LA FIESTA DEL CHIVO,

de MARIO VARGAS LLOSA

Leído en 2023

Ramfis y Radhames Trujillo, los hijos del Chivo:¿qué pasaría con este país cuando él muriera?  seguro que Ramfis,  ni siquiera tan bueno en la cama como decía la fama que los adulones le echaron encima,  ¡ se tiró a Kim Novak!, ¡ se tiró a Zsa Zsa Gabor!, ¡pasó por las armas a Dèbora Paget y a  medio Hollywood!, vaya mérito.  Regalándoles Mercedes Benz, Cadillac y abrigos de visòn,  hasta el loco Valeriano se tiraba a Miss Universo y Elizabeth Taylor!.  Pobre Ramfis. El sospechaba que ni siquiera le gustaban tanto las mujeres. Le gustaba la apariencia.  que dijeran es el mejor montador de este país.  mejor todavía que Porfirio Robirosa,  el dominicano famoso en el mundo por el tamaño de su verga y sus proezas de cabròn internacional.  ¿También jugaba polo con sus hijos allá en Bagatelle,  el Gran Estuprador?.  La simpatía que sentía por Porfirio desde que formó parte de su cuerpo de ayudantes militares,  sentimiento que se mantuvo a pesar del fracaso del matrimonio con su hija mayor, Flor de Oro le mejoró el humor.  Porfirio tenían visión y se había tirado grandes hembras,  desde la francesa Danielle Darrieux hasta la multimillonaria Bárbara Hutton,  sin regalarles un ramo de flores,  más bien exprimiéndolas haciéndose rico a costa de ellas.

 

Peròn avisa sobre los curas: ni la rata  del Palacio de Miraflores,  ni Muñoz Marín, ni el narcòmano de  Puerto Rico,  ni el pistolero  costarricense de Figueres lo inquietaban.  La iglesia sí.  Peròn  se lo advirtió al partir de Ciudad  Trujillo,  rumbo a España: “cuídese de los curas,  Generalísimo. No fue la rosca oligárquica ni  militares quien me tumbaron,  fueron las sotanas. Pacte o acabe con ellas de una vez”.  A él no le iban a tumbar. Jodían,  eso sí.  Desde ese negro 25 de enero de 1960.  Hace un año y cuatro meses exactamente,  no  habían dejado un solo día de joder. Cartas,  memoriales,  misas,  novenas,  sermones,  todo lo que la canalla en sotana  hacía y decía contra él,  rebotaban en el exterior y los periódicos,  radios y televisiones hablaban de la inminente caída de Trujillo,  ahora que la iglesia le virò las espaldas.

 

El asesinato de José Almoina y el encargado de hacerlo: Johnny Abbes Garcia, así va, aparecido por los pasillos del Palacio Nacional, esa figura desmañada, cariacontecida de ojitos en perpetua agitación. Ocupó un cargo ínfimo en la Oficina de Información.  Trujillo,  a la distancia, lo estudiaba. Así eligió un gran número de colaboradores y no le había ido mal.

Johnny Abbes García trabajó varias semanas en un oscuro despacho bajo la dirección del poeta Ramón Emilio Jiménez. Antes de ponerlo a prueba espero, sin saber que, alguna indicación del azar.  La señal vino de la manera más inesperada,  el día que sorprendió en un pasillo del Palacio a Abbes  conversando con uno de sus Secretarios de Estado.  ¿De qué podía hablar el putero,  beato y austero Joaquín Balaguer con el informante de Navajita?.

De nada especial Excelencia,  explicó Balaguer a la hora del despacho ministerial. No conocía a ese joven, y al verlo tan concentrado en la lectura, pues leía mientras iba andando me picó la curiosidad.  Usted sabe mi gran afición por los libros; me llevé una sorpresa.  No debe estar en sus cabales,  ¿sabe que le divertía tanto?  un libro de torturas chinas con fotos de decapitados y despellejados.

Esa noche lo mandó a llamar.  Abbes parecía tan abrumado – de alegría, miedo a ambas cosas –  por el inesperado honor,  que apenas le salían las palabras al saludar al Benefactor.

Hizo un buen trabajo en México le dijo éste,  con la vocecita aflautada y cortante que – igual que su mirada –  ejercía también un efecto paralizante sobre sus interlocutores.  Pienso que puede asumir tareas más serias. ¿Está dispuesto?

-Cualquier cosa que mande, Su Excelencia -, estaba quieto con los pies juntos como un escolar ante el maestro.

¿Conoció a José Almoina,  allá en México?,  un gallego que vino aquí con los españoles republicanos exiliados.

Sí Excelencia, bueno a él solo de vista pero sí a muchos del grupo con el que se reúne en el Café Comercio, “os españoles dominicanos”, se llaman ellos mismos.

Ese sujeto publicó un libro contra mí, «Una Satrapía en el Caribe», pagado por el gobierno guatemalteco.  Lo firmó con el seudónimo de Gregorio Bustamante. Después, para despistar,  tuvo el desparpajo de publicar otro libro en Argentina,  este sí con su nombre “Yo fui secretario de Trujillo”, poniéndome por las nubes.  Como han pasado varios años,  se siente a salvo allá en México, cree que me olvidé que difamó a mi familia y al régimen que le dio de comer.  Estas culpas no prescriben. ¿Quiere encargarse?.

