LIBRO MANIAC, de BENJAMIN LABATUT

Leido en 2024

 

La Turbulencia: la turbulencia es omnipresente en la naturaleza, tan común. De hecho que es posible que, incluso los niños que sumergen sus cabezas en los alocados remolinos de un riachuelo, posean algún grado de conocimiento. Es uno de los grandes misterios de la física clásica, es un inexplicable fenómeno que hace que un líquido que fluye suavemente, se transforme, de súbito, en un caos salvaje de torbellinos, desplazándose en tantas direcciones a la vez que ningún modelo matemático es capaz de predecir su movimiento.

También rigen para  el torrente sanguíneo que los corazones impulsan por las venas; se puede manifestar en las sustancias más comunes, invocada por una gota de leche dentro de una taza de café, o una simple bocanada de humo, y sin embargo matemáticamente es desconcertante y misteriosa. Algunas de las mentes más brillantes de la humanidad habían tratado de domarla, sin éxito.

Esperanza en los creyentes: Paul Ehrenfest le dijo a su alumno que, si bien él mismo había perdido la fe cuando era muy joven, siempre había apreciado a los hombres piadosos como Rutgers, y no se habría sentido capaz de sobrevivir sin tener una relación constante con individuos activamente religiosos, puesto que hay una pequeña medida de esperanza en la creencia que ciertas personas tenían de un orden sagrado que sostenía al mundo entero, aunque fuese ingenua y no tuviese ninguna base real.  Paul no solo apreciaba su cariño, sino que pensaba que todos los buscadores de la verdad formaban una especie de asilo para las almas perdidas, un refugio le dijo,  el fogón del hogar que hemos perdido producto de la influencia destructiva de la razón que ha arruinado nuestra capacidad para vivir.

Einstein y Godel: en el mundo científico, Kurt Godel era considerado un dios. Cerca del final de su, vida, Albert Einstein confesó que su propio trabajo ya no le importaba mucho pero que continuaba yendo al Instituto de Estudios Avanzados, solo para tener el privilegio de caminar hasta su oficina con el lógico austríaco a su lado.

Estaban unidos por una enorme afinidad; Godel era,  probablemente, el único hombre vivo que se sentía con derecho a cuestionar al mayor físico del siglo 20. Como regalo por el cumpleaños de Albert, el austriaco calculó una solución a las ecuaciones de campo de la relatividad general,  que daba como resultado un universo en el cual era posible viajar hacia atrás en el tiempo. Una idea que sin duda era atractiva para Godel, quien solo había sido feliz siendo un niño pequeño. Ya había tenido ataques de paranoia en Europa, pero fue en América donde su mente empezó a resquebrajarse hasta el punto de que no era capaz de percibir más que una versión torcida y deformada de la realidad. Desarrolló un severo trastorno alimentario;  subsistía a base de una dieta de mantequilla, comida para bebés y laxantes. Empezó a ver fantasmas y espectros, y llegó a estar convencido de que otros matemáticos querían asesinarlo para vengarse de la incertidumbre que el había introducido en su mundo. Usarían los gases de su refrigerador o quizás envenenarían su comida, así que se negó a tocar cualquier alimento que no hubiese preparado su esposa, o que ella al menos hubiese probado antes para confirmar que era seguro.

Se ha escrito mucho sobre el deterioro mental de Godel, pero casi todo el mundo coincide en que su forma particular de paranoia, no fue solo la causa de su desgracia, sino también la fuente de sus increíbles descubrimientos. La lógica y el pensamiento lógico estaban inextricablemente ligados a su delirio; porque en cierto sentido la paranoia es una lógica salida de control. “El caos es solo una apariencia equivocada” escribió Godel,  y estaba convencido de que todo aquello que consideramos aleatorio e irracional, responde a un orden oculto que no logramos ver debido a nuestra perspectiva limitada.

