo francés Eric Sadin expone: “los sistemas de inteligencia artificial están llamados a evaluar una multitud de situaciones de todo orden. lo que caracteriza a los resultados de dichos análisis, y que no se conforman solamente con reproducir ecuaciones que se suponen exactas, sino que se enmascaran bajo un valor de verdad. Emerge un nuevo régimen de verdad, al que se le asigna un estatuto de autoridad”.

Por esa razón, en los últimos años hemos observado tantas movilizaciones generadas bajo estas nuevas premisas, sin un líder claro ni una agrupación convocante, sin un plan de acción más que la expresión del descontento o de un reclamo, bajo una consigna que los aglutina; por eso se habla de un nuevo sujeto social  hiperconectado, muy demandante, que busca romper la lógica a la verticalidad de los esquemas de poder y que reclama un nuevo modelo de representación. Tremendo desafío para las democracias.

Liderazgos y mensajes electorales: si miramos con atención los casos de Trump, de Najib Bukele,  de Bolsonaro y Milei, es factible llegar a la conclusión clara de que el 80% de los mensajes electorales están destinados a fortalecer la figura de esos liderazgos y sus atributos personales. Solo el 20% de los mensajes electorales son propuestas; las plataformas electorales son piezas de arqueología,  lo que de verdad elegimos es el modo estético en que los egos se exponen y nos fascinan o nos asquean

China y las legitimidades democráticas históricas:  el ascenso de China actualizó el debate sobre los tres tipos de legitimidades que puede tener un régimen político y que históricamente ha convalidado el ejercicio de la democracia: la legitimidad de origen,  que tiene que ver con el modo de llegar al poder a través de elecciones libres y plurales; la legitimidad de ejercicio que se traduce en la observancia de la división de poderes y el respeto a los derechos humanos y las libertades públicas, y la legitimidad de resultados que es poder generar mayor bienestar y crecimiento económico. China demostró que se puede lograr estos últimos objetivos sin cumplir con los dos primeros requisitos

El milagro económico de China en los últimos 40 años, ha creado un competidor formidable frente a los Estados Unidos cuya posición como hegemon global, es progresivamente puesta en cuestión por el creciente poder económico y geopolítico chino.  Como resultado,  ha surgido un consenso en torno de que las democracias capitalistas occidentales enfrentan un desafío desde China, que es al menos comparable con el que planteó la Unión Soviética durante el siglo 20. Está claro que en los últimos años, el ascenso de China dejó de ser inocuo para el sistema global , porque pasó del incrementalismo productivo que empujaba la economía mundial, a una directa competencia comercial con Estados Unidos, y, más tarde, a una rivalidad política abierta.

En lo que va del siglo 21, la potencia emergente se convirtió en una potencia amenazante; este proceso se agravó con el giro más dogmático y antioccidental que adoptó el cada vez más poderoso Xi Jinping,  y que fue refrendado el año pasado en el 20 Congreso Nacional del Partido Comunista.

Crecimiento de las autocracias:

  • el nivel de democracia que impactó en la ciudadanía global promedio, en 2021 retrocedió a los niveles de 1989, con lo cual los avances democráticos de los últimos 30 años han sido erradicados.
  • la categoría de “democracias liberales”,  es decir las más desarrolladas, hoy solo albergan al 13% de la población mundial y se nota un declive,  especialmente en el área Asia – Pacífico,  Europa del Este y Asia Central así como en parte de América latina y el Caribe.
  • las dictaduras han crecido y hoy gobiernan sobre el 70% de la población mundial unos 5.400 millones de personas.
  • la cantidad creciente de “autocracias cerradas” que pasó de 25 a 30 países con el 26% de la población es un signo de que la naturaleza del proceso de autocrátización está cambiando, en parte porque se está dando a mayor velocidad y con mayor virulencia.
  • las autocracias electorales permanecen como el tipo de régimen más común e involucra al 44% de la población mundial, unos 3400 millones de personas.
  • el clima de polarización tóxica empeoró y pasó de afectar a 5 países en 2011 a 32 países 10 años después.

El último informe de IDEA arroja resultados similares a partir de identificar cuatro tendencias globales:

  • en casi la mitad del mundo la democracia se encuentra en retroceso, ya que de 104 países democráticos solo en 14 está mejorando el sistema.
  • el número de casos que registra un retroceso democrático, está en su nivel más alto.
  • los autoritarismos siguen en aumento y el número de países que avanzan hacia el autoritarismo es más del doble que el número que avanza hacia la democracia.
  • el número de países que viven en democracia no ha aumentado.

Erosión democrática: los tiempos de la gestión se estrecharon peligrosamente porque las dinámicas sociales se espiralizaron  al ritmo de las redes sociales,  y porque la acumulación de demandas insatisfechas reduce la paciencia ciudadana.

Los nuevos mandatarios asumen desde el inicio, con la carga de las frustraciones de la gestión anterior. Es parte del efecto de la alternancia democrática: las sociedades ya han probado opciones electorales diferentes de distintos partidos y con distintos liderazgos, y si no cumplieron con las expectativas, no solo afectaron sus chances electorales sino que, esencialmente, contribuyeron a desgastar el sistema en su conjunto. Hoy cada gobierno que fracasa en cumplir con sus promesas electorales, acelera complementariamente la erosión institucional.  Hay quienes consideran que el telón de fondo de esta crisis de representación es la desaparición del sistema de partidos políticos de la región.

