En este espacio, me complace compartir mis impresiones y reflexiones sobre los libros que he tenido el privilegio de leer. Desde clásicos atemporales hasta las nuevas novedades literarias, cada obra ha dejado una huella única que describo desde la perspectiva del lector. Por Roque Luis Cassini.
LOS DIAS DE LA VIOLENCIA, de EDUARDO SACHERI
LOS DIAS DE LA VIOLENCIA, de Eduardo Sacheri
Leído en 2024
San Martín y Bolivar, porque se retiró San Martin: Mientras Bolívar cuenta con una enorme estructura estatal que lo respalda (la Gran Colombia conformada por Venezuela, Colombia y Ecuador), San Martín quedó colgado del pincel luego de la batalla de Cepeda (Una vez caído el Directorio de Buenos Aires no tiene una autoridad que lo respalde y, cosa más grave, que lo financié). Bolívar puede reunir enormes recursos humanos y materiales, en todos esos territorios que le obedecen. San Martín llega contando moneditas y no tiene a quién solicitar refuerzos ni aportes adicionales. De ahí que San Martín haga mutis por el foro y Bolívar encare la última etapa de la Guerra de la Independencia.
Su lugarteniente. Antonio José de Sucre, comanda las tropas revolucionarias en la última gran batalla de la Independencia sudamericana: Ayacucho, en diciembre de 1824. Como homenaje a Bolívar, el Alto Perú al declarar su independencia, toma el nombre de República de Bolívar, en unos meses modificada a Bolivia.
Los burgueses: En Europa estallan diversas revoluciones conocidas como “revoluciones burguesas». Sucede en 1820, de nuevo en 1830 y de nuevo en 1848. Se las conoce como “burguesas” porque sus protagonistas más notorios son burgueses. ¿Y quiénes son los burgueses?. Déjame probar de definirlos por lo que no son. No son nobles, pero tampoco son campesinos. Ni son obreros, ni son pobres. Viven en las ciudades (de ahí lo de burgués, por los Burgos) y están en el medio, entre los privilegiados por un lado y los pobres por el otro. Si tenés una fábrica, o una profesión universitaria (abogados y médicos son casi las únicas), o te dedicas a la banca, pero también si tenés un pequeño comercio, sos un burgués. Fíjate que es un grupo muy heterogéneo, es decir puede ser muy rico o escapar por poco de la pobreza, y en los dos casos sos burgués.
¿Cuando arranca el voto en la Argentina?: La ley Sáenz Peña de 1912 establece el voto obligatorio, que hasta ese momento era optativo, pero el voto universal no arranca en 1912 sino casi un siglo antes, en la ley bonaerense de 1821 ya todos los hombres libres pueden votar; no importa si son cultos o analfabetos, no importa si son ricos o pobres, no importa si son blancos, mestizos o negros. Y la mayoría de las provincias establecen criterios igual de amplios para el derecho electoral-
Lo lamentamos por los amantes de la épica, pero hay más: la élite gobernante no solo tolera que participe mucha gente en las elecciones: lo desea, lo necesita. El hecho de que vote mucha gente es una manera de involucrarla, y de dar solidez a instituciones muy jóvenes y, necesariamente muy frágiles. Al principio, si sos miembro de la élite y necesitas dirimir los conflictos de poder con tus pares, no hay mejor herramienta que mostrarles a tus rivales que vos estás ahí, ocupando ese cargo, no porque se te canta, sino gracias al voto de muchos ciudadanos. En otros términos, el espíritu de la época es exactamente lo opuesto a esas interpretaciones anticuadas de “pueblos marginados y sometidos”. Los sectores populares están muy involucrados en el sistema político, de maneras diversas que iremos intentando explicar a lo largo de estas páginas. Pero nada de meros instrumentos de los poderosos.
