EL MAGO DEL KREMLIN
De Giuliano da Empoli
Leído en 2025
Lo llaman el hechicero, el mago del Kremlin. El enigmático Vadim Baranov es el consejero más cercano a Putin, aunque no sea un asesor al uso. Culto y vinculado a la vanguardia artística, es también un manipulador sin escrúpulos capaz de transformar un país entero en un escenario teatral en el que solo se representa la voluntad del líder.
Este relato ficticio nos sumerge en el corazón del poder ruso, en el que aduladores y oligarcas están involucrados en una guerra sin cuartel. Es una montaña rusa intelectual, antropológica y emocional que alumbra un personaje único, un Maquiavelo moderno y desalmado, a la par que una meditación magnífica sobre la fascinación por el poder, el mal y la guerra.
Chistes soviéticos: Se contaban unos a otros historias de caza y comentaban la actualidad a su manera, especialmente a golpe de chistes.
¿Sabe lo que es un dúo soviético? un cuarteto de rusos que ha vuelto del extranjero.
Una comisión de inspectores visita un manicomio. Los internos los reciben cantando “¡qué bueno vivir en tierra soviética!”. Pero la comisión observa que hay una que permanece callado. ¿Por qué no cantas tú?, le preguntan: yo solo soy el enfermero y no estoy loco.
El camarada Jrushchov visita a un criadero de cerdos y le hacen fotografías. En el Pravda, los diseñadores gráficos discuten sobre la leyenda que hay que poner debajo de la imagen: “el camarada Jrushchov entre los cerdos”, “el camarada Jrushchov y los cerdos”, “los cerdos alrededor del camarada Jrushchov”. Todas las frases son rechazadas una tras otra. Por fin el director toma una decisión. La leyenda escogida es: “tercero por la derecha, el camarada Jrushchov”.
Y se echaban a reír a carcajadas, dándose manotazos en la espalda y vaciando jarras y más jarras.
Control: Créeme, lo único que puedes controlar es tu manera de interpretar los acontecimientos. Si partes de la idea que no son las cosas sino el juicio que nos hacemos de ellas lo que nos hace sufrir, entonces puedes aspirar a tomar las riendas de tu vida. Si no, está condenado a matar moscas a cañonazos.
Mi abuelo no era un patriarca del siglo XIX. Era un hombre moderno. Había leído a Kafka y Thomas Mann, pero estaba dispuesto a correr el riesgo del ridículo para decirme lo que tenía que decirme. Siempre le estaré agradecido porque, desde entonces, he conservado la idea de que vamos a tientas por la oscuridad. No sabemos lo que es bueno o malo para nosotros, pero podemos decidir libremente qué sentido darle a las cosas que suceden. Y esto, en el fondo, en nuestra sola y única fuerza.
Rosellini, Luis XIV y los rusos: Mi padre era director de la Academia,, y por tanto quién mejor que él para estudiar las manifestaciones de la decadencia burguesa. En fin, el caso es que recuerdo alguna vez, cuando yo debía tener 12 o 13 años, mandó proyectar La toma del poder por parte de Luis XIV, de Rossellini.
En ella se cuenta como el Rey Sol, al construir Versalles y obligar a los nobles a seguirlo a la Corte, los encerró en una jaula cada vez más estricta de ceremonias y pequeños privilegios, con el fin de privarles, casi sin que se dieran cuenta, de su libertad e incluso, en la mayoría de los casos, de la dignidad más elemental. En la escena final se ve al rey despojarse de todos sus ornamentos y sus objetos lujosos: las suntuosas vestimentas no eran más que un artificio, un instrumento que le permitía afirmar su poder, con el fin, como le dice a su ministro, de que cada uno, en el reino, dependiera absolutamente del monarca, como la naturaleza depende absolutamente del Sol.
Aquella noche cuando las luces se volvieron a encender en la sala, tuve la impresión de cierta turbación entre los espectadores. Después de la proyección, se miraban entre sí de manera extraña, luego se separaron más rápido que de costumbre y cada uno volvió a su casa en el coche de servicio que el partido ponía a su disposición las 24 horas del día.