Futuro duro e incierto: Nouriel Roubini,  en un artículo que escribió como preámbulo de una de las últimas cumbres de Davos,  dijo que nuevas amenazas geopolíticas están incrementando el riesgo de guerras frías y guerras calientes, y un aumento de las balcanización de la economía global. Los efectos del cambio climático se están volviendo más severos e impactan a un ritmo mucho más rápido que el que muchos anticiparon. Las pandemias también es probable que se vuelven más frecuentes virulentas y costosas. Los avances en la inteligencia artificial,  máquinas de aprendizaje, robótica y automatización, están amenazando con producir más inequidad y un desempleo tecnológico permanente, mientras que armas más letales amenazan con producir guerras no convencionales.

Todos estos problemas están alentando a reacciones contra el capitalismo democrático y empoderando a populistas autoritarios y extremistas militaristas de derecha y de izquierda.  Es una confluencia de calamidades, según manifestó Kristalina Georgieva, y advirtió que en estos años  se empezó a enfrentar,  quizá el mayor test desde la Segunda Guerra Mundial.

Cartoneros y monotributistas: de crisis en crisis, los sucesivos gobiernos administraron las dificultades con medidas paliativas y coyunturales, que con el correr de los años y la falta de un replanteo más profundo, dejaron obsoletos los mecanismos que fueron relativamente representativos hasta el cambio de siglo.

Pero ahora, también los paliativos para la crisis están sufriendo un estrés por desgaste y sobresaturación. Argentina tendió puentes para salir de las llamas del estallido de 2001, pero no llegó a la otra orilla, se quedó a habitar en el puente y desde entonces vive en transición hacia ningún lugar.  No es el país que era, pero no llegó a ser todavía algo diferente.

Esta situación de permanente transitoriedad podría ser simbolizada por dos colectivos representativos de la época:  los cartoneros y los monotributistas.  Los primeros son como un emblema de los que se cayeron del sistema con la crisis de fin del milenio, y nunca pudieron reinsertarse en el universo del trabajo formal.  Pero como alternativa generaron un esquema organizacional precario, que les permitió sobrevivir en una tarea que hasta entonces no existía: el de recicladores callejeros.  Y  los monotributistas emergieron como expresiones individuales de las limitaciones del mundo del trabajo formal, que también se cristalizaron en las últimas dos décadas, no solo como agente fiscal, sino fundamentalmente como paradigma de precarización de las relaciones laborales.

La Argentina que emergió el siglo 21 podría ser simbolizada como un país de cartoneros y monotributistas,  así como en algún momento del siglo pasado era un país caracterizado por obreros y profesionales.

Los cartoneros son un ejemplo de los que se quedaron a vivir para siempre en el puente:  una mezcla del fracaso evidente de la estructura económica para absorber a los que se quedaron excluidos, con capacidad de resiliencia e inventiva para generar una actividad desde la marginalidad para sostenerse.

Pobreza estructural: un cambio estructural importantísimo que sufrió el país en las últimas décadas, que es el aumento de la pobreza, ha sido el proceso más abordado en este tiempo, no solo por sus altos indicadores sino porque su persistencia en el tiempo ha llevado a la Argentina a experimentar un fenómeno inédito en su historia moderna: la consolidación definitiva de un alto nivel de marginalidad estructural.

Esta es una miseria que está cristalizada y arraigada,  que no depende de un cambio de indicadores o de un semestre de repunte económico; es una pobreza enquistada en sus múltiples expresiones, desde la falta de comida hasta las carencias habitacionales, el acceso restringido a la salud y a la educación, las limitaciones para la inserción en el mundo laboral formal y, fundamentalmente, la ausencia de expectativas de mejora.

Juan Carlos Torre usa la imagen de la playa de estacionamiento, para decir que ahora los pobres están allí varados en forma permanente, y la contrasta con la pobreza en la época de Juan Domingo Perón, cuando en las villas siempre encontrabas la cama caliente de alguien que había estado ahí, y ya no estaba más, porque era un país que incorporaba.  Ahora no, los tipos están ahí y están ahí indefinidamente.

Con un dato que le da un sesgo particular al caso argentino: el incremento en la consolidación de la pobreza en el país se contrapone con un proceso global  exactamente inverso, ya que entre el año 2000 y el 2020, ha disminuido significativamente a nivel mundial. Según los datos del Banco Mundial en 2000,  aproximadamente el 29% de la población mundial vivía en extrema pobreza, definida como aquella que padecen las personas que viven con menos de 1,90 dólares al día. Sin embargo, para el año 2020 esa cifra se redujo al 9,2%; esto significa que más de 1000 millones de personas lograron salir de la extrema pobreza durante ese período de tiempo,  especialmente en el área Asia Pacífico.

Luego del lejano 6% de pobreza en 1974 (1,5 millones de personas), durante la recuperación de la democracia, el piso de pobreza fue del 20% (6.000.000 de pobres),  lo que quiere decir es que en los últimos 40 años esa fue una nueva realidad. Durante la convertibilidad, se movió  entre el 25 y 30% de la población bajo la línea de pobreza (no menos de 10.000.000 de personas),  todo esto antes de la crisis del 2001-2002, cuando llegó al 60%.  Actualmente hay un 43,1% de pobres por ingresos y 8,1% de indigentes (esto fue en el momento en que se escribió este libro en el año 2023)

Quiénes son estos nuevos pobres? clase trabajadora de sectores medios y populares, vulnerables a las crisis, a la falta de trabajo, a la inflación.  Mientras tanto los pobres estructurales logran protegerse reproduciendo una economía informal de subsistencia que no los saca de la pobreza pero al menos la alivia.