Sería un gran honor Excelencia,  responde Abbes García de inmediato, con una seguridad que no había mostrado hasta ese momento.

Poco tiempo después,  el ex secretario del Generalísimo,  preceptor de Ramfis y escribidor de doña María Martínez,  la Prestante Dama,  moría en la capital mexicana acribillado a balazos. Hubo la chillería de rigor entre los exiliados y la prensa, pero nadie pudo probar,  como decían aquellos, que el  asesinato había sido manufacturado por la larga mano de Trujillo.  Una operación rápida,  impecable y que apenas costó 1500 dólares, según la factura que Johnny Abbes García pasó a su regreso de México. El Benefactor lo incorporó al Ejército con el grado de coronel.

La desaparición de José Almoina fue apenas una en la larga secuencia de brillantísimas operaciones realizadas por el Coronel,  que mataron o dejaron lisiados o malheridos a docenas de exiliados entre lo más vociferantes, en Cuba, México, Guatemala, Nueva York, Costa Rica y Venezuela. Trabajos relámpagos y limpios que impresionaron el Benefactor. Cada uno de ellos, una pequeña obra maestra por la destreza y el sigilo, un trabajo de relojería.  La mayor parte de las veces además de acabar con el enemigo, Abbes García se las arregló para arruinar su reputación.

 

Regalos de Ramfis: Louella Parsons, la columnista más célebre de Los Ángeles,  reveló que el hijo de Trujillo,  Ramfis,  había regalado un Cadillac último modelo a Kim Novak y un abrigo de visón a Zsa Zsa Gabor.  Un congresista demócrata calculó, en sesión de la Cámara,  que aquellos regalos costaban el equivalente de la ayuda militar anual que Washington concedía graciosamente al estado dominicano,  y preguntó si esa era la mejor manera de ayudar a los países pobres a defenderse contra el comunismo y de gastarse el dinero del pueblo norteamericano.

 

Radhames Trujillo: el segundo hijo de Trujillo, Radhames, se ganaba la vida desde hacía años sirviendo a la mafia colombiana, en algún lastimoso menester,  sin duda a juzgar por la modestia en que vivía,  actuando de correveidile de los capitostes,  alquilándoles departamentos,  llevándolos y trayéndolos de hoteles y aeropuertos,  casas de citas o acaso sirviendo de intermediario para el lavado de dinero. Trató de birlarles algunos dólares a fin de mejorar sus condiciones de vida y cómo era tan escaso de sesos, lo pescaron de inmediato,  se lo llevaron secuestrado a la selva del Darién donde eran amos y señores,  acaso lo torturaron con la saña con que él y Ramfis torturaron y mataron.

La tercera hija del Jefe, Angelita, Su Majestad Angelita I, terminó en Miami rosada por las alas de la Divina Paloma; es ahora una New Born Christian,  en una de esas miles de sectas evangélicas a las que empujan la locura,  la idiotez,  la angustia y el miedo.  Así ha terminado la reina y señora de este país , en una casita limpia de mal gusto,  de cursilería híbrida de gringo y caribeño, dedicada a labores misioneras. Dicen que se la ve en las esquinas del Dade Country, en los barrios latinos y haitianos,  cantando salmos y exhortando a los transeúntes a abrir sus corazones al Señor. ¿Qué diría de todo eso el Benemérito Padre de la Patria Nueva?

 

Dajabon y el perejil: una pregunta Excelencia,  dijo Simón Gitlleman.  colorado por las copas de champán y de vino o tal vez por la emoción: ¿de todas las medidas que ha tomado para hacer grande este país.  cuál fue la más difícil?

Te puedo responder, Simón. Trujillo adoptó la voz arrastrada y cóncava de las solemnes ocasiones,  fijó la vista en la araña de cristal de bombillas en forma de pétalos, y añadió:  el 2 de octubre de 1937 en Dajabón.

Ah, los haitianos!,  su palmada en la mesa hizo tintinear la fina cristalería, copas, fuentes, vasos y botellas. El  día que Su Excelencia decidió cortar el nudo gordiano de la invasión haitiana.

Por este país yo me he manchado de sangre afirmó deletreando.  Para que los negros no nos colonizaran otra vez.  Eran decenas de miles,  por todas partes,  hoy no existiría la República Dominicana como en 1840,  toda la isla sería Haití;  el puñadito de blancos sobreviviente serviría a los negros,  esa fue la decisión más difícil en 30 años de gobierno,  Simón.

En aquellos años, hartos de que los haitianos les quitaran el trabajo a los dominicanos, y teniendo noticias de que habían entrado a robar en una de nuestras fincas, es la gota que desborda el vaso.

Vengan aquí el Ministro de Guerra,  el de Gobierno y todos los militares presentes,  apártense los demás por favor.