Como se puede ver, la élite soviética, en el fondo, se parecía mucho a la vieja nobleza zarista. Un poco menos elegante, un poco más instruida, pero con el mismo desprecio aristocrático por el dinero, la misma distancia sideral con el pueblo, la misma propensión a la arrogancia y a la violencia. Nadie escapa de su propio destino y el de los rusos en ser gobernados por los descendientes de Iván el Terrible. Se podrá inventar todo lo que se quiera – la revolución proletaria, el liberalismo desenfrenado -, pero el resultado es siempre el mismo: en la cumbre están los opritchniki los perros guardianes del Zar. Hoy al menos ha vuelto a aparecer un poco de orden, un mínimo de respeto. Esto ya es algo, aunque ya veremos cuánto dura.
El castigo aleatorio: Nada inspiró mayor espanto entre las personas que un castigo aleatorio. El castigo que puede golpear de improviso, sin ningún motivo aparente, es lo único capaz de mantener un individuo en un estado de alerta constante. La gente normalmente sabe que basta con cumplir determinado número de reglas para estar tranquilo, lo cual acaba por madurar un sentimiento de seguridad que puede llegar a ser peligroso, pues empuja a la rebelión. En cambio, quien es mantenido en un estado de permanente incertidumbre vive desasosegado por el pánico. La idea de revueltas no pasa por su cabeza. Está demasiado ocupado en esquivar los rayos que pueden caer sobre él sin el menor preaviso.
Saliendo del comunismo soviético – Rusia es distinta: Primera regla: no ser aburrido. Todo lo demás era secundario. Los notables soviéticos habían tratado de asfixiar al país bajo un manto de tedio impenetrable. Ahora todo estaba permitido, salvo la monotonía -esa era la razón por la que cada día paríamos alguna idea nueva, un poco más absurda que la del día anterior-: ¿un reality show sobre dos bandas de matones que luchan por el control de una pequeña ciudad de provincias? ¡por qué no! ¿Un documental sobre las escuelas que enseñan a las chicas a echarle el guante a los nuevos ricos? ¡Muy bueno!. ¿Y el astrólogo que prevé lo que va a pasar? ¿Y la decoradora especializada en el estilo María Antonieta? También, ¡que salgan en Antena!.
Cuando le pedimos a nuestro público que nos indicara quiénes eran sus héroes, los personajes sobre los que se funda el orgullo de la Madre Rusia, nos esperábamos los nombres de los grandes mentes: Tostoi, Pushkin, Andrei Rubliov o yo qué sé, un cantante o un actor, como ocurría en el capitalismo. Pero ¿que nos dijeron los espectadores, la masa informe del pueblo habituado a inclinarse sumisa y bajar la mirada? Solo nombres de dictadores. Sus héroes, los fundadores de la patria, coincidían con la lista de autócratas sanguinarios: Iván el Terrible, Pedro el Grande, Lenin, Stalin. Nos vimos obligados a falsear los resultados para hacer ganar a Alexander Nevsky, un guerrero, sí, pero no un exterminador. El que recibió más votos fue Stalin. ¡Stalin!. Entonces comprendí que Rusia nunca se convertiría en un país como los demás, no me cupo la menor duda.
Aprovechar las circunstancias. El poder: La única cualidad indispensable para un hombre con poder es la capacidad de aprovechar las circunstancias. No pretender dirigirlas, sino apoderarse de ellas.
Putin: A Putin nunca le gustó hablar en público pero era obvio que el pueblo necesitaba oír su voz. Respondía a las preguntas que le hacían los periodistas con la calma que lo caracteriza, preciso, sin un atisbo de emoción, siendo el funcionario ascético que los rusos empezaban a conocer.
Un periodista, estando en Kazajistán para una visita de estado le hizo una pregunta un poco más polémica: “Ha dado Ud. la orden de bombardear el aeropuerto de Grozni. ¿No cree que ese tipo de acciones corren el riesgo de agravar la situación?”.
En ese preciso momento se produjo un fenómeno que todavía hoy no sabría explicar completamente. Putin se quedó callado unos instantes. Cuando retomó la palabra, había cambiado de expresión, pero su presencia física había adoptado una consistencia diferente, como si su cuerpo hubiera estado sumergido en un tanque de nitrógeno líquido. El funcionario ascético se había transformado súbitamente en un ángel de la muerte.
«Estoy cansado de responder este tipo de preguntas, fulminó sin siquiera mirar al periodista que se la había hecho. Golpearemos a los terroristas allí donde se escondan. Si están en un aeropuerto golpearemos el aeropuerto, si están en los cagaderos, y perdone mi lenguaje, iremos a matarlos en los wáteres».