La clase media: hay un adelgazamiento cuantitativo y cualitativo en los sectores medios, y eso no tiene que ver solo con la participación en el PBI, sino con la imagen de futuro;  ser de clase media era un modelo aspiracional,  que indicaban que sus hijos iban a vivir mejor.

Una característica de este sector social es su individualismo y su incapacidad para articularse y transformarse en un actor político. Define mucho cuando vota, pero tiene muy pocas oportunidades para hablar.  Habló contra el gobierno kirchnerista en un momento muy ríspido,  con el 2001 cuando le tocaron los ahorros o la ilusión de riqueza de cobrar en dólares los sueldos, pero es un sujeto político muy endeble, muy difuso,  muy poco organizado, a diferencia de los sectores obreros o populares y de la capacidad de presión de los sectores del capital.  Entonces la clase política en general se ha entrenado en diseñar medidas para la pobreza y para la riqueza, pero no para los sectores medios. Los sectores medios son sectores cuyo voto buscan, pero para los que no tienen políticas sostenidas, entonces buscan seducirlos con el tipo de cambio cuando se acercan elecciones.

La década del 90 y los planes sociales:  el escenario empezó a cambiar tras la crisis de hiperinflación que golpeó el final del mandato de Alfonsín, porque de ese modo se abrió paso al modelo neoliberal de Menem, que si bien tuvo éxitos económicos, en materia social y laboral fue negativo, ya que por la apertura comercial y las privatizaciones, entre octubre de 1991 y octubre de 1993, el número de desempleados aumentó 60%. Mientras que el PBI crecía a una tasa superior al 8% anual, la tasa de desempleo que hacía 1991 era del 6,9%, inicio de allí en más un ciclo ascendente: se ubicó en 10% en 1993, y alcanzó el 18,6% en 1995. Rodrigo Zarazaga coincide con este diagnóstico, de que el quiebre social se empezó a producir en el 90 hasta estallar en la crisis 2001-2002:  “La fractura social se empieza a producir en el 90 cuando crece el desempleo y la informalidad; hubo una clase media que aprovechó para consumir a niveles del primer mundo, pero empezó a quedarse afuera del sistema un sector muy importante; los que se quedaban sin trabajo recibieron una invitación, se compraban un remise o ponían un kiosco y se fundían al año; allí está el origen de los planes de desempleo que se produjo según el politicólogo jesuita. Durante esta época se fue pasando claramente del productivismo al asistencialismo.

Gran encrucijada: al escribirse este libro (agosto 2023) el panorama es muy  complejo porque la Argentina tiene problemas de estancamiento económico, alta inflación, escasas reservas, elevado endeudamiento en dólares y en pesos, balanza de pagos adversa, fuerte presión tributaria, capacidad productiva desactualizada, legislaciones atrasadas y una sociedad hastiada, con escasa disposición al esfuerzo compartido como consecuencia de todos los fracasos acumulados. Es una combinación fatal de todas las variables indeseadas para proyectar una salida.

Y en este cuadro ha habido una novedad: no hay expectativas reales de que una elección o un gobierno puedan reparar por sí solos este panorama. En este sentido, el gobierno que asuma al final del año, enfrentará una encrucijada terminal y estará frente a la que, posiblemente, sea la última oportunidad de reorientar las variables económicas macro para que la Argentina vuelva a crecer en forma sostenida.  Si fracasa, el país ingresará definitivamente en otra fase: la administración de la decadencia.

En la mesa de debate, hoy se discute desde el sistema monetario hasta el pago de la deuda; el desorden que le quedará a la próxima administración obligará a una mirada casi refundacional de la economía,  pero tendrá poco tiempo y poco margen para el error; la Argentina siempre camina por senderos estrechos.

Escondido entre debates interminables y posturas irreconciliables de académicos de distintos signos ideológicos, emerge el que quizás sea el único dato mayoritariamente aceptado: que la economía ingresó al período democrático con una falla de origen, producto de un doble proceso. Por un lado, el agotamiento del modelo de sustitución de importaciones que tuvo su último período expansivo en la década del 60, pero que avanzó en la década del 70 con síntomas evidentes de desgaste. Por el otro, el desembarco turbulento de la Argentina en el incipiente mercado global de capitales financieros, en un contexto internacional tumultuoso por el abandono del patrón oro y la crisis del precio del petróleo (con el surgimiento de la OPEP), que a partir de entonces se convirtió en una viciosa válvula de escape para disimular los déficits internos. Ambos procesos tuvieron un punto de inflexión simbólico en 1975,  año marcado además por el “rodrigazo” y la crisis política que consumió el Gobierno de Isabel Perón.

