En este espacio, me complace compartir mis impresiones y reflexiones sobre los libros que he tenido el privilegio de leer. Desde clásicos atemporales hasta las nuevas novedades literarias, cada obra ha dejado una huella única que describo desde la perspectiva del lector. Por Roque Luis Cassini.
SIDI, de ARTURO PEREZ REVERTE
Libro SIDI
de ARTURO PEREZ REVERTE
Leído en 2019
El truco para ganar y vivir: Expolió un poco más, ganando en velocidad. Mientras Persevante iba del paso al trote, pensó un instante en Jimena y las niñas antes de olvidarlas. Allí a donde se dirigía no podían acompañarlo. Era incluso peligroso llevarlas, distraían su atención, lo debilitaban. Hacían pensar en la vida, en desear conservarla a toda costa y ese pensamiento liquidaba a cualquier guerrero: era el principal obstáculo para permanecer vivo. Se lo había dicho un veterano en vísperas de Graus: el truco en el oficio de las armas, es aceptar que ya estás muerto, asumirlo con indiferencia, así acudes a la cita ligero de espíritu y de equipaje , con menos inquietudes y más oportunidad de que Dios, amigo de llevar la contraria, te lo aplace.
Pensar e Interrumpirse: Mi gente es disciplinada, sólida y de fiar. Sabe cargar sin descomponerse y está bien mandada. Cuatro de cada cinco hombres son gente veterana. Y, por otra parte…
Volvió a interrumpirse, cauto. Las ideas deben cocinarse despacio y no en la cabeza sino en la del otro. Era necesario darle tiempo para que todo encajara de modo conveniente,
Cuatro esposas: Para el amor lo mejor por temperamento es una bereber; para tener hijos una andalusí, y para llevar bien la casa, una cristiana.
Lo dejó ahí como para que su interlocutor reflexionará sobre ello. Rui Díaz asentía,
Pero el Corán permite cuatro, objeto
Ahí es donde entro yo…, o entraba, mientras vivió mi esposo. La cuarta es la mujer que echa a patadas a las otras tres.
¿Eso hicisteis?
Más o menos, mi esclavitud conyugal fue soportable e incluso dulce a veces. Mi esposo era un buen hombre de muy noble familia.
Orinar antes: Ardía, medio extinguida -a quienes había calentado ya estarían muertos-, una pequeña fogata veinte pasos tras los árboles, y se perfilaban los hombres en su lejana luz, orinando todos antes de montar. Nada de vejigas llenas cuando podían abrirselas de una lanzada.
Parecidas: dos o tres merodeadores se movían entre ellos, furtivos como cuervos, buscando identificar enemigos para degollarlos, si seguían vivos y quitarle cuanto de valor llevaran encima. Incluso despojaban a los del propio bando, si estaban muertos o a punto de estarlo y no tenían amigos cerca. Había ya media docena de cadáveres desnudos, iluminados por el sol declinante de la tarde.
Nada se parecía tanto a una derrota, pensó Rui Díaz, como una victoria.