Dicho así, puede parecer hasta banal y un poco vulgar, pero no se hace usted idea del impacto que esa frase causó en el público. Era la voz de la autoridad y del dominio. Hacía mucho que los rusos ya no la oían, pero de inmediato la reconocieron. Porque era a lo que estaban habituados sus padres y sus abuelos. Un inmenso suspiro de alivio barrió el país, desde las avenidas de Moscú y sus extrarradios temblorosos hasta los bosques y estepas infinitas de Siberia. En la cima había de nuevo alguien capaz de garantizar el orden.
Aquel día, Putin se convirtió en Zar de pleno derecho.
Un Zar habla de política. Nunca da cifras: el habla el lenguaje de la vida, de la muerte, del honor, de la patria. La gobernanza humana no es una actividad que pueda dejarse en manos de una banda de cobardes, demasiado vagos para ganar dinero, demasiado tímidos para convertirse en estrellas de rock. Contables en busca de gloria, homúnculos que piensan que la política se reduce a la administración de una casa.
Y no es eso, la política tiene un solo objetivo: dar respuesta a los terrores humanos. Si el Estado no es capaz de salvaguardar del miedo a los ciudadanos, el fundamento mismo de su existencia se pone en cuestión.
Boris Berezovski y los oligarcas rusos: A Berezovski, al igual que a todos los oligarcas, le gustaba presentarse como los pilares de la democracia y esperaban que la gente levantará barricadas en su defensa. Pero sobreestimaron su popularidad. En cambio, nosotros (Putin) sí conocíamos nuestra propia popularidad. Para Aristóteles, el primer gesto del demagogo, una vez llegado al poder, es el destierro de los oligarcas. La gente veía a Boris y a sus colegas como unos parásitos que habían acaparado el inmenso patrimonio de la Unión Soviética a base de martillazos en los dientes. Y luego, una vez lograda su montaña de dinero, se habían quitado sus chalecos antibalas, se habían puesto sus trajes a medida y habían proclamado que los martillazos seguirían, pero en adelante con el fair play de la Cámara de los Lores. En el fondo, no es de extrañar que muchos de ellos se exiliaran a Londres. Allí es donde se marchó Berezovski cuando finalmente comprendió la magnitud de sus errores de cálculo.
Guerra civil: Un diplomático francés decía que la ventaja de la guerra civil sobre cualquier otra guerra es que se puede ir a comer a casa.
Clinton y el gran bochorno ruso: El presidente norteamericano y el presidente ruso acaban de firmar un acuerdo bilateral en la Biblioteca Franklin D. Roosevelt y han salido al exterior para hacer una declaración a la prensa. Columnas neoclásicas, banderas, guardia presidencial, uniforme de gala y, a los pies de la tribuna, dos calabazas en rememoración de esa fiesta bárbara que, como es habitual, los norteamericanos han logrado infligir al mundo. Clinton toma brevemente la palabra y luego se la cede a Yeltsin, que empieza a arengar a la muchedumbre, visiblemente borracho. Mientras resuena la voz del presidente ruso, Clinton estalla en carcajadas. Es algo inusual, pero no grave, el hombre más poderoso del planeta también puede echarse a reír. El problema es que Clinton no para de hacerlo. No consigue evitarlo: el viejo oso ruso, tambaleante, ridículo, le hace literalmente desternillarse. Clinton, con lágrimas en los ojos y la cara roja, está en pleno acojone. Pegados al televisor, los rusos le imploramos interiormente que pare. Sabemos cómo es Yeltsin, sus hábitos, sus debilidades, pero es el presidente de la Federación Rusa, qué diablos, ¡el Estado más grande de todo el planeta, una superpotencia nuclear!. Ni por esas, Clinton ya no puede controlarse. Ahora también él se tambalea, da grandes palmadas en los hombros de Yeltsin, quien más que borracho, parece ligeramente avergonzado. Una nación entera, ciento cincuenta millones de rusos, se hunden en el bochorno bajo el peso del ataque de risa del presidente norteamericano.