La industrialización sustitutiva en algún momento alcanzó un límite; entre los 60 y los 70 era claramente un modelo que sirvió durante un tiempo, mientras se reemplazaban importaciones, pero no representaba una economía incentivada que inevitablemente requería de una mayor apertura. Empezó un consenso en torno de qué había que exportar para que la economía creciera, porque en caso contrario no se conseguirían importaciones y así no se podía crecer.  Todo el proceso de los 70-80 fue la explosión de esta dinámica.

Uno de los cambios claves a partir de 1975,  es que la Argentina entró en los movimientos financieros cross border. Hasta entonces no estaba integrada en los mercados como el resto del mundo, y en el diagnóstico retrospectivo de hoy, podemos decir que a la Argentina le fue muy mal en la forma de insertarse financieramente. Les pasó a muchos países, que en el período de globalización financiera tuvieron crisis fuertes; buena parte del globo tuvo ese tipo de problemas pero la Argentina lo sufrió particularmente.

Es un ejercicio interesante unir ambas problemáticas: el límite de la industrialización sustitutiva y el ingreso a los mercados financieros, porque permiten concluir en un análisis fundamental: en el último cuarto del siglo 20 y en el primer cuarto del siglo 21, la Argentina padeció un déficit grave en su inserción internacional y en su adaptación a las dinámicas productivas globales, así como entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX se apalancó en la demanda agroexportadora y en su relación con la potencia dominante (Gran Bretaña que era complementaria en términos productivos),  para generar un impulso económico; y a lo largo del siglo pasado, se esforzó para sintonizar tardíamente el proceso de industrialización,  en las últimas décadas quedó decididamente desfasada de los procesos de desarrollo global.

Hasta hace 100 años la Argentina interpretaba el pulso mundial; hasta hace 50 años peleaba para no retrasarse tanto, y desde entonces quedó fuera de escuadra, excepto en los dos momentos antes destacados: el menemismo que sintonizó con el Consenso de Washington, y el kirchnerismo, que aprovechó el reverdecimiento de las materias primas y la revalorización de los países periféricos como proveedores.

Estas deficiencias estructurales que se incubaron entre el peronismo declinante de los 70 y la dictadura militar que rigió hasta 1983, terminaron expresándose en el ingreso del país a la fase de alta inflación sostenida y a la eterna espiral de la deuda externa. Entre Celestino Rodríguez y José Martínez de Hoz quedaron determinadas dos de los principales dramas económicos que subsisten hasta el presente. La Argentina democrática no pudo articular una respuesta consistente ante esta herencia maldita que condicionó sistemáticamente sus dinámicas.

La Argentina desde los 70 no pudo encontrar una salidaPablo Gerchunoff es uno de los historiadores económicos que más trabajó sobre la idea de que a mediados de los 70 se terminó una etapa que provocó una serie de déficits.  Que desde entonces no lograron ser reparados todas las crisis que vivimos: “desde entonces, tienen ese trasfondo de los 70, aunque poner una fecha fija sea solamente una concesión a la estética; allí se liquidó un viejo patrón productivo y distributivo en la Argentina; creo que ese trasfondo está como una explicación subyacente a todas las crisis que vienen después, porque ninguna pudo resolver el problema básico que tiene la Argentina, que es encontrar un norte, esto es determinar un patrón productivo y distributivo de nuevo que reemplace al anterior. Argentina desde entonces es como  un cuerpo sin cabeza, nunca pudo reencontrarse con eso” remarca.

El desastre argentino: la estadística es impiadosa para demostrar la gran frustración Argentina:

  • el PBI de la Argentina creció desde 1983 a un ritmo promedio de 1,4% anual cuando el PBI global según el Banco Mundial lo hizo al 2,9% es decir algo más del doble.
  • el PBI per cápita argentino creció al 0,4% entre 1974 y la actualidad (2023), mientras que en el resto de América latina lo hizo al 1,8 es decir que el crecimiento fue de un tercio en comparación con el resto de la región.
  • la inflación acumulada desde 1983 hasta ahora es de casi 7000% con un promedio anual de 58%, lo que ubica a la Argentina en el selecto lote de los cuatro países del mundo con mayor inflación en periodos continuados junto con Zimbabue, Venezuela y Sudán.
  • el gasto público en proporción del PBI pasó en la Argentina del 23% en 1983 al 44%, cuatro décadas después.
  • desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, a mediados de la década de 1940, la economía argentina atravesó 18 períodos de contracción que en total acumulan 28 años de retroceso. Es el país con mayor número de años recesivos a nivel global y la segunda nación con más recesiones acumuladas superada solo por el Congo.
  • la deuda pública argentina era de 44.000 millones de dólares en 1983 y creció hasta 396.000 millones en 2022, por lo que pasó de representar aproximadamente el 10% del PBI al 85%.
  • la presión tributaria creció del 16% del PBI de 1991 al 33% del PBI en 2020 lo que quiere decir que se duplicó en tres décadas

Con mirada retrospectiva, el primer inconveniente que se evidencia con nitidez, es la falta de consenso sobre los lineamientos básicos a seguir. El acuerdo democrático que rigió en el plano político, nunca pudo tener una traducción a nivel económico. En todos los países hay diferentes enfoques y estrategias, pero dentro de un carril central basado en ciertos entendimientos sobre cuestiones cruciales,  déficit,  valor de la moneda,  el grado de apertura comercial. etcétera. Estos entendimientos están basados en los éxitos relativos conseguidos a lo largo de los años; hay una matriz troncal que ha quedado aprobada, sobre la cual cada administración instrumenta gradaciones. En Argentina en cambio, las visiones son contrapuestas en modo brusco, precisamente por el motivo contrario: la secuencia de experiencias frustradas abona la sensación de que no hay receta que se pueda amoldar a la particularidad del país, no hay un estribo en el cual apoyarse para proyectar el futuro, no hay pasado adonde volver para reencontrarse con ciertas guías rectoras que permitan ordenar la macroeconomía.