A partir de la medianoche,  las fuerzas del Ejército y de la policía procederán a exterminar, sin contemplaciones,  a toda persona de nacionalidad haitiana que se halle de manera ilegal en territorio dominicano, salvo los que estén en los ingenios azucareros;  luego de aclararse la garganta paseó sobre la ronda de oficiales una mirada gris. ¿Está claro?.

La cabezas asintieron,  algunas con expresiones de sorpresa, otras con brillos de salvaje alegría en las pupilas.  Sonaron los tacones al partir.

En alguna parte leí, Su Excelencia, que usted dispuso  que los soldados usaron machetes, que no dispararan, preguntó Simón Gittleman, para ahorrar municiones.

Para dorar la píldora,  previendo las reacciones internacionales, lo corrigió Trujillo con sorna.  Si solo se usaban  machetes,  la operación podría parecer un movimiento espontáneo de campesinos,  sin intervención del Gobierno.  Los dominicanos somos pródigos, nunca hemos ahorrado en nada y menos en municiones.

Toda la mesa lo festejó con risas,  Simón también,  pero volvió a la carga

¿Es verdad lo del perejil Su Excelencia, que para distinguir a dominicanos de haitianos se hacía decir a los negros «perejil «, y que a los que no la pronunciaban bien le cortaban la cabeza?

He oído esa anécdota,  se encogió de hombros Trujillo,  habladurías que corren por ahí.

Como lo referente a los muertos, dijo burlón,  preguntà a quienes están sentados en esta mesa y oirás la cifra más diversa.Tú por ejemplo, senador,  cuántos fueron?

La oscura faz de Henry Chirinos enderezó henchido por la satisfacción de ser el primer interrogado por el Jefe. Difícil saberlo,  gesticuló como en  los discursos,  se ha exagerado mucho, entre cinco y ocho mil,  cuando más.

General Arredondo, tú estuviste en Independencia en esos días cortando pescuezos.  ¿Cuántos?.

Unos veinte mil Excelencia, respondió el obeso general Arredondo, quien parecía enjaulado dentro del uniforme. Solo en la zona de Independencia hubo varios miles. El senador se queda corto,  yo estuve allí. Veinte mil, no menos.

¿Cuántos mataste tú mismo? bromeó el Generalísimo,  y otra onda de risa recorrió la mesa haciendo crujir las sillas y cantar la cristalería.

Eso que ha dicho sobre las habladurías es la pura verdad Excelencia, respingó el adiposo oficial y su sonrisa se volvió mueca. Ahora nos echan toda la responsabilidad.  Falso de toda falsedad. El Ejército cumplió su orden,  empezamos a separar a los ilegales de los otros,  pero el pueblo no nos dejó.  Todo el mundo se echó a cazar haitianos. Campesinos,  comerciantes y funcionarios denunciaban donde se escondían,  los ahorcaban y los mataban a palazos, los quemaban a veces.  

 

Trujillo y Ortega y Gassetprecariedad de la existencia: Para él, Trujillo no solo había sido el Jefe, el Estadista, el Fundador de la República, sino un modelo humano, un padre. La pesadilla había terminado, su vida anterior se reactualizaría,  como por arte de magia.  La cita de Ortega y Gasset apareció,  en la esquina de una página,  escrita con su letra menudita: “nada de lo que el hombre ha sido es o será,  lo ha sido,  lo es,  ni lo será de una vez para siempre, sino que ha llegado a serlo un buen día y otro buen día dejará de serlo –“ El era ejemplo vivo de la precariedad de la existencia que postulaba esa filosofía.

 

Dañinos: tiene importancia que alguien me escondiera ese memorándum un par de semanas, dijo, con sequedad. En la Secretaría hay un traidor o un inepto. Espero que sea un traidor, los ineptos son más dañinos.

 

Función del catolicismo para Trujillo: Dudaba a veces de la trascendencia, de Dios, pero nunca de la función irremplazable del catolicismo como instrumento de contención social de las pasiones y apetitos desquiciados de la bestia humana. Y, en la República Dominicana, como fuerza constitutiva de la nacionalidad, igual que la lengua española. Sin la fe católica, el país caería en la desintegración y la barbarie.  En cuanto a creer,  él practicaba la receta de San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales, actuar como si se creyera, mimando los ritos y preceptos, misas, oraciones, confesiones, comuniones.  Esa repetición sistemática de la forma religiosa iba creando el contenido, llenando el vacío – en algún momento – con la presencia de Dios.

 

El robo final: Las empresas industriales estaban casi paralizadas por la incertidumbre política y las limitaciones para importar insumos, los comercios vacíos por la caída del ingreso, Ramfis mal vendía las firmas no registradas a nombre de los Trujillo y las acciones al portador,  y el Banco Central tenía que trasladar aquellas sumas convertidas en divisas al irreal cambio oficial de 1 peso por 1 dólar a bancos del Canadá y Europa. La familia no había transferido al extranjero tantas divisas como el presidente temía. Doña María, doce millones de dólares, Angelita trece,  Radhamés diecisiete y hasta ahora,  Ramfis unos veintidós,  lo que sumaba sesenta y cuatro millones  de dólares.  Podía haber sido peor,  pero las reservas se iban a extinguir dentro de poco, ya no se podía pagar a soldados, maestros ni empleados públicos.

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