Porque la Guerra de Secesión: En 1861 algunos Estados miembros de la Federación, que no están contentos con el rumbo que está tomando el gobierno federal deciden lo siguiente: ¿saben qué?, nos retiramos, de ahora en adelante formaremos una Unión aparte que será nuestra propia Confederación. El gobierno federal se niega a esta separación (o secesión). La respuesta será: “no chicos, ustedes no forman parte de una Confederación de la que salen cuando quieren, ustedes como nosotros, forman parte de una Federación y el gobierno federal no los autoriza a cortarse solos. Ese es el comienzo de la Guerra de Secesión entre el gobierno federal y los Estados Confederados; cuando el gobierno federal triunfe en la guerra en 1865, esos estados serán obligados a regresar a la Unión. Punto.
Préstamo Baring y la Enfiteusis: En cuanto a la dureza de las condiciones del préstamo, es lícito considerar que fueron antipáticas pero uno también puede pensar que el flamante país, (por decirlo suavemente) que recibiría el dinero tampoco lucía la apariencia de “estos tipos te van a pagar hasta el último mango, quédate tranquilo, Baring Brothers. Y un principio básico del capitalismo es: a mayor riesgo mayores tasas de interés. Puede gustarte o indignarte pero así funciona. Y si queremos hilar más fino todavía podríamos agregar que un par de años después, cuando efectivamente el empréstito no se pague, la Casa Baring entrará en una crisis terrible. Con lo cual tampoco cuadra tanto esa imagen de “malditos buitres que siempre quisieron medrar con nuestro sudor”.
Revisemos qué impacto tuvo la Ley de Enfiteusis en los debates de la época; si lees los discursos o los editoriales de los diarios, notas que no despertó mayores oposiciones. Sus contemporáneos, oficialistas y opositores no lo interpretaron como una maniobra para enriquecer a los banqueros extranjeros. Del mismo modo que la contratación del empréstito, que tampoco despertó mayores críticas, no fue vista como un acto de entrega humillante a los intereses nacionales.
Es cierto que el Empréstito no se pagó sino hasta muchos años después, pero eso no tuvo que ver con las condiciones pactadas, sino con la distancia abrumadora entre lo que pensaban hacer con la guita y lo que efectivamente hicieron. El plan inicial: construir un puerto nuevo en Buenos Aires y desarrollar otras obras de infraestructura y pagar las cuotas gracias al aumento del tráfico comercial de ese mismo puerto nuevo. Lo que terminaron haciendo: usarlo para pagar la guerra contra Brasil. Una especie de fogata enorme en la que se vieron obligados a quemar cualquier cantidad de recursos en soldados, ganados armas y dinero del empréstito incluido.
La Ley de Capitalización de 1826: El año 1826 se abrió, políticamente hablando, con la Ley de Presidencia y la designación de Rivadavia en ese cargo. Los unitarios habrían podido concluir: avanzamos muy de repente ahora frenemos un poco para que la oposición no chille. Pero no es eso lo que hacen. Al mes siguiente de la Ley de Presidencia, el Congreso aprueba otra ley que levantará, ahora sí, una polvareda impresionante.
La Ley de Capitalización, dictada en marzo de 1826 establecía que las autoridades nacionales, que hasta ese momento convivían en la ciudad de Buenos Aires con el gobierno provincial de Las Heras, necesitaban disponer de un territorio propio bajo su exclusiva jurisdicción. Por lo tanto se convertía en Capital una amplia franja costera de la provincia de Buenos Aires con epicentro en la propia ciudad. El puerto, naturalmente quedaba dentro de la Capital y bajo la autoridad presidencial y la Aduana, junto con el puerto. El resto de la provincia de Buenos Aires (eso se aclaró en una ley adicional), sería dividido en dos nuevas provincias. De paso, las actuales autoridades provinciales, el gobernador Las Heras y la legislatura quedaban disueltas como tales.
Esta es la ley que hace saltar por el aire la alianza entre los rivadavianos y la élite económica y social porteña, que venía funcionando desde los días de Martín Rodríguez en el Partido del Orden. Esa elite no tiene la menor intención de perder el control de esas dos llaves, que son claves en su prosperidad: el puerto y la aduana. Ni que queden desconectadas en jurisdicciones diferentes las tierras de producción ganaderas y el canal comercial y financiero que la sustenta de la ciudad.