Ese andar serpenteante de la política económica fue tempranamente advertido por Marcelo Diamant,  quien escribió el artículo “El péndulo argentino, hasta cuando?”,  en el mismo momento en que regresaba la democracia al país. Si bien buscó describir lo que había pasado en las décadas previas, conserva hasta hoy una increíble vigencia. El economista planteaba allí la dificultad generada por la constante oscilación entre dos corrientes antagónicas:  una expansionista o popular, otra ortodoxa o liberal. La primera refleja las aspiraciones de las grandes masas de la población; sus principales objetivos son la distribución progresiva del ingreso y el pleno empleo. El primer objetivo se instrumenta mediante mayores beneficios sociales, aumentos nominales de salarios y a menudo controles de precios. En general, “después de una etapa expansionista que genera mayor consumo y actividad, el déficit del presupuesto crece, la balanza comercial se desequilibra, aparece el desborde sindical surge el desabastecimiento y se acelera la inflación.”

El caos en el que terminan las gestiones populares, provoca siempre un brusco vuelco hacia la ortodoxia económica. Su respuesta frente al problema, son paquetes de medidas que involucran una brusca devaluación, un aumento de los ingresos agropecuarios, una caída de los salarios reales, una drástica restricción monetaria, una recesión de mayor o menor profundidad y un deliberado esfuerzo de atracción de capitales extranjeros. Si bien también logra algunos éxitos al principio, en algún momento del proceso sobreviene  una crisis de confianza, se corta la financiación externa, recrudece la presión sobre las reservas y se genera una crisis en el sistema económico y cambiario.

Diamant relaciona este comportamiento pendular con tres círculos viciosos:  el primero es la deuda externa, que en ese momento ya despuntaba como un problema mayúsculo; el segundo viene dado por el carácter conflictivo del desarrollo generado por las tentativas  de resolver los problemas del sector externo a través de masivas transferencias de ingresos, que al final del camino terminan provocando inflación,  y el tercero fomentado por la diferencia de eficiencia y productividad entre el sector agropecuario, que se basa esencialmente en recursos naturales y es competitivo a nivel global,  y el sector industrial, más dependiente del desarrollo tecnológico y de una compleja cadena de elaboración, que está en peores condiciones de disputar mercados internacionalmente.  Lo que el economista define como “estructura productiva desequilibrada”. Este lúcido diagnóstico de 1983, en su esencia podría ser replicado 40 años más tarde sin riesgo de desactualización.

Condiciones que debe tener la economía para crecer:  en los 90,  una apertura masiva con un peso sobrevaluado, derivó en desindustrialización y desempleo. En los 2000 hubo una apuesta al mercado interno y tras los primeros años de expansión por los commodities, se terminó disecando.  Macri hizo una apuesta por la reinserción global, pero terminó pasando la gorra entre las potencias mundiales para que lo ayuden en el FMI.

Lucas LLach aborda de frente a estas dificultades cuando plantea que “hay dos condiciones necesarias para crecer en una economía como la de la Argentina: una es que el país  esté relativamente integrado al mundo y entonces sea fácil importar y exportar; la otra es evitar las situaciones típicas de atraso cambiario,  como pasó en  los 90 y de alguna manera también con Macri.  En el fondo esa combinación solo se dio al principio del Kirchnerismo. Y ¿por qué es tan difícil esa combinación de apertura comercial y un dólar competitivo? : porque duele distributivamente. Es decir,  salir de la economía cerrada implica que algunos sectores sufren, y el tipo de cambio más alto significa en general que los salarios reales son más bajos.  Entonces solo se llega a esa situación por imposición de la realidad. Lo central es contar con una economía incentivada a exportar. Esa es la clave. La pregunta sería si es negocio producir en la Argentina para exportar?. Qué es lo que conspira contra eso? lo que conspira contra eso es el cierre de la economía, el atraso del dólar y la existencia de  impuestos impagables,  esos son para mí los tres grandes obstáculos que normalmente enfrentamos”.

De fondo subyace un problema más estructural,  la imposibilidad de generar un modelo de desarrollo. El desfase por un lado entre la capacidad productiva del país y su potencial exportador en  un mundo cada vez más competitivo, y por el otro la demanda social de bienestar material. En definitiva, la Argentina no produce lo suficiente para sostener el valor de la moneda que desearían sus habitantes. En esta deficiencia anidan dos problemas convergentes: por un lado las limitaciones en la generación de bienes y servicios reflejados no solo en la pobre curva de crecimiento del PBI en las últimas décadas, sino también en los índices de productividad; por el otro lado las dificultades para diversificar la matriz de exportación, que genera una excesiva dependencia de los productos primarios del agro, en general muy condicionado por los cambiantes precios internacionales y las imprevisiones meteorológicas. Es difícil proyectar el futuro del país en torno de un pluviómetro.