Una escena como esa es la que se le apareció al Zar cuando Clinton le preguntó por el viejo Boris. Entonces, le hizo comprender de inmediato que con él sería diferente. Nada de palmadas en la espalda ni de carcajadas. Clinton se llevó una decepción, evidentemente. Se pensaba que en adelante todos los presidentes rusos serían unos porteros de hotel bonachones, guardianes de la mayor reserva de gas del planeta en nombre de multinacionales estadounidenses. Por una vez él y sus asesores se fueron un poco menos sonrientes que cuando habían llegado.
Si los caníbales tomaran el poder en Moscú – se desahogó el Zar en el vuelo de vuelta -, Estados Unidos los reconocerían inmediatamente como un gobierno legítimo, mientras no tocaran sus intereses y siguieran tratándolos como patrones. El problema es que creen haber ganado la Guerra Fría. Pero es que la Unión Soviética no la perdió. La guerra fría se detuvo porque el pueblo ruso puso fin a un régimen que lo oprimía. Nosotros no hemos sido vencidos, nos hemos liberado de una dictadura, que no es lo mismo. Es verdad que también los occidentales han contribuido a la democratización de la Europa del Este, pero no deberían olvidar que la mayor contribución la aportaron los rusos. Fuimos nosotros los que hicimos caer el Muro de Berlín, no lo derribaron ellos. Nosotros disolvimos el Pacto de Varsovia, nosotros tendimos la mano hacia ellos en señal de paz, no de rendición. Estaría bien que lo recordaran de vez en cuando.
Pasiones: las pasiones hacen vivir al hombre, la sabiduría tan solo lo hacen durar.
Perder el control de Ucrania: Una vez ubicado en el despacho del primer piso, le expuse a Putin el motivo de mi visita. Nuestros servicios habían captado el rumor -en realidad, se trataba de algo más consistente que un simple rumor- según el cual Berezovsky había pasado a ser uno de los principales sostenedores de la oposición ucraniana, que empezaba a inquietar seriamente al Zar. La idea de perder el control de lo que era, desde hacía siglos, una parte integrante del territorio ruso, lo volvía literalmente loco.
Como degeneró la situación en Ucrania: Sostenidos por los norteamericanos, los rebeldes se negaron a reconocer el resultado de las elecciones y ocuparon la plaza principal de Kiev con sus cánticos, sus alegres eslóganes prooccidentales, sus lazos naranjas. De la mañana a la noche, comisiones de observadores internacionales, delegaciones del Congreso de Estados Unidos y misiones diplomáticas de la Unión Europea aparecieron por allí saliendo de la nada: todos coincidían en juzgar ilegítimo el resultado de las elecciones ganadas por el candidato pro ruso. Había habido votaciones apenas recientemente en Afganistán y en Irak, con las bombas explotando en las calles y las tropas estadounidenses ocupando los lugares de votación, pero en esos países, naturalmente, no había habido ningún problema, todo se había desarrollado con regularidad. En cambio, en Ucrania era todo lo contrario. Había que volver a votar porque el resultado no era el conveniente. Entonces, el gobierno ucraniano se vio obligado a convocar nuevas elecciones y, esa vez, el candidato pro norteamericano ganó, un candidato que quería meter a Ucrania en la OTAN. Ucrania-la patria de Jruschov y de Brezhnev, la base de nuestra flota militar -, ¡en la OTAN!
La llamaron “la revolución naranja”. ¡Revolución, sí! Era el asalto final a lo que quedaba del poderío ruso. El año anterior había sucedido lo mismo en Georgia. Allí lo habían bautizado “la revolución de las rosas”. Y también en este caso el resultado de tan poética revolución, hecha por niñas monas y nobles ideales, había consistido en poner en el poder a un espía de la CIA. No hacía falta una bola de cristal para imaginar lo que vendría a continuación: la siguiente sería Rusia. Una bonita y colorida revolución en Moscú, un nuevo presidente, con un máster de Yale en el bolsillo, y el triunfo de Estados Unidos habría sido completo. El joven Bush habría podido aparecer diciendo una de esas fantochadas que tanto le gustaban: ¡Mission accomplished!, y esa vez directamente desde la Plaza Roja.
Gary Kasparov y la democracia soberana: Garry Kasparov, ajedrecista de fama mundial, había girado hacia la política al organizar pretendidas marchas de disidentes por las calles de la capital, lo que le había conferido inmediatamente una aureola de heroísmo de salón. Las matronas cubiertas de joyas del Moscú radical-chic revoloteaban a su alrededor como si fuese un nuevo Che Guevara.