EE.UU y su crueldad: Janos Von Neumann (un ser dotado de un cerebro tan extraordinario que sus colegas matemáticos lo consideraban el próximo paso de la evolución humana), Johnny como se había cambiado el nombre al llegar a América,  amaba América casi tanto como yo la despreciaba. Ese país le hizo algo;  todo ese optimismo exasperante y simplón,  la alegre inocencia bajo la cual esconde su crueldad sin límites,  sacó lo peor de él,  un demonio oculto, un deseo secreto que la pesadilla le susurró al oído y que él jamás confesó en voz alta. No era el mismo que en Europa, era  otro hombre muy distinto del que yo me enamoré. América gatillo un cambio en su interior, una reorganización química o eléctrica de su cerebro,  y como yo me había casado con él principalmente debido a la cualidad excepcional de ese órgano – incluso podría decir exclusivamente si casi no tenía otros encantos-  fue una verdadera tragedia y el principio de los peores años de mi vida y de los mejores. Es difícil separarlos cuenta Klara Dan esposa de Von Neumann.

Vida afortunada: Johnny tuvo una vida afortunada, sin angustias, sin conocer el fracaso; y por ende no entendía las inseguridades que torturan al resto del mundo, nuestras incertidumbres,  la incomodidad,  la falta de autoestima que atormenta a las personas comunes y corrientes le eran ajenas,  porque siempre fue más inteligente y mejor que los demás.

Visión de una europea sobre la USA de los años 50:  viajaba con Johnny visitando pueblos y pequeñas ciudades, donde yo debía saludar a mujeres que tenían una eterna sonrisa dibujada en sus rostros, mordiéndome la lengua, mientras oía a hombres ignorantes, presumir de su ignorancia en cafeterías, bares y restaurantes; ni un soplo de cultura en todo ese maldito país, solo esposas sumamente felices, hablando maravillas de sus electrodomésticos, y exhibiendo su fervor patriótico a toda prueba,  mientras sus maridos imbéciles, montaban encima de sus cortadoras de pasto con una botella en cada mano.

La teoría de los juegos y Von Neumann: Óscar Morgenstern comentaba sobre Von  Newman que el trabajo conjunto que habían realizado, le entregó algo nuevo y bastante único al mundo:  un fundamento matemático para la economía. Sentía como si hubiésemos alcanzado el Santo Grial : “jamás pude hacer nada que se comparase con aquello,  pero eso solo se aplica a mí claro,  porque para Johnny supuso un logro más en una vida que estuvo repleta de ellos. En el corazón de nuestra teoría estaba su prueba del teorema minimax. Von Neumann demostró matemáticamente,  que siempre hay un curso racional para la acción en los juegos de 2 jugadores, si es que – y aquí está la trampa –  sus intereses son diametralmente opuestos. Construimos todo en función de esa prueba,  creando ecuaciones para analizar juegos con múltiples jugadores,  donde los intereses pueden estar superpuestos, y logramos fundar un marco teórico aplicable a casi cualquier tipo de conflicto humano. Nuestra intención era que el libro lo usarán principalmente los economistas,  pero nadie lo adoptó más rápido y con mayor fervor que los maestros de la guerra.

A los estrategas militares,  la teoría de los juegos les cayó del cielo, como el regalo de los dioses, porque nuestro trabajo les ofrecía, al menos en principio, una forma racional de planificar y ganar sus guerras; y eso fue un deleite para Johnny, que era cualquier cosa menos pacifista,  y no dudó un segundo cuando el primer think thank del planeta, la Corporación Rand lo reclutó para que desarrollara aplicaciones bélicas de nuestro trabajo.  En el año 1947, fue uno de los primeros en proponer que Estados Unidos lanzara un ataque nuclear sorpresa contra la Unión Soviética,  no porque odiase a los comunistas – aunque sí los detestaba -,  sino porque estaba convencido de que era la única forma de prevenir la Tercera Guerra Mundial. Y nuestra teoría. o al menos su interpretación de ella,  lo apoyaba. “Si ustedes me dicen que los bombardeamos mañana,  yo le digo que lo hagamos hoy; si ustedes me dicen hoy a las 5 yo digo porque no a las 3.” Eso fue lo que Johnny le respondió a un periodista de Life. Pero detrás de esa horrorosa ligereza y falta de seriedad,  estaba la profunda convicción de que para alcanzar la paz, debíamos desatar una tormenta nuclear que destruyera por completo a la URSS antes de que ella pudiese desarrollar sus propias armas atómicas.