Sumemos a la ira de la élite, la indignación de los sectores populares, que no está motivada por el interés económico directo (aunque es de suponer que seguir sumando inestabilidad a una economía ya golpeada por la guerra y el bloqueo, empeora la situación cotidiana de esos sectores populares), sino más bien por cuestiones emocionales. Los sectores populares viven esa “muerte” de la provincia de Buenos Aires como una humillación, un ataque a su orgullo. Los líderes federales porteños buscan capitalizar, con Dorrego a la cabeza, el descontento generalizado: aducen que esa medida seguramente molestará a las demás provincias. En realidad, bien mirado, las otras provincias no tendrían por qué oponerse a la medida porque ahora sí los recursos del puerto van a utilizarse en el conjunto. No es en ellas donde debe buscarse la oposición a esta ley, sino en la propia provincia de Buenos Aires que se niega a inmolarse en el altar de la unificación liderada por Rivadavia.
Primera mención oficial de “República Argentina”: Una identidad Argentina se iba abriendo paso y conviviendo con la identidad local, el “pago chico”. Y con la continental, hispanoamericana. Pues bien. El texto de esta Constitución de 1826 nombra a este nuevo Estado que pretende edificar y gobernar como “República Argentina».. Interesante.
Sin embargo, desde el principio. la Constitución es letra muerta. Aunque se envían emisarios del Congreso a las provincias junto con el texto constitucional para que expliquen su contenido, son pésimamente recibidos, cuando no expulsados de antemano. El interior, además, se halla sumido en guerras civiles por culpa de esa dinámica de contagios interprovinciales que se describió más arriba.
El Gobierno de Rivadavia agoniza en soledad y solo necesita un golpe de gracia para extinguirse por completo. Y ese golpe le viene dado por la guerra contra Brasil. O mejor dicho no por la guerra sino por la paz.
La guerra contra el Brasil: Es cierto que en febrero del nuevo 1827, las tropas de las Provincias Unidas obtienen la resonante victoria de Ituzaingó, pero esta batalla tampoco es decisiva. Por un lado las tropas entrerrianas y correntinas desertan permanentemente, por el otro las fuerzas orientales están más atentas a saquear los sectores ganaderos riograndenses (para reconstruir los de la Banda Oriental previamente expoliados), que a perseguir a los brasileños en retirada, y como para terminar de complicar la situación la flota brasileña despedaza a la de Brown, en abril de 1827 en la batalla de Monte Santiago.
Ese es el contexto en el que Rivadavia envía a Manuel García a negociar la paz con Río de Janeiro. No solo Rivadavia entiende que debe llegar rápidamente a la paz, Gran Bretaña piensa lo mismo por varios motivos. El más importante, que su principal mercado sudamericano, el Brasil, cierre el episodio de esa guerra extenuante. También le interesa que se levante el bloqueo de Buenos Aires y de Montevideo y que se ponga fin a la guerra de corso (una especie de piratería con licencia que perjudica su navegación).
Según una antigua teoría conspirativa muy arraigada, Gran Bretaña diseñó el tratado de paz a su medida, creó Uruguay como país independiente para internacionalizar el Río de la Plata, salvó a Brasil de una derrota ignominiosa y manipuló al Gobierno de Rivadavia, sin pudor y sin dificultad, porque el elenco gobernante porteño estaba formado por un conjunto de cipayos bastante tontos.
Ahora bien, si uno rasca la superficie del asunto y se sustrae al atractivo epidérmico que siempre ejercen las teorías conspirativas, se encuentra con que a los ingleses cualquier pan les venía bien: le da lo mismo si la Banda Oriental se incorpora a las Provincias Unidas, o si se convierte en un estado independiente, o si queda para Brasil. Lo que les interesa es que la paz regrese de inmediato.. Nuestra explicación es menos emocionante que aquella teoría conspirativa. Paciencia. Algún día podríamos dedicar un capítulo de estos libros a pensar dónde radica el atractivo de estas teorías, creo que viene por el lado emocional, sin duda. Que alguien inicie una argumentación diciéndote: “he vivido engañado, EL MAL no quiere que sepa la verdad, ahora venimos nosotros a develar el engaño, es una premisa narrativa excelente. Lo escribo y pienso en la estupenda película Matrix. Ese es su postulado argumental: ha vivido engañado y conectado a una máquina del MAL, no quiere que ssepa que el mundo es una virtualidad que te mantiene en un sueño melancólico y que se te nutre de tu energía. Para una película me parece estupendo, para estudiar historia no.