Aquella noche, nada más entrar, vi que, notoriamente ebrio de su gloria mundana y quizá no solo de esta, tenía en ascuas a su auditorio. Entonces, alguien debió de señalarle mi presencia.
-¡Ah! es usted Baranov -me increpó-, el Mago del Kremlin, el Rasputín de Putin. ¿Sabe lo que dice la gente de su ”democracia soberana”? Que es a la democracia lo que la silla eléctrica es a la silla.
Solté una carcajada.
-Eso al menos demuestra que los rusos no han perdido el sentido del humor, Kasparov,. En serio, ¿sabe usted lo que significa la democracia soberana?
-No soy un politólogo, pero como ajedrecista le diría que más o menos lo contrario de una partida. En ajedrez, las reglas son las mismas, pero el vencedor cambia con frecuencia. En vuestra “democracia soberana”, las reglas cambian, pero el vencedor es siempre el mismo.
Hay que admitir que el campeón tenía respuesta para todo.
-Tal vez. Sé que la política no es asunto suyo, pero, dígame Kasparov, ¿no se mantuvo la CDU en el poder durante 20 años en Alemania después de la Segunda Guerra Mundial? ¿Y el Partido Liberal Demócrata durante 40 años en Japón? Vosotros, los liberales, piensan que la cultura política rusa es el producto arcaico de la ignorancia. Consideran que nuestras costumbres y nuestras tradiciones son los obstáculos para el progreso. Quieren imitar a los occidentales pero lo esencial se les escapa.
Kasparov me observaba ahora con un aire francamente hostil.
-Si se quiere saborear algo dulce, hay que comerse el caramelo no el envoltorio. Para conquistar la libertad, hay que asimilar la sustancia. No la forma. Ustedes repiten los eslóganes que han aprendido en Washington y en Berlín, y, mientras tanto llenan nuestras calles de envoltorios de caramelos. Son como los Borbones, no olvidan nada y no aprenden nada; tuvieron la ocasión y despedazaron Rusia. Desde que han perdido el poder sueñan con recuperarlo para terminar vuestra obra. Nosotros hemos analizado el asunto con detenimiento, hemos aprendido la lección de Occidente y la hemos adaptado a la realidad rusa. La democracia soberana corresponde a los fundamentos de la cultura política rusa. Por eso el pueblo está de nuestro lado. Son ustedes, los profes, los que todavía no lo han comprendido.
-¡Pero yo no soy ningún profe!
-Por supuesto que no. usted es un campeón de ajedrez.
Kasparov captó la ironía y la apreció poco. Hijo del Cáucaso, apretó los labios en una expresión que se pretendía disuasiva.
-Ya sabe usted que no hay juego más violento que el ajedrez.
Le sonreí tranquilamente.
-No sabe de lo que habla, profesor: la política es infinitamente más violenta
-Pero es que no es un juego.
-No lo es para los aficionados. En cambio, créame, para los profesionales es el único juego que de verdad vale la pena jugar.
Kasparov me miró como si yo estuviera loco. También me pareció que contuvo un estremecimiento.
La esencia del deseo y del amor: Había elevado al rango de gran arte la actitud femenina de decir no mientras asentía, de sonreír mientras te insultaba, de entregarse y negarse al mismo tiempo, sin caer nunca en la contradicción. A su lado, un hombre podía experimentar el sentimiento de victoria y ser consciente de la imposibilidad de esa victoria. Hasta ese punto ambas cosas eran inextricables. Y hasta ese punto constituían la esencia del deseo y quizá también del amor.
Putin se aprovecha de que Angela Merkel le tenía fobia a los perros – Putin, el bárbaro: La Canciller Merkel llegaba a las reuniones de Estado siempre fresca y segura de sí misma, malévola como quienes saben que pueden permitírselo, con el poderío geométrico de esas Lander y de esas Concierne detrás de ella. Aquel día, sin embargo, nada ni nadie la había prevenido de quien la esperaba cuando hiciera su entrada en la sala de reuniones. Koni, la gigantesca labrador retriever negra del Zar.