El futuro que él imaginaba,  una vez que se disipará la radiación nuclear y contabilizáramos a los muchos millones de muertos, era una larga pax americana. un periodo de estabilidad más extenso que cualquiera que el mundo haya conocido a costa de un precio descomunal. La frialdad de su  razonamiento, sigue contando Morgenstern, me parecía salido de una pesadilla,  pero Johnny no lo veía así en absoluto.  Me dijo que se analizaba la situación lógicamente, utilizando los modelos que habíamos creado,  un ataque nuclear preventivo no solo era la solución óptima sino que era la única solución totalmente racional y por ende la que debíamos adoptar.

Pero las cosas cambiaron en 1949. Solo 4 años después de la aniquilación de Hiroshima y Nagasaki, los soviéticos obtuvieron la bomba y en 1953 ya tenían más de 400 ojivas,  por lo que cualquier ataque nuclear de América tendría una respuesta inmediata.  Las ideas de Johnny, o al menos una versión de ellas,  llegaron a ser dominantes durante el terrorífico equilibrio de la guerra fría.  Enfrentados a un dilema sin solución, el Pentágono,  la CIA,  la RAND, y muchas otras agencias empezaron a simular escenarios de guerra cada vez más complejos, todos basados en nuestro esquema de pensamiento.

Los húngaros, marcianos: Eugene Wigner decía que,  nosotros los marcianos, jugamos un rol desproporcionado en el programa nuclear estadounidense. Así nos llamaban tras el chiste que hizo Fermi,  cuando le preguntaron si los extraterrestres eran reales: “claro que lo son,  y ya viven entre nosotros solo que se llaman húngaros”;  les parecíamos alienígenas y quizá lo fuéramos. Cómo es posible que un país tan pequeño, rodeado como lo estaba por enemigos en todos sus flancos, y dividido entre imperios rivales,  produjera tantos científicos extraordinarios en tan poco tiempo. A Leo Szylard se le ocurrió la idea de la reacción en cadena,  que nos llevó a la bomba atómica mientras cruzaba una calle en Londres en 1933,  y luego patentó el primer reactor nuclear.  Von Kárman era un virtuoso del vuelo supersónico y de la propulsión a cohete, por eso fue clave para el desarrollo de los misiles balísticos internacionales; yo mismo lideré el equipo que diseñó los reactores necesarios para convertir uranio en plutonio enriquecido apto para armas nucleares; y Teller tiene la dudosa distinción, y que no carece de fundamento,  pero que ha sido enormemente exagerada,  de ser considerado como el padre de aquel Dios de la muerte destructiva de mundos, la bomba de hidrógeno.  Por todo aquello, Janos Neumann, el más alienígena de nosotros, inventó su propio apodo sardónico para referirse a nuestro grupo: “los jinetes húngaros del apocalipsis”.  El creía que los fabulosos logros intelectuales de nuestro país, no eran producto de la historia del azar o de cualquier tipo de iniciativa pública,  sino debido a algo más extraño y fundamental: una presión ejercida sobre todo a la sociedad de Europa Central, una sensación subconsciente de extrema inseguridad que afectaba a cada individuo,  y que dio como resultado la necesidad de producir algo extremadamente inusual o enfrentarse a la extinción.