Las restricciones para superar esta trampa siempre terminan manifestándose de algún modo, independientemente de la política monetaria que se aplique. Ocurrió con tipos de cambio fijo como durante la convertibilidad, con cambio flotante regulado, como en el kirchnerismo y con cambio flotante libre, como el primer macrismo, pero la cuenta nunca  cerró.  Rapetti junto con Pablo Gerchunoff y González de León abordaron este tema en un artículo titulado “La paradoja populista”,  donde se abocaron a lo que definieron como el conflicto distributivo estructural. Allí plantearon la tensión entre un tipo de cambio de equilibrio macroeconómico que sería el recomendable técnicamente, pero que no cumple con las expectativas salariales, y un tipo de cambio de equilibrio social, que sería el deseado por los trabajadores porque les garantizaría un buen nivel de ingresos pero que no es sostenible en las cuentas.  En definitiva, la disyuntiva entre un ordenamiento económico sustentable y la necesidad que tienen los gobiernos de dar respuestas políticas a las demandas de bienestar de la ciudadanía.  El valor del tipo de cambio real compatible con el equilibrio macroeconómico, está definido por variables estructurales de la economía:  stocks sectoriales de capital, dotación de riqueza natural, productividad, términos de intercambio a largo plazo y otros,  mientras que él que es compatible con el equilibrio social está definido por una determinada estructura de valores,  aspiraciones y normas de justicia social. Son dos centros de gravedad por los que levita la economía,  escribieron en un intento para acercar una respuesta a esta dicotomía; señalan que la solución a este desequilibrio estructural, exige la comunión de ambos equilibrios. Eso requeriría 1) que primero baje el tipo de cambio real de equilibrio macroeconómico para unirse con el equilibrio social;  2) segundo se eleve el tipo de cambio real de equilibrio social hasta alcanzar el equilibrio macroeconómico o, 3)  tercero, que ambos se muevan en la dirección del otro y se encuentren en el camino. Es lo que ellos buscan aportar como hipótesis intermedia: llegar a un tipo de cambio “de desarrollo”,  un punto ideal de equilibrio que sería el que permitiría lograr un crecimiento productivo con un nivel de ingreso favorable.

La dificultad para bajar el costo. PujasNicolás Gadano,   recordando su experiencia como funcionario en el Ministerio de Economía,  decía que puede haber excesos en nuestro Estado,  pero del otro lado siempre hay un esquema construido con beneficiarios:  empresas, registros, derechos o subsidios que ya tienen una dinámica.  La Argentina está organizada en torno a un esquema de tanta puja sobre el Estado,  que hace que para bajar el déficit,  hay que tocar a todos, no solamente a los sindicatos sino también las provincias, la obra pública, los regímenes de exención, subsidios, promociones; no es un sector o una región.-

Se pueden disminuir drásticamente las prestaciones sociales?: a ningún gobierno le resultará viable políticamente disminuir en forma drástica las prestaciones sociales,  ya sean subsidios, obras,  planes de asistencia, jubilaciones,  al menos sin compensarla con un crecimiento vigoroso de los indicadores productivos.  Entonces se llega al nudo de esta ecuación económica:  suponiendo que un gobierno instrumentara medidas reformistas que lograran impulsar la economía,  ¿la sociedad argentina, que en distintas medidas depende de algunos de los beneficios del Estado, está preparada para abandonar el bastón de seguro de sus prestaciones y adentrarse en el incierto camino del aumento de la productividad y la competencia?.  A nivel local y también global, la respuesta natural sería decir que cualquier persona que hoy recibe algún tipo de asistencia estaría dispuesta a resignarla, si le garantizaran un puesto de trabajo digno; pero quizás solo se trata de una contestación bien intencionada,  porque habría que ver si esa persona está en condiciones de reinsertarse laboralmente, si está capacitada y si está dispuesto a resignar un esquema de subsistencia que le de certeza, por un incierto camino en la jungla del mercado del trabajo.  Allí se podría constatar hasta qué punto calaron estas décadas de retroceso y pobreza estructural en los modos de pensar una salida virtuosa.

En síntesis, la baja performance de la economía argentina durante los 40 años de democracia, queda vinculada a la falta de definición conceptual y de consenso político sobre el camino que debía tomar el país tras el agotamiento del modelo de sustitución de importaciones.  Esa indefinición quedó atravesada por los 3 vectores recién desarrollados: 1) el nivel de apertura o proteccionismo comercial con su consecuente adecuación del valor del tipo de cambio; 2)  la discusión en torno del grado de incidencia del Estado en la economía nacional y 3) el debate entre crecimiento y distribución.  De la incapacidad de resolver en forma positiva estos dilemas, emergen los efectos indeseados que han venido afectando a la Argentina: estancamiento productivo, déficit de balanza comercial y déficit fiscal, endeudamiento crónico en dólares y en pesos, altísima inflación,  devaluación de la moneda entre otros.

Esta vez tenemos  un agravante que complejiza mucho más la búsqueda de soluciones:  la confluencia de todos estos problemas estructurales eclosionando al mismo tiempo.  Esta realidad abruma a la hora de proyectar una hoja de ruta, pero al mismo tiempo,  está socialmente asumida. Un sector importante de la población intuye que, esta vez,  la alternativa no pasa por un gobierno iluminado que con un pase de magia desate todos los nudos a la vez.  Pero como la respuesta del enigma es tan compleja y racionalmente difícil de asimilar, al mismo tiempo el pueblo se siente tentado  por la propuesta simplificadoras que reemplaza los tecnicismos por el voluntarismo,  como si el asunto fuese solo una cuestión de determinación.