Porque eso de que la paz salva a Brasil de una derrota ignominiosa también es muy discutido y discutible. Podés ganarle un par de batallas, pero de ahí a obligarlos a rendirse hay un mundo de distancia y eso de que los uruguayos si fuera por ellos habrían querido ser una provincia argentina, también es recontra discutible. La Banda Oriental llevaba muchos años evolucionando de manera distinta y muchas veces opuesta a la política porteña. Y sus intereses divergían claramente de los de la antigua capital virreinal.
El asunto es que el amigo García se excede por completo de sus instrucciones, y acepta firmar una paz preliminar en la que acuerda que la Banda Oriental permanezca bajo dominio brasileño. ¿Lo hace por ingenuo?, ¿lo hace por interés personal?, ¿lo hace para perjudicar a su rival Rivadavia?. No podemos asegurarlo, pero lo hace.
Cuando esa noticia llega a Buenos Aires, el escándalo es de tal magnitud que el Gobierno de Rivadavia tiene los días contados. No alcanza con que el presidente manifieste su indignación y desautorice de inmediato a su alocado negociador. El daño está hecho. Pensemos que este no es el único incendio que tiene que atender Rivadavia: también están las guerras civiles en el interior, el rechazo de la Constitución y el caos político en la propia Buenos Aires.
Así es como Rivadavia renuncia a su cargo en junio de 1827.Tras su renuncia, es todo el edificio político construido por los unitarios el que se derrumba. Se disuelve la Presidencia, se disuelve el Congreso y se restituye la provincia de Buenos Aires (recordemos que había dejado de existir). Repuesta la Sala de Representantes, deberá elegir al nuevo gobernador. La designación recae en Manuel Dorrego.
De donde viene el término “montoneros”: Bueno, las guerras posteriores, esas que ocupan el centro de las décadas de 1820, 1830 y 1840 suelen enfrentar a ejércitos mucho menos numerosos, mucho peor armados, mucho menos organizados. Si tuviéramos que simplificarlo al extremo: un montón de gauchos a caballo de este lado contra un montón de gauchos a caballo del otro lado, que se lanzan al entrevero y que Dios los ayude. Eso del “montón de gauchos” no lo escribo así porque sí, sino porque de esa manera de pelear en montón, viene el término “montonera” justamente. ¿Cuántos pelean?: unos cuántos cientos como mucho por bando. ¿Con qué armas?, en general con chuzas, una lanza hecha con asta de madera y punta de metal, y facón para el enfrentamiento cuerpo a cuerpo. ¿Con qué estrategia de batalla?. Uno de los dos montones se lanza contra el otro montón al galope tendido encabezado por sus jefes. Eso de los jefes al frente es muy importante, porque hay una cosa personal, física y simbólica, en el liderazgo. Victorias y derrotas se deciden en buena medida, por la presencia de ánimo para protagonizar esas cargas o para aguantarlas, según les toque. Las armas de fuego son pocas, cuando no inexistentes y las que hay son antiguas y muy difíciles de recargar, con lo que suelen efectuar un único disparo. De las dichosas tres armas de los ejércitos de la independencia, la infantería y la artillería son mucho menos importantes que antes, y la decisiva es la caballería.