Las Preguntas y la IA: el comienzo, Nils Aal Barricelli, estaba tan encantado con Von Neumann:  venía a su Instituto en mitad de la noche y me diseccionaba el cerebro; era fácil distinguir la calidad de su pensamiento por el tipo de cosas que quería saber. Las preguntas son la verdadera medida de un hombre, y en cuanto pude explicarle la simbiogénesis, empezamos a conversar con libertad. Me preguntó si había oído hablar de las máquinas oráculos; creo que aquello fue una especie de prueba. Por suerte yo conocía lo que Turing había escrito sobre aquellas máquinas en su tesis de doctorado, cuando solo tenía 26 años. Eran computadoras comunes y corrientes, que funcionaban como todos los aparatos modernos,  siguiendo un conjunto de instrucciones precisas de manera secuencial.

Pero Turing se había dado cuenta, luego de estudiar a Godel, y el problema de la parada,  de que ese tipo de dispositivos tendrían ciertas limitaciones irremediables,  por lo que algunos problemas quedarían siempre fuera de su alcance, y esa debilidad esencial lo torturaba.  Turing quería algo diferente: una máquina con el poder de mirar más allá de la lógica, y comportarse de forma similar a los seres humanos,  que poseen no solo inteligencia sino también intuición. Así que soñó con una computadora capaz de realizar algo equivalente a nuestros corazonadas,  como la Sibila, en su extática embriaguez. LLegado a cierto punto en sus operaciones,  el dispositivo daría un salto no determinista. Al final,  agregaba que no nos adentraremos más en la naturaleza de ese oráculo salvo para decir que nunca podría hacerlo una máquina.

A Von Newman, le obsesionaba esa frase: ¿porqué Turing había decidido ser tan poco explícito al respecto de una de sus ideas más extrañas? su descripción completa no alcanzaba a llenar una página,  y casi la mitad está dedicada  a otras materias. Media página,  un puñado de párrafos,  pero la noción sugerida allí, de una máquina que podía superar los límites de la lógica, para ver más allá de problemas no computables o indecidibles,  se había apoderado del matemático húngaro. ¿Acaso era la ruta que debíamos seguir? me preguntó.  ¿Turing había sobrepasado a Godel, hallando un método para huir de la jaula de acero de los sistemas formales?.

Un descubrimiento así, tendría el potencial para empujar violentamente a la computación en una dirección nueva e inesperada.  Estas fantasías de Von Neumann, me dejaron completamente confundido y no quise siquiera considerarlas,  aunque debo admitir con vergüenza,  ahora que conozco su verdadero carácter y su inclinación al saqueo,  que me produjo cierto orgullo escuchar a ese gran hombre confesarme sus ideas,  y por eso mismo le di el beneficio de la duda.

Volver a inventar a los Dioses: ¿acaso Von Neuman-  que se alzaba sobre todos como un titán- , pero que ahora parece haberse encogido en la memoria de nuestra especie  a un tamaño acorde de su alma corrupta,  tuvo intenciones similares a las mías? decía Barricelli, o, ¿ simplemente jugó – como era su placer y costumbre – con fuerzas que estaban más allá de su comprensión y control? Debo admitir que,  aquel hombre que admiré y luego aborrecí,  sí poseía una visión personal,  una pequeña medida del verdadero propósito,  porque una vez,  cuando aún estábamos colaborando,  le pregunté de qué manera pensaba unir sus ideas sobre la computación, las máquinas autoreplicantes, y los autómatas celulares,  con su nuevo interés por el cerebro y los mecanismos del pensamiento. Su respuesta me ha acompañado durante décadas, sin perder lustre entre mis recuerdos,  y aún vuelve de tanto en tanto para acosarme, cada vez que alguna ocurrencia casual trae su detestado nombre a mi memoria:  “los hombres de las cavernas inventaron a los dioses,  me dijo,  no veo nada que nos impida hacer lo mismo.”

 

 

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