El desafío es mayúsculo para el sistema democrático argentino, porque se trata de recrear un nuevo diseño económico estructuralmente sustentable, pero en medio de terribles urgencias  en las variables más sensible.  Es como sentarse a proyectar la reconstrucción de un país después de  una guerra, cuando todavía las tropas pelean en el terreno y el enemigo está a los  tiros, cargado de municiones. Requiere un liderazgo convocante y creíble, de un equipo técnico sólido, de un plan nítido pero con cierta flexibilidad, y de acertar en las primeras decisiones para poder ganar tiempo social. Una alquimia muy delicada.

Pag. 412: la necesidad de un consenso:  en el peor momento de los 40 años de democracia,  se produjeron dos movimientos que dejarían huellas duraderas en la dirigencia.  La primera fue de carácter político,  la conformación de la Mesa de Diálogo Argentino,  una multisectorial encabezada por Duhalde y auspiciada por la Iglesia y la ONU,  que con el acompañamiento del radicalismo, la CGT, la UIA,  y otras instituciones,  estableció un mecanismo de articulación básica, para suplantar la pérdida de legitimidad del poder formal del Gobierno.

Desde entonces, muchas veces se volvió a hablar en los últimos 20 años, de recurrir a un formato similar cuando los problemas arreciaban, pero nunca más se volvió a producir.  En parte porque no estaban los mismos actores,  a su modo Duhalde y Alfonsín, representaban un liderazgo partidario – aunque menguante – , y tenían cierta mirada estratégica de la gravedad de la situación. También porque la demanda del que “se vayan todos”,de la época,  los cohesionaba en defensa propia. La crisis era tan profunda y la dirigencia estaba con tanto temor a una revuelta descontrolada ,que funcionó como estímulo.  Nunca más la dirigencia volvió a sentir lo mismo,  que iban por ellos,  que la gente quería colgarlos en la plaza.  Literalmente la dirigencia tenía miedo,  fue la única vez este clima hostil facilitó la conformación de algo así como un Gobierno de Unidad,  liderado por el peronismo pero también integrado por radicales, una consecuencia de la implosión.

El segundo movimiento, de carácter económico,  fue el paquete de medidas que instrumentó Jorge Remes Lenicov en los pocos meses que estuvo en el Palacio de Hacienda,  especialmente la salida de la convertibilidad,  la devaluación y la pesificación asimétrica . Este mix de shock y sinceramiento, producto de la necesidad más imperiosa,  alentó por años la fantasía de las “crisis sanadoras”,  aquella creencia según la cual, es mejor una debacle profunda,  que deteriore tanto la situación económica como para que las medidas agrias queden justificada por sí solas,  sin que haya que pagar costos políticos.  Por ello, tanto se cristalizó este principio que quedó establecido como una consigna aceptada en forma implícita:  que sin crisis no hay reformas profundas , porque la sociedad no está más dispuesta a tolerarlas pacíficamente.

Cuando asumió Nestor Kirchner la crisis seguía siendo grave: cuando Néstor Kirchner asumió en mayo de 2003, la situación social era todavía muy grave:  arrastraba una pobreza del 54% y un desempleo del 25%. Los efectos de la crisis eran palpables en una comunidad que había implosionado. La frágil estabilidad que se había logrado siempre perturbó a Kirchner, quien a su entorno le confesó en más de una ocasión sus dos temores más grandes:  perder el control de la calle y una corrida cambiaria es decir los fantasmas del 2001.

Sin embargo la economía ya exhibía síntomas claros de recuperación con un crecimiento del 11% anualizada y una inflación estable en el 2%. Este fue uno  de los factores centrales que hizo que mantuviera a Lavagna al frente de economía y Alfonso Prat Gay en el Banco Central. De hecho,  en la primera etapa de su presidencia,  hubo en materia económica un claro principio de continuidad de lo que se venía haciendo de la gestión de Duhalde.

Quienes estuvieron cerca de Kirchner,  lo describían como un obsesivo del poder pragmático y voraz,  y como un administrador con lógica municipal, rudimentario pero eficaz. Se mofaba del conocimiento técnico de los economistas, a los que consideraba demasiado teóricos y sin contacto con la vida real.  Le alcanzó con el ordenamiento que instrumentó Duhalde,  la guía rectora de Lavagna, y un contexto internacional favorable,  para aplicar algunas ideas básicas que lo exhibieron como el presidente más exitoso en materia económica.

Pero no fue más allá,  no fue un reformista y no buscó ser un estadista.  En el primer kirchnerismo, no hubo reformas; al contrario, continuó con muchas políticas que venían de antes y no tocó las medidas de emergencia del período anterior que se ponían transitorias, como el congelamiento de tarifas , las retenciones, la deuda del Banco Central,  o el plan jefas y jefes de hogar.

Dejó así pasar una oportunidad inmejorable para ampliar la matriz productiva que le diera a la Argentina del siglo 21 el impulso y la sustentabilidad que necesitaba para dejar atrás décadas de stop and go  o de stop  and crash.