Apostólicos y cismáticos: A fines de 1832 se vuelve candente el tema de las facultades extraordinarias para Rosas. Hay dos grupos que están de acuerdo en la reelección de Rosas para un nuevo mandato; en lo que no están de acuerdo es en renovarle otra vez las facultades extraordinarias. Cuando llega el día de la votación, el resultado es claro: votan por su reelección 26 de 29 diputados. Pero la eventual renovación de las facultades es derrotada 19 a 7. El mensaje es muy fácil de entender: quédate como gobernador pero aceptando los límites de la ley
¿Y cómo reacciona Rosas?. El Restaurador responderá “no gracias, sin facultades extraordinarias me voy a mi casa.” En ese momento nadie se rasga las vestiduras. La Legislatura elige en su reemplazo a Ramón Balcarce, identificado con ese otro grupo de federales. A medida que las dos facciones del federalismo van enfrentándose y separándose de manera cada vez más clara y evidente, empiezan a recibir nombres identificatorio. Cosa lógica. Los federales que aman a Rosas comienzan a ser nombrado como “apostólicos». Los que se le plantan desde la vereda de enfrente serán conocidos como “cismáticos”. Reparemos en el carácter religioso de las denominaciones. Eso de cisma alude a cuando los protestantes se separaron del tronco de la Iglesia de Roma. Y en un país tan católico como es la incipiente Argentina, decir cismáticos es decir rebeldes, separatistas, herejes. Es un modo indirecto de indicar que la verdadera fe es la de los seguidores de Rosas. Empieza el fanatismo y la otra grieta, ahora entre los mismos federales, deporte nacional esto de la grieta. (RLC)
Rosas y el nuevo orden conservador: El Restaurador de las Leyes en su sabiduría posee el perfecto conocimiento de lo que es bueno para la comunidad. ¿Por qué esa imagen del “Restaurador”?. Restaurar significa reparar, recuperar, volver a poner algo en el estado en el que supo estar en el pasado. Esa restauración tiene mucha nostalgia por lo antiguo. Rosas encarna los valores de un mundo rural estable, armónico en el que se respeta la propiedad (no esa propiedad absoluta moderna sino una propiedad matizada, que incluía zonas grises de convivencia entre propietarios y ocupantes que se van asimilando de a poco a la categoría de propietarios), y las viejas jerarquías. La revolución trajo la Independencia y eso es bueno, pero trajo también el desorden, la discusión permanente y eso es malo. El orden rosista rechaza los valores liberales que entre 1810 y 1830 habían ido arraigando en la cultura política: la división de poderes, el retroceso del poder eclesiástico, la competencia electoral, el derecho de las minorías a expresarse y a criticar al gobierno, son vistos por el rosismo como elementos disolventes. Con el Restaurador ninguna de esas novedades es necesaria, al contrario son nocivas. Quienes han defendido la introducción de esas novedades son enemigos del orden, enemigos de la paz, y deben ser extirpados de la sociedad. No son meros opositores, son enemigos de todo lo bueno. Son la suma del mal. Rosas hará confluir en el concepto de «unitario». todos los vicios, todos los defectos. Todos los peligros.
Esta es la razón de que Rosas porfíe en seguir tildando de unitarios a todos los opositores. Vacía el concepto de su significado original y vierte en ese concepto, ahora vaciado, otros significados, más morales que políticos, para que sea el equivalente de la encarnación del mal. Si el líder sabe a la perfección lo que es bueno para la sociedad, quienes se oponen al líder están, en realidad, oponiéndose a la sociedad toda. Y por eso no merecen ser parte del cuerpo social. Hay que extirparlos, con el exilio, la cárcel o el degûello. Todo aquel que ose oponerse al Restaurador es, sin más, un unitario. Y en tanto unitario es un salvaje, un inmundo. Y un impío. Con esto de la impiedad regresa, potenciado al slogan de “Religión o muerte” qué había levantado Quiroga una década antes.
Vimos que las reformas rivadavianas habían estado lejos de ser un ataque a la religión católica. Y sin embargo, la propaganda rosista, a pura fuerza de machacar con el concepto, impone la idea de que los opositores a Rosas son, además, enemigos de la fe católica que profesa la mayoría de esa sociedad criolla.
Rosas les da mucha importancia a las palabras. En su correspondencia es muy específico sobre cómo quiere ser invocado: “Padre de los pobres” o “Restaurador de las Leyes” son algunas de las invocaciones que prefiere. Y para sus opositores, vengan del palo que vengan, elige llamarlos “decembristas unitarios”. Lo de decembristas es por el golpe de Lavalle contra Dorrego, fusilamiento incluido, de 1828.