Para comprender bien la situación hay que saber que la Canciller tenía fobia a los perros. Con los años, había domeñado a más bestias feroces en la arena de la política del mundo que todos los domadores de circo juntos. Pero un perro, cualquier perro, incluso el más insignificante, despertaba en ella el mismo terror ancestral que había experimentado a la edad de ocho años, cuando solo un milagro impidió que el rottweiler del vecino la destrozara ante la mirada espantada de su padre.
Así que imagínense la escena en el Kremlin ese día. Aunque en realidad no tienen porque imaginársela, ya que las fotos están en internet. La canciller con una risa forzada mientras Koni, de pelo brillante, da vueltas a su alrededor. La Canciller petrificada en su silla mientras Koni se le echa encima, juguetona, en busca de carantoñas. La Canciller al borde de un ataque de nervios cuando Koni mete el hocico en su regazo para olfatear el olor de su nueva amiga. El Zar, a su lado, sonríe, relajado, con las piernas abiertas.
-¿De verdad que el perro no la molesta, señora Merkel? Podría mandarlo fuera, pero ya ve que es muy cariñoso. Me cuesta separarme de él.
La labrador retriever. Ese es el momento en que el Zar decidió quitarse los guantes y empezar a jugar el partido como había aprendido en los patios de recreo de Leningrado, cuando aún no había rozado la pelota y ya alguien le había dado un rodillazo en los huevos. Allí tenía siempre que demostrar que estaba un poco más loco que los demás, sino quería que los más brutos le pasarán por encima. La política del más alto nivel es prácticamente lo mismo. Salones dorados, guardia de honor, cortejos oficiales a través de las calles cortadas a la circulación, pero luego, en el fondo, responde a la misma lógica que la del patio del colegio, donde los más brutos imponen su ley y donde la única manera de hacerse respetar es el rodillazo.
Durante los primeros años, al aparecer en la escena internacional, el Zar se mantenía un poco en segundo plano, con la actitud clásica del ruso que nunca tiene su documentación en regla y ha de someterse al examen minucioso de jueces más civilizados. Es el eterno complejo del bárbaro del otro lado de la frontera que debe hacerse perdonar cinco siglos de masacres, cuya culminación fue el apocalipsis del socialismo real.
Porqué llega un Milei: En la política somos prudentes a la hora de elegir, no queremos correr riesgos. Elegimos lo que conocemos siempre y cuando trabajemos seguros, con una bonita familia, una casa de campo, vacaciones a la orilla del mar, una buena jubilación a la vista. Pero supongamos que las cosas empiezan a torcerse. La situación cambia, el tipo pierde su trabajo, pierde su casa, no ve claro su futuro. ¿Qué hace en ese momento? ¿Opta por la prudencia?. En absoluto: ¡empieza a apostar como un loco!. Prefiere el riesgo desconocido antes que mantener su actual situación. Es entonces cuando todo da un vuelco: el caos se vuelve más atractivo que el orden, al menos ofrece la posibilidad de algo nuevo. Un giro inesperado… A partir de ahí, las cosas se vuelven interesantes. La revolución de 1917 y el nazismo empezaron así. Porque una mayoría de personas prefirió lanzarse hacia lo desconocido en vez de seguir viviendo como antes.
Rusia, la pesadilla de Occidente: Rusia ha sido la fabricante de pesadillas de Occidente. A finales del XIX, ustedes, los intelectuales occidentales, soñaron la revolución. Nosotros la hicimos. Del comunismo, ustedes no han hecho más que hablar. Nosotros lo vivimos durante setenta años. Luego llega el momento del capitalismo, e incluso en eso nosotros fuimos mucho más lejos que ustedes. En los años 90, nadie corrompió, privatizó o facilitó la iniciativa empresarial más que nosotros. Aquí se crearon las mayores fortunas, surgidas de la nada, sin reglas ni límites. No cabe duda de que crecimos muchísimo, pero la cosa no fue bien.
Ahora vuelta a empezar. El sistema está en peligro porque ustedes ya no consiguen ejercer el poder. Créame, después de haberlo experimentado directamente, no albergo ninguna simpatía por él. Mi abuelo decía que, tarde o temprano, alguien debería reunir todas las estatuas ecuestres repartidas por las ciudades del mundo y expedirlas en bloque al desierto. A un campo dedicado a todos los perpetradores de masacres de la historia: he tendido siempre a darle la razón y le aseguro a usted que los años en que frecuenté el Kremlin no me hicieron cambiar de opinión. Al contrario.
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