El pésimo manejo de la 125, el comienzo de la grieta: el episodio más grave de este período kirchnerista,  fue la derrota política que implicó el traspié legislativo de la resolución 125 sobre las retenciones móviles.  La muy mala gestión política del tema hizo que se generara un frente de resistencia agropecuario inédito,  que a su vez aglutinó a amplios sectores sociales que respaldaron la resistencia de las organizaciones rurales.  Además de exhibir la fragilidad de la transversalidad política (la ley la sentenció el vicepresidente Julio Cobos,  un radical que se había pasado al oficialismo como varios de sus correligionarios),  fue el disparador definitivo para una nueva fase dentro del recorrido kirchnerista, mucho más confrontativo  e ideologizado.  Emergió allí,  con toda potencia,  la construcción de dos  bandos que progresivamente se iban a exhibir como irreconciliables, la piedra basal de la grieta social. La retórica kirchnerista empezó a hablar de “piquetes de la abundancia” y comparar al campo y a los medios de comunicación independientes con la dictadura militar.  Del otro lado empezaron los cacerolazos y los banderazos y el clima social se crispó rápidamente.

Todo esto sumado a la crisis financiera que se desató en Estados Unidos en 2008, y que impactó en América Latina en el plano comercial,  dado que provocó en la Argentina una fuerte caída del PBI de ese año que bajó del 9 al 4,1% y en 2009 descendió a menos 5,9%,  es decir un retroceso de casi 16 puntos en 2 años.  Estas dos situaciones deterioraron los pilares centrales que sustentaban el modelo: los superávits  gemelos.  La merma en  las exportaciones y el descenso de las cuentas fiscales,  hizo que el kirchnerismo pasara a una etapa de sostenimiento del esquema que había regido hasta entonces.  La máquina empezó a forzarse un poco más,  se hizo un ajuste devaluatorio que llevó el dólar a 4 pesos y se dispuso la primera ofensiva sobre las cajas disponibles,  con la estatización de los fondos de jubilaciones y pensiones que administraban las AFJP. Esta decisión mostró un camino más decidido hacia la estatización de empresas privadas,  una línea que a partir de entonces se acentuaría especialmente desde el acuerdo para retomar la gestión de Aerolíneas Argentinas y de otras empresas cómo más tarde pasó con YPF.

Y AHORA QUE? : los países no desaparecen; naturalmente en general se transforman y se reforman.  En las últimas décadas, un proceso de cambio se impuso por imperio de una realidad adversa,  que deterioró las condiciones de vida de los ciudadanos,  aunque sin afectar la arquitectura institucional de la República.  El desafío,  ahora reside en pensar una dinámica diferente, en donde las enormes dificultades puedan ser enfrentadas a partir de decisiones estratégicas y de una clara determinación en la ejecución de generar oportunidades en la crisis. El país no está en condiciones de tolerar una nueva frustración y por eso el próximo gobierno asumirá con una presión extra que deberá gestionar (2023).

Si el nuevo gobierno asume que puede desarrollar una gestión ordinaria sin introducir medidas de profundidad,  estará destinado a la irrelevancia.  Ya no alcanza con administrar,  es imperativo transformar;  no reformar ciegamente como otra reacción pendular,  sino recomponer sabiamente las dinámicas, los incentivos, las relaciones,  es un tejido que hay que reparar

En el horizonte económico algunos brillos de ilusión titilan detrás del peso de la deuda,  de la inflación desbocada,  de la pobreza lacerante. El rubro energético se prepara para dar vuelta,  después de muchos años, la dependencia de las importaciones de gas.  El campo mira con optimismo el 2024,  con la convicción de que los efectos de la sequía serán superados y que tendrá una cosecha récord. La industria del conocimiento también emerge con altas expectativas, dada su consolidación como un actor dinámico y globalmente explorable.  La Cámara que la nuclea, afirma en su último informe,  que la Argentina está generando un gran potencial en el rubro,  pero al mismo tiempo advierte que las turbulencias de la macroeconomía local y la falta de claridad en las normativas, complican el funcionamiento del sector.  El crecimiento de una industria prometedora es apenas una oportunidad no una garantía de crecimiento sostenido.  Algo similar ocurre con la otra esperanza productiva,  el litio.

La Argentina es un país con recursos naturales muy superiores a la media internacional,  pero hace mucho tiempo que esa ventaja dejó de ser una garantía de prosperidad.  Ahí están los ejemplos de Corea del Sur,  de Israel y Taiwán, para demostrar que en el siglo 21, cuentan más otros factores, como la inversión en tecnología,  el desarrollo de sectores estratégicos, y el fomento de la exportación.  Argentina ya no es lo que era, y debe reconstruirse desde su nueva realidad;  debe incluir a quienes se cayeron del sistema, como son aquellos que, transformados  en cartoneros, tuvieron que desarrollar esa informalidad en un emprendimiento comunitario, o a quienes pelean desde el conurbano profundo por sobrevivir en un entorno terriblemente hostil.

La pregunta imperiosa entonces es: ¿puede la Argentina generar un modelo de desarrollo económico consistente, socialmente inclusivo,  adaptado a las características de su población y a sus dinámicas productivas,  que le sirva como guía para enfrentar en mejores condiciones los desafíos del siglo 21?  ya dejó de ser un interrogante retórico, es una interpelación a su razón de ser como país.

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