Rosas y las Malvinas, ¿como se entiende?: No está de más repetirlo: entender el pasado no es sinónimo de sumergirnos en las aguas de la épica retrospectiva. No hace falta, es más, puede resultar perjudicial. Un ejemplo al paso: hacia 1840 el mismo gobierno del mismo Rosas le ordena a su enviado Manuel Moreno que explore en las negociaciones que está llevando adelante con Gran Bretaña, la posibilidad de aceptar la soberanía británica sobre las Islas Malvinas (ocupada por los británicos desde 1833) a cambio de considerar saldado el empréstito contratado en 1824 con la Baring Brothers. Entonces, ¿está Sacheri proponiendo catalogar a Juan Manuel de Rosas como un entregador, un cipayo o un vendido?. No me parecen preguntas oportunas ni conclusiones válidas.
Rosas y los rivales de Rosas son líderes que toman decisiones frente a coyunturas confusas y cambiantes como en cualquier otra época. Organizar un esquema de “buenos” contra “malos” o de “defensores de lo nacional” contra “vendepatrias” o de “populares” contra “elitistas” o de “porteños” contra “provincianos”, resulta estéril a la hora de explicar la realidad del pasado, sobre todo si el contenido moral lo establecemos desde un presente que maneja otras categorías, otras ideas y otros valores. El anacronismo es un error frecuente, pero no por frecuente resulta menos lamentable.
Las tomas de posición de los protagonistas son cambiantes, el problema no está en estudiarlas sino en cargarlas de contenido moral positivo o negativo.
Y no están ni bien ni mal que los protagonistas de la Historia hagan esas cosas, no los vuelve traidores, ni mentirosos ni falsos. No andamos estudiando Historia para ir repartiendo certificados de heroicidad o de maldad, ni armando un equipo de los “buenos” para pelear contra el equipo de los “malos”. ni erigiendo un altar para los amigos del pueblo y un infierno para sus enemigos.
No nos interesa ganar discusiones sino entender.
Pronunciamiento de Urquiza: En abrir de 1851 Urquiza envió una nota al resto de los Gobernadores. En plan “Che, hagámosle fuerza a Rosas y que se deje de jorobar postergando la Constitución”, pero no recibe mayores apoyos. El resto de las provincias tiene demasiado fresco el recuerdo de cómo la expedición de Oribe destrozó cualquier intento de resistencia al dominio rosista.
Al mes siguiente, mayo de 1851, Urquiza da un paso más en esa dirección: emite su famoso Pronunciamiento. Pongámoslo en contexto: todos los años, en uno de los habituales ritos a los que Rosas se había vuelto tan afecto, el gobernador bonaerense renunciaba a la delegación de las Relaciones Exteriores de la Confederación hecha sobre su persona por todos los estados provinciales, y todos los otros gobernadores le rogaban, imploraban y suplicaban que volviera a ocuparse de representarlos en el exterior por un año más. Bien: en 1851, cuando Rosas hace esta devolución ceremonial de la delegación de las Relaciones Exteriores, Urquiza responde en onda “Ok, de acuerdo. Quedamos así, Juan Manuel, no te ocupes más de las Relaciones Exteriores en nombre de Entre Ríos.”
Es el acabose. La furia de Rosas no conoce límites, es una provocación con todas las de la ley. Y Rosas lo sabe, y Urquiza también. Y todo el resto de los gobernadores ídem. Queda claro que la lanza está clavada y que se avecina otra vez la guerra.
El 9 de julio de 1851, Rosas aprovecha la conmemoración de la fecha patria para organizar en Buenos Aires una enorme demostración de fuerza. Tiene lugar un grandioso desfile militar, acompañado de una participación popular masiva. La verdadera exhibición de poder a la que asisten diversos gobernadores, junto con enviados de las provincias, jefes militares, clérigos y magistrados que hacen fila para manifestarle su lealtad al “Jefe Supremo de la Nación”, “Jefe supremo de la Confederación”, «Jefe del Gobierno general”.
Notemos los apelativos que se le dedican a quién, legalmente, es únicamente Gobernador de Buenos Aires y ya que estamos con los apelativos, anotémos los muy poco amables epítetos que en las comunicaciones oficiales, los discursos y las festividades, empezarán a acompañar al apellido Urquiza: inmundo, loco, traidor, salvaje unitario. Una ternura.